texto y fotos de Daniel Noemi

Gracias a Roberto Robles que no solo me envió la noticia y me dio el título para esta crónica, sino también porque es un tipo cojonudo.

La semana pasada el Diario de Burgos publicó la siguiente noticia: Víctor, 62 años de edad, dueño de un taller de carpintería mecánica por 30 años, se levantó a las 5 de la mañana. Tranquilamente bebió su café y, poco después, en su camioneta se dirigió a la sucursal del banco de su pueblo. El banco le había prestado 24.000 euros, pero el negocio no andaba muy bien y se le había complicado el pago. Víctor quiso repactar la deuda, pero el banco hizo caso omiso y efectuó las gestiones para llevar a remate una finca de propiedad de Víctor (cuyo valor es cuatro veces el de la deuda). La comunicación que recibió no vino del banco sino del Juzgado, conteniendo, además la fecha para la puja. Esa fue la gota que rebalsó el vaso: Víctor se bajo frente a la sucursal, sacó el bidón lleno de gasolina que llevaba atrás, entró a la oficina, ordenó a todos salir (no había clientes solo cuatro empleados), roció todo con el líquido, le prendió fuego y salió. A los pocos segundos un estallido rompió los ventanales. Víctor regresó a casa y esperó que lo viniesen a buscar. A las 10 de la mañana llegaron los de la Guardia Civil y fue detenido inmediatamente, afirma la nota. Lo primero que a uno se le viene a la memoria es la famosa cita de La ópera de tres centavos de Brecht: ¿quién es el criminal: el que roba un banco o el que funda uno? Y una segunda pregunta necesaria aparece después de la respuesta: ¿Qué hacer? En un país con una cesantía que llega al 20%, y es más del doble entre los jóvenes; y cuya clase gobernante quiere seguir privatizando hasta la conciencia. O en otro país donde ya casi nada queda por privatizar, donde la educación es un privilegio de unos pocos. O en un tercer país donde las elecciones se miden por la cantidad de dinero que los candidatos logran acumular y donde ni Quevedo podría haber imaginado lo poderoso que la dama guita es. O en cualquier país donde el interés de unos pocos (muy pocos) se impone por el de un resto que se convierte, precisamente, en eso: resto. ¿Qué hacer? ¿Dar muerte a una monja con un golpe de oreja? ¿Mirar los muros de la patria mía si un tiempo fuerte ya desmoronados? ¿Esperar la llegada de los hombres y mujeres imprescindibles? ¿Galopar, galopar, galopar, hasta enterrarlos en el mar? ¿Levantarte a las cinco de la mañana, tranquilo pero con el encabronamiento metido en el alma y partir a la sede de tu banco y decirles que ya está bueno, que hasta cuándo y volarles las ventanas y el descaro? Lo de Víctor, no hace falta decirlo, no va a cambiar el mundo. Es más, probablemente pase unas semanas en una celda o deba pagar una cuantiosa multa. No lo va a cambiar ya, pero sí nos muestra (y nos enseña una vez más) que los límites que se nos imponen, que las verdades que nos mienten diariamente, que los futuros que nos dibujan, no son designios divinos o articulaciones de un destino inevitable. Y eso lo sabe cada vez más gente y lo siente cada vez más gente: reunidos en la Plaza del Sol en Madrid o por las alturas de El Viso del Alcor; marchando por las Alamedas de Santiago o rodeado de cerdos en Freirina; en el Zuccotti Park de Nueva York o en Mobile, Alabama. Sí, porque si hay algo que la globalización ha globalizado es el descontento. Un descontento que deviene rabia e impotencia, mas también creación, pensamiento y acción. No es fácil, como dicen en la Isla; nunca lo ha sido. Vivimos tiempos de crisis. Nada nuevo bajo el sol, ¿cuándo no? Dirán los más cínicos. Pero a ese cinismo hoy se le responde con la fuerza del kínico, de aquel que no tiene miedo decirle la verdad al poder, de largarle la dura por el rostro. Y eso sea quizás lo que en nuestro críticos tiempos globales esté pasando cada vez más: las verdades se están diciendo cada vez más y más directamente (y puede que todas las redes sociales sean una gran ayuda para ello). Tampoco, se me dirá, eso es tan nuevo. Es cierto, ya lo dijo Celaya mejor que nadie:   Cuando ya nada se espera personalmente exaltante, Mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia, Fieramente existiendo, ciegamente afirmando, Como un pulso que golpea las tinieblas, Cuando se miran de frente los vertiginosos ojos de la muerte Se dicen las verdades: Las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.