texto y fotos de Daniel Noemi

Hace un par de meses tuve la oportunidad de recorrer el parque Kruger en Sudáfrica. Es extenso y vasto: con sus casi veinte mil kilómetros cuadrados (la región metropolitana tiene quince mil) es el hogar de miles de animales. Y eso lo que uno va a ver: animales. Leones, hipopótamos, cocdrilos, gacelas, antílopes, monos, elefantes, si tienes suerte chitas, leopardos y rinocerontes, y muchas, muchas cebras. Te subes al jeep temprano en la mañana y partes. No puedes bajarte ni tampoco salirte del camino. Es la casa de ellos no la tuya. Ahí en Kruger las reglas del juego son otras: está bien que un animal se coma a otro. Un león se puede comer a un bebé elefante; un cocodrilo a una jirafa pajarona. Pero, así y todo, hay una lógica que se puede respetar y seguir. La ley de la selva que nos han enseñado no está en Kruger: esa ley está en otra parte. Demasiado cerca de casa. ¿De qué color son las cebras? Recuerdo que mi profesora de segundo básico nos hacía esa pregunta. ¿Son blancas con rayas negras o al revés? Con el tiempo la pregunta dejó de tener importancia o simplemente la olvidé. Esta vez en Kruger vino como un flash, como ese cross a la mandíbula del que habla Arlt. Las vi reunidas, calmadas tomando el sol, rumiando sus pesares y su pasto, dialogando entre sus rayas, protegiéndose entre ellas, riéndose de nosotros que las mirábamos sin saber que nosotros éramos los observados. ¿Blancas o negras? Busqué en esas rayas alguna respuesta, un sentido, una política. O quizás, pensé, habría un mensaje oculto en esas líneas que creaban figuras únicas. No hay dos cebras iguales, me dije, obvio, casi absurdo. No, pero si había una sensación de comunidad en alguna parte en Kruger, era aquí. Y era eso lo que se empezó a ocurrir: las rayas blancas y negras creaban un universo en el cual todas ellas participan de igual manera. Aunque son todas diferentes, toda cebra tiene su cebridad asegurada, no importa lo que haga, lo que piense o coma. Y no que todas hagan lo mismo: tienes tu cebral derecho a tomar tu propio camino. Siempre y cuando, supuse, no pongas en peligro a tus compañeras. Siempre y cuando no dejes que el león te coma. Hay que cuidarse de los leones. Ahora, seamos justos: los leones tienes sus propios problemas, pero allá ellos. Aquí estamos hablando de cebras. A la vuelta de Kruger –uno de esos atardeceres de película, con los árboles encendidos en la horitaña de la montazonte y los gritos de las bestias reverberando en los lagos y los vientos- nos reunimos alrededor del fuego. En una parrilla se asaban unos filetes de impala (un tipo de antílope). Bebíamos unas Castle no muy heladas (la noche puede ser fiera por esos lados) y charlábamos de lo que habíamos visto, de la inmensidad y de esas cosas que son difíciles de poner en palabras. Y, por supuesto, después de unas cervezas más y de unos suculentos costillares de impala con salsa picante, de la sabana pasamos a la política. Todos cuidadosos al comienzo, tanteando el terreno. Poco a poco los títeres comenzaron a perder sus cabezas. Que en Alemania esto, que en España, que en Mali, que en los Estados Unidos, que en Sudáfrica. Los políticos son como las cebras dijo uno: se disfrazan de negro o de blanco según les convenga. Después de toda mi filosofía barata sobre las cebras me pareció realmente injusto el comentario. Pobres cebras siendo desprestigiadas de ese modo. La política es no solo necesaria sino buena, terció uno con cara de francés pre-1969, es cómo pensamos la política, cómo hacemos política lo que ha sufrido todos estos años. Silencio. Se puede ser serio y denso en estas circunstancias pero hay ciertos límites. Alguien me preguntó por Chile. Yo pensé en las cebras y respondí que con el nuevo gobierno (Piñera llevaba solo unos meses en el gobierno) quizás qué cosas pasarían. Pero los tiempos malos han pasado, comentó una compañera peruana, eso está bien. Sonreí. Sí, los tiempos malos han pasado, dije más para mi mismo que para el resto. Pero, imagino que hubiese dicho pocos meses después las noticias nos recuerdan demasiado el pasado: lo que se había ganado, algo al menos, el derecho de salir a la calle y patalear –ser como las cebras en la sabana, estar ahí porque tenemos el derecho de estar; porque esas calles son nuestras calles- ahora quieren quitarlo. El problema es que el gobierno cree en la ley de la selva. De su selva, porque piensan en la política como si fuese una selva. Porque no han estado aquí; aquí es otra cosa. Aquí al menos la ley tiene sentido y es buena para todos (como la educación y la salud son buenas para todos y cuando no son para todos no son tan buenas). Afuera alguien ruge. ¿Serán todas las cebras negras en la noche?