por Oscar Contardo, periodista

La tensión constante entre el orden y el caos se agita de tanto en tanto sembrando la alarma y llamando a la reflexión sobre el rol de la Cultura con “c” mayúscula en contraposición a todo lo otro que por lo general dice relación con las tecnologías de transmisión de información electrónicas en cualquiera de sus formatos. Radio, cine, televisión, internet y todo aquello que tenga pantalla y que sea barato para la muchedumbre no solo estimula la curiosidad, sino también el temor. Y con el miedo aparece una polémica, una digresión metafísica y un encargado de esparcirla que casi siempre es un hombre (varón, masculino) quien apunta contra la banalización de los discursos apelando a un contraste entre un pasado distinto en el que era más fácil vivir porque todos sabían qué lugar le correspondían a las peras y cuál a las manzanas. Las jerarquías y distancias cobran entonces un valor en sí mismas en una crítica que tiende al ejemplo efectista, como las maromas de los acróbatas. Justamente esa imagen –la del circo acrobático– ilustra la portada de La civilización del espectáculo, el nuevo libro de Mario Vargas Llosa. La publicación es último ejemplo de este fenómeno cíclico de alharaca que como un reflujo de la naturaleza surge generación tras generación, solo solo para demostrar que la majadería no tiene memoria. El ensayo de Vargas Llosa es una crítica a la prensa sensacionalista, a la del corazón, al espectáculo, el arte contemporáneo y todo aquello que deja perplejo al autor –según propia confesión. El premio Nobel tiene miedo a que todo se acabe, pero en lugar de indagar en las causas de su propio disgusto, enumera los signos de un apocalipsis, lo que no estaría mal si se tratara de un profeta anunciándole a sus seguidores el fin de los tiempos, pero todo nos indica que el objetivo no es religioso sino intelectual (dos asuntos que rara vez coinciden). Ni el amarillismo nació con internet ni los espectáculos banales con la televisión. Antes que la revista Hola existían los folletines y mucho antes que las teleseries truculentas las torturas públicas en las plazas medievales. La historia sirve, entre otras cosas, para dar un marco de referencia pulcro y honesto, distinto de la mera experiencia vital, más amplia que la molestia privada de un escritor. Cuando la crítica se confunde con nostalgia pierde originalidad, confunde el punto de vista, el fondo y la nitidez que se espera de un autor consagrado. Más aún de Vargas Llosa, que en su calidad de ex presidente del jurado de Miss Universo en 1982 y parte de una generación de escritores bautizada con una onomatopeya de cómic, debería saber que a veces las fronteras se confunden y que hay otros ejercicios más valiosos y novedosos que empeñarse en mantenerlas separadas o evacuar un diagnóstico de trazo grueso (justamente lo que se critica de los medios de comunicación). Tareas quizás más difíciles tales como preguntarse las razones para provocar tanta molestia, desacomodo y perplejidad en ciertos intelectuales o buscar las causas del fenómeno en las raíces del orden político y económico imperante.