por Rodrigo Ruiz, Editor General El Desconcierto

Toda fiesta que se precie de tal tiene siempre un buen basurero, atrás, donde no se ve mucho. Siempre está ahí atiborrado de todo lo que cualquier juerga, para ser buena, va desechando. Hay quienes lo ven y hay quienes prefieren ignorarlo. Las movilizaciones que atraviesan de punta a punta nuestra sociedad desde 2011, son lo más parecido que hemos tenido en 22 años a una fiesta. Tanto porque los sentidos y los estilos carnavalescos han hecho por fin aparición en la protesta social, como porque ella lleva el significado de los ritos donde se celebran la muerte y el nacimiento. Hoy todo el mundo sabe que algo se ha terminado. Un ciclo, un modo de entender la política, un modo de organizar la sociedad, las relaciones humanas, la vida. Pero no es cosa que se diga sólo en la marcha. Desde un discurso de tonos palaciegos hasta un chasconeo con sentido de la oportunidad, viejos administradores del status quo nos venden estampitas del cambio. El problema está, precisamente, en que los momentos de cambio, siendo los mejores, son también los de mayor peligro. Estamos ante una mano monumental justo en el instante anterior a su próximo movimiento, y no cabe otra cosa que trabajar. Si lo que hubo durante 20 años fue un escenario más bien cerrado de consensos y negociaciones, altamente impermeable a toda forma de acción social plebeya, lo de hoy es una situación porosa y llena de posibilidades. Para no abundar en caracterizaciones, digamos solamente que es una situación de redefinición general de las tramas del poder que requiere mirar en varias direcciones. La distribución de lo visible en la política chilena es de hecho bastante mañosa. Los vaivenes de la política de partidos y coaliciones es sin duda importante, muy importante, tan importante que nadie con instinto político podría ignorarla, pero no hay que encandilarse. Un problema anterior a ese y anterior a las consecuencias provocadas por la mercantilización neoliberal radica en las desigualdades en la distribución del poder. En tiempos de la Concertación nos creció una especie de oligarquía de capitalismo tardío que hizo allí su ganancia. De modo que es completamente falso que la actual sea una situación estructurada sólo por el conflicto entre movimientos sociales y partidos. Primero porque si ese podría ser en algún momento un conflicto fundante y positivo, aún no ha llegado a serlo. Segundo, porque una acendrada costumbre muy neooligárquica, deja siempre en lo opaco a esos actores tan, tan importantes, que no conviene que se vean: los oligarcas. De ahí la relevancia del giro abierto por el golpe del grupo Matte, que ha significado reuniones en las penumbras del palacio (como lo es también el reclamo de Jorge Awad, presidente del gremio de banqueros contra el “ambiente” regulador; y en alguna medida las escuetas declaraciones de Angelini sobre la necesidad de una matriz energética que permita “seguir con las inversiones”) y que tiene un sentido muy largo, buscando definir marcos generales en la ecuación del crecimiento y la gobernabilidad. Tienen claro que las luchas sociales de hoy los ponen en aprietos: el movimiento contra HidroAysén, el movimiento contra el amplio y difuso problema del lucro en la educación, los movimientos contra los poderes empresariales que literalmente pudren las localidades en que se instalan, tienen un fuerte sentido de oposición a la primacía del gran poder empresarial. Eso no puede disimularse detrás de la discrepancia de estos movimientos con la lógica de los partidos. Allí hay entonces, algo que también parece estar acabándose. El estrago principal que la instalación del neoliberalismo generó en nuestra sociedad fue el gigantesco adiós a la política dispuesto para las más amplias mayorías, la destrucción sistemática, vía represión, vía manipulación y vía elitización, de aquella comunidad política que habitó este país en buena parte del siglo XX. Su renacimiento, ampliado y mejorado, es la cuestión mayor de nuestro presente. Cualquier candidato o candidata puede prometer a estas alturas reformas tributarias, medidas económicas progresivas, gratuidad aquí, subsidios allá, pero lo que está mucho más en duda es una reconfiguración general de la política, una refundación de la democracia. La pregunta está en las posibilidades de emergencia de estrategias, proyectos, programas, que formulen una verdadera democratización en las capacidades de imaginar el país, que redistribuyan las posibilidades de planificar, que hagan posible que la gente pueda tomar más en sus manos su propia vida. Si el asunto del programa es importante, lo es más en cuanto indique un cambio en las prácticas políticas. Cuánto redistribuir, cómo, en qué, deben ser más cuestiones que la gente decida que incisos en promesas de campaña. No vaya a ser que, neoliberalismo mediante, terminemos olvidando “la vía chilena al socialismo” de Allende a manos de “la vía chilena a la democracia” de Lagos.