por Andrés Ajens

El diario La Tercera titula hoy (25 de julio): Intelectuales y empresarios de Chile y Perú llaman a la “concordia” (las comillas en concordia merecerían un comentario aparte). Luego se indica que Vargas Llosa y Edwards presentaron en Madrid tal carta en que piden cerrar tensiones tras fallo de La Haya. La epístola viene a sumarse a otra del mismo tenor suscrita por dirigentes del Consejo Empresarial Chileno-Peruano pocos días antes. ¿Se trata de un doble carteo concertado o estamos ante una mera coincidencia? Aunque haya más de un indicio para pensar lo primero, como descreo de las automáticas explicaciones tipo complot supongo por ahora que se trata de una interpretación del diario (Intelectuales y empresarios de Chile y Perú…) y me concentro en atender lo que nos dice el envío de los “intelectuales”. ¿Qué dice en suma el “Llamado a la concordia” (así denominan la carta)? Básicamente tres o cuatro cosas. Primero: que hay que respetar los tratados internacionales, cómo no, en este caso el fallo de la Haya. Dos: que el “enemigo” es el subdesarrollo, el hambre y la ignorancia, y no algún país vecino. Tres: que el susodicho fallo sería una oportunidad inmejorable para, por una parte, establecer una “paz definitiva” entre Perú y Chile y, por otra, desterrar los “fantasmas” del pasado. A más abundamiento: que el respeto escrupuloso al fallo de la Haya es una ocasión propicia para dejar atrás definitivamente el “siglo XIX” y entrar al “siglo XXI”, dando un ejemplo de entendimiento entre países a fin de cambiar la deteriorada “imagen” de América Latina en el mundo actual. ¿Quién, de buena fe, podría discordar con este racimo de buenas intenciones? Independientemente que alguien pudiera esperar un análisis o interpretación de la coyuntura algo más precisa de un grupo de “intelectuales” (por de pronto, por ejemplo, sobre cómo fue que llegamos a este punto, etc.), me limito a continuación a tres o cuatro frugales remarcas: 1. La imagen o tropo del “enemigo”, aun desplazada del país vecino al “subdesarrollo” (o sea, a Moya), curiosamente no logra borrar –al contrario, lo subraya– los fantasmas de la guerra (relación entre enemigos) del Pacífico. Esto es, queriendo eliminar por decreto (o con buenas intenciones) las marcas cruentas del pasado, los “abajo firmantes” reintroducen por denegación el siglo XIX en plena siglo XXI, justamente lo que en principio dicen no querer alentar. Así, la supuesta oportunidad “para salir de una vez por todas de la mentalidad del siglo XIX que ha veces a enturbiado nuestro trato y entrar de lleno a una mirada propia del siglo XXI” pone la carreta delante de los bueyes. Antes que intentar dar vuelta compulsivamente la página histórica (como si eso fuera posible), como lo pregonara Pinochet insistentemente y aun hoy sectores de derecha en Chile, ¿cómo no plantear la pregunta por la justicia histórica entre ambas partes? Pensar con el siglo XIX a la luz o a la extraña opacidad de la justicia las relaciones chileno-peruanas, es también pensar, cómo no, las relaciones chileno-bolivianas y chileno-mapuches, todas ellas mal anudadas precisamente en el siglo XIX y que vuelven con inusitado vigor en la hora actual. 2. Aunque hay nutridos fraseos tanto con respecto al pasado, presente y futuro de las relaciones entre Chile y Perú, así como a los problemas y desafíos de Latinoamérica, en la carta de Vargas Llosa y cia. la palabra justicia brilla por su ausencia (salvo para nombrar la Corte de la Haya). Ni la discordancia histórica entre Chile y Perú ni las vicisitudes de Latinoamérica nada tienen que ver con la justicia, es decir, con la injusticia. Que un país (Chile) invada a otro (Bolivia), aun contraviniendo los tratados vigentes entonces entre ambas partes, y luego a un tercero (Perú), y finalmente, tras derrotarlos por las fuerza, les cercene a perpetuidad extensos territorios, eso, nos dicen Vargas Llosa y cía, mejor olvidarlo: ¡Olvídense, no habrá justicia! Aunque es conocida la parábola de Funes, el memorioso (la memoria pura mata), convivir con las huellas, imágenes y fantasmas del pasado en el presente que se proyecta al porvenir jamás podrá hacerse de manera gozosa a punta de mera amnesia o pura sordera a las demandas por justicia. Quienes somos ciudadanos chilenos (aunque como escritores podamos zafarnos del corsé estado-nacional), quienes luchamos y desarmamos, al menos en parte, la bien o mal llamada Dictadura, aprendimos ¿o no? que sin justicia (cuestión por demás interminable), paz, lo que cabe llamar paz, jamás habrá. 3. Los firmantes del “Llamado a la concordia” se manifiestan al cabo preocupados por la “imagen” de América Latina en el “mundo actual” y a la vez temerosos de que los “fantasmas” del pasado “nos sigan persiguiendo y paralizando”. Se sienten perseguidos por fantasmas y apuestan a que una operación de imagen los exorcizará. ¿Será para reír? ¿Para llorar? Ah, y una buena noticia: quienes se abrazaban glamorosos sobre la cubierta del Huáscar (esto es, en una de las huellas más evidentes del militarismo chileno del siglo XIX), recitando versículos y afilando espadas hace sólo algunos años, felizmente no están esta vez entre los susodichos “abajo firmantes”. Uy país, país, país…