texto y fotos de Daniel Noemi

Llegar a Londres durante los Juegos es una curiosa experiencia. Desde el Támesis que ronronea entre los edificios hasta cada uno de los avisos en las estaciones de trenes, todo parece decir algo sobre las famosas Olimpiadas. Como si fuese un substrato mágico sacado de una novela de Murakami, una nube que todo o cubre. Los juegos. Los saltos y las carreras y los nados y los tenis y los fútbol. Sí, los juegos son una fiesta y un negocio fantástico (las cifras se me escapan, las perdí en un bar en Londres gracias a una amiga que me juraba falsamente que estuvo a punto de competir en la competencia de arquería). Negocio que, hemos de reconocer, alcanza cierto ingenio en la publicidad que se despliega por todas partes. Hasta dan ganas de comerse un Big Mac y creer que con ello podremos saltar más alto y correr más rápido. Pero reconozco que no fue Londres ni mi amiga predispuesta a jugar a Guillermo Tell, lo que me llevó a dejar la ciudad en la cual el hijo de Guillermo el Conquistador, allá por 1097, comenzara la construcción de la abadía de Westminster. No. Simplemente resultaba más barato arrancar al norte y, gracias a un regalo de mi hermano, tenía la oportunidad de ver fútbol olímpico desde las graderías del Old Trafford, frente al monumento a la unida trinidad que conforman Bobby Charlton, Denis Law y George Best (dicen por aquellos lares Maradona, good; Pelé, better; Georgie, best). Así entonces, sin más, tomé el tren desde London Euston a Manchester. Por supuesto, llovía. Manchester: ciudad de revoluciones (industriales), de ríos y canales, de bares hip y pubs que recuerdan a los mejores que visita un detective independiente santiaguino (un amigo recomienda The Thirsty Scholar, dice que en él puedes escuchar cualquier música). Pero la cerveza tibia o fría no es novedad por estas tierras. Quizás un poco más, tas tas, es hallar en el centro mismo, en la calle de la Cruz, un restaurant chileno, el Santiago. Pasé el primer día ya tarde, tambaleando por las birras tornadas en scotch, y vi la bandera que se mojaba bajo la lluvia. Al día siguiente, recordé la imagen surrealista de la estrella empapada bajo la luz de un triste farol. Como suele pasar en estos casos, hacía hambre y, en consecuencia, decidí ir a ver cómo era aquel lugar. Era un gesto de nostalgia, sin dudas, de parte mía. Y también de parte de quien fuera estuviese a cargo del lugar, pues no me cabía duda alguna que habían de ser chilenos. Nostalgia y memoria: volver a escribir tu lugar en los sabores, olores y texturas de la tierra que ya no es la tuya pero nunca dejará de serlo. Sentí algo extraño, una especie de retorcimiento en el alma que no existe, pero nada evitó que un poco después de la una, junto con un buen amigo, bajara las escaleras que llevaban a una amplia pieza con sillas rojas y adornos que no eran solo de Chile, sino repartían (como en el menú, descubriría luego) la memoria de América Latina y de España. Santiago. De Chile.   El lugar es notable por la ornamentación. Fotos de algunos futbolistas que habían pasado por ahí comparten pared con pósteres de toros y un bar bien provisto. La carta, más allá del dicho panamericanismo (la nostalgia, como la paella, nos hermana, fue como un disparo de la tierra de la memoria). ¡Ah! Recordé noches de mechada y piscola, de congrio frito y terremoto. Y empanadas. Y pastel de choclo. Y eso fue lo que pedí, inevitable como temblor con el cual amamos, pedí una de queso y una de pino y, de fondo, el pastel de choclo (y todo el norte se vino encima; y las Olimpiadas se volvieron una memoria otra en mi mente). Agregué (será necesario decirlo), una botella de tinto chileno y me comencé a aburrir a mi amigo con una larga perorata sobre comida chilena. Nos salvó uno de los dueños, quien también nos atendió. Contó que llevaba más de treinta años por esos lados (¿cuánta lluvia cabe en todo ese tiempo?) y que hasta hace un par de meses con su hermano habían tenido un restaurante italiano. Ahora habían cambiado. No quise preguntar la razón del cambio (imaginé que había algo más allá del mercado que los hizo tomar el giro). Contó que el negocio iba relativamente bien. Que lo único malo era el clima. Que no sabía si algún día regresaría (¿pero volver?). Que era de Gran Avenida. Con su acento, un chileno de una suavidad que solo muchos años de amor y melancolía pueden dar, avisó que la comida ya venía. Una chica catalana, guapa y sonriente, nos trajo las empanadas y luego de degustarlas (correctas, fritas, sin ser memorables), arribó, como el holandés errante, un humeante plato de pastel de choclo. Él trajo un poco de ají seco. Cerré los ojos, hundí la cuchara, soplé un poco y saboreé, aún sin abrir mis párpados. Obviemos a Proust: más allá de todas las memorias, el pastel sabía de maravillas. Cuando hube terminado, Claudio (creo que ese era su nombre), se acercó y me dijo: “Lo hacemos sin pasas y sin aceitunas, es demasiado para el gusto de los ingleses.” Lo miré y le sonreí. No lo había notado, no recordaba aquello. Está muy bien, respondí, me gusta más así, sin pasas y sin aceitunas.