texto y fotos Daniel Noemi

Para Carlos No fue una sorpresa que Brasil le ganara a Corea en las semifinales. Los coreanos mucho toque, lado a lado, para ti para mí, pero nada cuando de llegar al arco se trata. Los hinchas en el estadio lleno se entretienen haciendo olas o mirando a los brasileños que saltan, patalean e insultan a los argentinos (a un argentino en particular, por supuesto). Los coreanos en las graderías, en tanto, también tienen lo suyo, pero a decir verdad poco se les entiende, supongo que andarán insultando a los japoneses. Vaya a saber uno. El asunto es que esperamos con Carlos hasta el final para salir del estadio. Cómo no quedarnos hasta el último minuto aunque el partido estuviese sentenciado, no se viene a las Olimpiadas todos los días. Además, las mejores tías –concluíamos- se quedan siempre hasta el final (no sé cómo llegamos a tal idea). Dicho y hecho. Error. Doble error: Ni tías y una cola para subirse al metro de vuelta a la ciudad, comparada con la cual el transantiago en hora punta parece una campiña suiza. ¿Y la funcionalidad inglesa? ¿Y la flema británica? ¿Y el orden superlativo? ¿Y la seguridad mundial? (¿Quién nos aseguraba que un chileno salvaje no se ocultaba entre la masa con un piscola y nos haría estallar a todos?). Nada de eso. Ahí fue cuando Carlos me apuntó: “el problema está en los cascos.” “¿En los qué,?” respondí intentando mantener mi acento british en español. Indicó con el índice. Y los vi. Inconmensurables, anacrónicos, inapelables, irremplazables (parece), irresolutos y jamás interfectos: la coronación en las testas de los policías y las policías (¿con moño?), algunos montados en sus corceles que se asustaban ante tanto sudamericano dando vuelta y miraban con recelo a los españoles que merodeaban con un posible ojo vengativo y atento a la siempre pérfida Albión. Los cascos funcionan como metáfora del poder, podría decir uno, están arriba (aumentan la estatura del que lo porta), protegen, cubren, resaltan y adornan. Pero también son extremadamente ridículos y extemporáneos. O sea, filosofábamos mientras esperábamos a que la infinita fila se moviera para algún lado, los cascos poseen un doble posicionamiento: entre el poder y el ridículo. Y así me sentía yo ahí en la noche manchesteriana, aunque, por cierto, más ridículo que poderoso, rodeado por cientos de personas, sin avanzar ni uno. (Pero la memoria sigue y los cascos e Inglaterra y Pinochet y otros tiempos se venían de repente como una tormenta, como un poema de Alberti; un flash inevitable: de pronto esos caballos adquirían otro sentido, se transformaban y devenían un pasado demasiado presente, demasiado hoy de a ratos. Cortar. Sacar. No siempre es posible) Finalmente, después de que pasaran treinta y siete trenes en sentido contrario (si exagero no es por mucho), logramos subirnos en uno y llegar al centro. Tarde, es decir, tarde para las costumbres anglosajonas, la mayoría de los restaurantes ya estaban cerrados a medianoche. Una pizza rápida, la salvación. Y entonces la pregunta radical, una que ya se la hiciera Lenin (como había tenido la oportunidad de comprobar en el Museo del susodicho en Tampere): ¿qué hacer? Con las mejores y más responsables intenciones caminamos de regreso al hotel. Al día siguiente debíamos cada uno emprender el regreso. Pero ya saben dónde van a parar las buenas intenciones. A menos de dos cuadras del hotel -¡ya casi lo habíamos conseguido!- cerca de un puente, un lugar por fuera lleno de grafitis, un tipo rugbista en la puerta y las letras que escriben con delicadeza impensada para aquel antro: The Thirsty Scholar. El profe con sed, o algo así. Qué se le iba a hacer: una nomás, nomás una nos prometemos. Entramos. La historia de la cerveza es larga y ancha (como otras), y este no es el lugar ni la ocasión para recordarla. Lo que sí vale la pena recordar es la tibieza de la ale inglesa, la frescura de la pilsner, la amargura de la ipa, la textura de la stout, la dulzura de la wheat, la delicadeza de la pale y la sinceridad de todas ellas (y de aquellas de las que no me acuerdo y de las que Carlos tampoco; habría que preguntarle a Rubén Darío). Sí, Inglaterra es un lugar de chelas, nos dijimos cuando el rugbista se acercó para echarnos porque ya cerraban. No opusimos resistencia. Ojos rojos y cansados, pero felices y sin casco volvimos al hotel, sujetando un par de postes por el camino.