texto y fotos Daniel Noemi

Abro la puerta y entro a la Taverna Bukowski. Uno de mis escritores favoritos cuando tenía 18. Una chica tatuada hasta más allá de la imaginación me pasa la lista de cervezas donde cada cinco palabras leo fucking, la mejor fucking cerveza, el fucking Burger. Estamos muy cerca de Harvard y en la mesa del lado un grupo discute sobre Kierkegaard. Un poco más allá un viejo se bebe su fucking alma. Pido una Leffe. En la pared hay un dibujo de la Máquina de follar. Cambridge no es Lesoto. Aquí la gente sale a trotar todas las mañanas para mantener la limpieza de las aceras. Hay que cuidarse para que a uno no se le contagie. Los bares se llenan de futuros doctorados y niños que pagan cincuenta mil dólares para conocerse entre ellos. Hay bicicletas públicas que te llevan a todas partes y ciclistas que cargan todo el saber de la filosofía occidental y de las matemáticas babilónicas en sus espaldas. Tiendas donde puedes comprar el futuro y otras donde cambian el pasado. Y en el río se ven los veleros acariciados por el viento, mientras Clint Eastwood le habla a una silla vacía. Fuck, ¿qué te pasó Harry? La de los tatuajes me pregunta si quiero otra. Le digo que por qué no. Cuando regresa le pregunto quién va a ganar las elecciones en noviembre. Se encoge de hombres y casi sonríe. ¿De dónde eres?, pregunta. Le contesto y me la quedo mirando. Uno de sus tatuajes en el brazo izquierda asemeja al símbolo anarquista, otro podría interpretarse como una hoz. También hay algo así como un dragón. -No sé, mi amor. Aquí va a ganar Obama. Pero por otros lados quién sabe. Para muchos la cosa no está fácil. Lo que importa es creer. -¿Creer? ¿Creer en qué?- busco un tatuaje que tenga la respuesta, pero no lo encuentro. -En lo que sea, mi amor. Cree y todo va a estar bien. En ti mismo. No dice más y se da media vuelta, dejándome con sus palabras de sabiduría de fin de semana. Una mesera que habla como un libro de autoayuda. Cree en ti. ¿En serio? Fuck. Dejo el Bukowski y a la chica con sus tatuajes. Un tipo pasa corriendo bajo la luz de la luna casi llena. Enciendo un cigarrillo y camino de regreso a casa. Pero, como sabemos, la noche es traviesa cuando se teje el azar. Casi a punto de llegar, me encuentro con Dennis, un tipo que he visto un par de veces. Me reconoce y me invita a una última. Dennis viste como Bukowski hubiese vestido yendo a Harvard: indescriptible. Lleva puesta una gorra de los Red Sox, humita verde con puntos blancos, usa suspensores y sandalias de plástico. Además, estudia ciencias políticas free lance. O sea, cuando le da la gana. De todos modos es un buen tipo. Entramos al Druida que está a reventar. El chico de la barra lo reconoce. Pedimos dos scotchs y encontramos un lugar en una esquina del bar. El ruido apenas permite que se pueda tener una conversación. -¿Cómo están las cosas en Chile?- me larga después de largarse el primer sorbo. Me sorprende que se acuerde de dónde soy. -Ahí siguen. Los estudiantes protestando. Por unos segundos creo que no me ha entendido. Los estudiantes, repito. -Sí –me interrumpe- he leído algo. Está muy bien. Hay que cambiar las cosas. -Es complicado en Chile. La estructura social es todavía como de la colonia. No va a ser fácil- me da un poco de vergüenza mi comentario pseudo histórico-sociológico, pero el Laphroaig te suelta la lengua. -En Chile pagas el colegio por la misma razón que aquí van a Harvard, redes sociales. Si no puedes pagar, estás hecho. -Mira esa red social -Dennis apunta a dos mujeres que andan en onda gótica- no estaría mal hacer un poco de network. Pero yo, ya metido en el tema, continúo: -En Chile la educación no es un derecho. Para algunos es solo un buen negocio. Dennis quita la vista de las chicas góticas. Su vaso se ha acabado. El mío también. Me corresponde invitar. Busco un espacio en la barra, me apretó entre un jugador de fútbol americano y una anoréxica. Tengo suerte. Consigo los tragos. -¿Has leído a Bukowski, chileno?- ha vuelto a sonreír. Tiene un vaso con whisky y una de las chicas lo está mirando. -Sí, sí lo he leído. -Bukowski es lo máximo. No digo nada. Dennis da un sorbo. -Pequeña chica oscura, de hermosos ojos. Tú no tienes ningún cuchillo. El cuchillo es mío. Y yo no lo voy a usar. Por ahora. Sacudo mi cabeza. -Su poesía, chileno. Su poesía. Eso es lo que hay que hacer con la educación. Lo miro sin entender, pero ya no tiene sentido pedir una explicación. Dennis se acerca a una de las chicas. Me miran y se sonríen. Me bebo lo que me queda. Miro el reloj en la pared. Miro a Dennis. Pienso en Bukowski. Fuck.