texto y fotos de Daniel Noemi

Que la lluvia purifica el espíritu y nos aclara la mente capaz que sea cierto. De lo que sí estoy seguro es que moja, empapa. A algunos más que otros en todo caso. Faltando tan solo un mes para las elecciones presidenciales decidí salir a dar una vuelta por la calle Newbury en Boston, una calle con casas de ladrillo de dos o tres pisos, bonitas las casitas, con tiendecitas pituco-cuicas y cafés postmo-alternativos con nombres hip-cool como el “Cachorro conectado.” En serio. Mi idea era captar la atmósfera eleccionaria, el aire ansioso que revolotea ante la expectativa del proceso que decidirá el futuro gringo los próximos cuatro años. Al salir me percaté demasiado tarde que estaba lloviendo y que un pajarraco volaba a mi izquierda (de haberme recordado del Cid, yo me volvía corriendo a mi depto., pero la memoria es frágil). Por si faltaran augurios, el semáforo se quedó pegado en amarillo y la micro llegó con media hora de atraso. Puro desarrollo, pensé, por suerte que no estoy en Chile. Así y todo, decidí seguir mi viaje; total, qué le hace el agua al pescado. Mi primera víctima fue una mujer de unos treinta y pocos, de jeans, chaleco gris, pelo castaño y con un paraguas de diseño pre-Mondrian, que caminaba con decisión y cara de que se lo iba a comprar todo. Poniendo mi mejor acento de periodista extranjero me presenté en dos líneas y en dos más le pregunté qué opinaba del ambiente eleccionario que se vivía en el país. Rebecca –que así me imagino se llamaba la mujer- me miró de arriba abajo y antes de mirarme de abajo arriba ya se había ido. Ni chance me dio. ¿Se habrá asustado ante la profundidad de mi pregunta? ¿O quizás pertenecía a una cédula de Al’Qaeda infiltrada en Harvard? Vaya a saber uno. Pero no me iba a dejar vencer tan fácilmente. Entre a un café pisos naranjas, bebí un té con infusión de política radical y salí convencido que la fortuna me sonreiría. No sé qué habrá tenido la infusión radical, pero afuera llovían perros y gatos y, además, había oscurecido. Las luces de los autos pasaban como en un película de los años setenta y los sonidos se multiplicaban por la mayor densidad del aire. Entonces fue que lo vi, mirando hacia el cielo junto a unas bolsas de basura en un paso sobre nivel. Su pelo rubio casi blanco resultaba engañoso: difícil sería saber la última vez que se había dado un baño. Hablaba. ¿Por celular? No. Hablaba consigo mismo. Me mantuve a una distancia prudente, temeroso al comienzo. Pero siempre he preferido a los locos que hablan consigo mismo que a los cuerdos que vociferan por sus teléfonos. Me detuve a unos diez metros de él. Eliah, supongo que ese era su nombre, no se había dado cuenta de mi presencia. El ruido de los coches tornaba difícil entender su letanía. Palabras entrecortadas llegaban a mis oídos. “La gente, la gente que pasa y que pasa en este país donde nada pasa… Pasa, te vas, siempre te vas, los coches son libres. Libres, libres…” siguió repitiendo la palabrita unas diez veces más cuando me vio. Hizo un gesto con sus manos –no supe si para que me fuera o me acercara. Me quedé inmóvil. Eliah dijo: “Esta es la tierra de los libres. Mira mi libertad junto a mi bandera.” De hecho, junto al paradero de buses, en uno de los muros metálicos había enmarcada una bandera con las rayas y las estrellas. De pronto, con la mejor voz de barítono que he escuchado en años, Eliah empezó a entonar el himno nacional. Su voz, bajo la lluvia, con la esperpéntica bandera de fondo, las bolsas de basura alrededor y el ruido del tráfico, adquirió una fuerza especial. No voy a decir que la escena era surrealista porque no lo era. Era real: real como la voz que ahora cantaba “la tierra del libre, el hogar del valiente.” Se detuvo en seco, hizo un gesto histriónico para la galería y se quedó quieto mirando, de nuevo, el cielo. Estuve a punto de preguntarle por quién iba a votar, si en verdad creía que este era la tierra de los libres y el hogar de los valientes. Pero no lo hice. Eliah probablemente no tenía ni siquiera dónde dormir. Miraba pasar las luces y los taxis con las señales free, irónicamente, apagadas. Vi que mi micro venía. Me despedí sin decirle nada. Corrí hasta mi paradero. Me subí al autobús. Estaba empapado.