texto y fotos de Daniel Noemi La luna queda a una distancia media de 384.400 kilómetros de la tierra. Si fuésemos en auto, a 120 km, tardaríamos 3.203 horas en llegar. A Armstrong le llevó un poco menos, pero el viaje le duró mucho más. Nunca pudo recuperarse de su famoso pequeño paso. Difícil era: después de ese invento, ¿quién iba a ser capaz de seguirle en algún baile? Un pasito pa’lante y vaya a saber Ricky Martin cómo hubiese sido el pasito pa’tras… Ah, Armstrong. ¿Quién te viera y quién soñó ser vos? ¿Quién no ha visto la luna y soñado en…? Desde el chileno que la inscribió a su nombre y que según cuenta la leyenda recibió una llamada de Nixon para pedirle permiso para alunizar, a la parejita de tórtolos que tomados de la punta de las uñas la contemplan sin atreverse a romper el encanto o las uñas. Y qué decir de los hombres lobo y las mujeres gato. Mejor no entrar en esas animalidades. Armstrong se ha muerto y ya no podrá repetir su paso doble, para él y la humanidad, y uno se queda no sé qué balbuciendo, como Juan de la Cruz, mirando esa misma luna y buscando el rostro que tenía antes que el mundo fuese hecho (gracias, Yeats). Boston queda a 8.656 kilómetros de Buenos Aires. Y la luna por estos lados, no va rodando por Callao, pero rueda de todos modos. En el Arado y las estrellas, un bar en Cambridge, un tipo me cuenta que quiere ir a Chile. Yo le pregunto por la luna. Me responde que quiere ir en invierno, a esquiar. Le digo que ir a esquiar, como ir a la luna, es muy caro. Sonríe. Está bien, dice, ir a la luna no puede ser barato. Pienso que ir a la luna debiera ser gratis (como el aire que se exige trece veces por minuto). Que quizás algún día. Y recuerdo la novela de Muñoz Molina que estoy leyendo y tanta luna lunera cascabelera y era la luna llena y hasta Miguelo, quién sabe por qué, luna lunita, ay, llena o nueva, Mecano y su hijo de la luna, qué horror, y por suerte García Lorca me rescata la memoria: “La luna tiene dientes de marfil.” Sí, sin duda, por decirle algo le digo al tipo, sería cool ir a esquiar a la luna. Me pide que repita. Aclaro mi garganta: “La luna vino a la fragua con su polisón de nardos. El niño la mira mira, el niño la está mirando.” No hay caso. No entiende. O soy yo el que no entiende. Los Red Sox están ganando el partido de béisbol. Alguien aplaude. Recuerdo (mal de males) una estrofa y la largo nomás: “Sé que la luna o la palabra luna?/ Es una letra que fue creada para?/ La compleja escritura de esa rara?/ Cosa que somos, numerosa y una.” En ciertas ocasiones, me doy cuenta, Borges no es un poeta sino un chiste. El tipo me dice que no entiende español, pero yo insisto (mal que mal, Neil se ha muerto): “La luna es tu espejo.” Y casi al instante me arrepiento, capaz que sea un cinéfilo oculto amante de Polanski. Pero, gracias a Selene, no lo es, y no hay lunas en los espejos ni viajes a ellas, ni París, ni aguaceros, solo, repentinamente, el silencio. Como si todo se hubiese convertido en un viaje o en un aeropuerto. La nostalgia queda a 99 kilómetros del presente. Como un poema malogrado o como un suspiro no que no alcanza a comenzar, me tuve que reír y cambiar el tono. Total, a nadie le importaba que alguien se hubiese muerto, aunque estuviese la luna de por medio y todos los poemas y películas posibles (todos somos mortales, al fin y al cabo, dicen que había dicho Sócrates), peor cosa hubiera sido que los Red Sox perdiesen o que el mundo fuese diferente. Pedí una última, que quedaba un poco más cerca que la nostalgia, pero ni tanto. Así, ya desencantado, cerrando mi libreta de apuntes, le pregunté, por preguntar, para no pasar por el que uno es, al tipo si me recomendaba algún lugar en la ciudad. Quizás, supuse, me enviaría a una Iglesia, a un edificio, a un museo, a una calle, a un recoveco, a un bar incógnito o me invitaría a su casa, vaya a saber uno qué sucede cuando la cerveza mengua. Pero no. Tomó su vaso medio lleno o medio vacío y con cuidado bebió un sorbo. Con el reverso de la palma se limpió los labios y en un español, castizo, perfecto, recitó:

Faltar pudo su patria al grande Armstrong Lloraron sus envidias una a una con las propias naciones las extrañas; su tumba son de Ohio las campañas y su epitafio la sangrienta luna.