por Christian Aedo J. Editor y Poeta Zombi

Entre las ajustadas y vertiginosas cuentas de votos, mientras los fallos fotográficos marcaban el pasar de la noche y el discurso de los medios ofrecía un variopinto abanico de graficas y animaciones; las encuestas se caían a pedazos y las reacciones no se hacían esperar. El roteque de Sabat hacía una caricaturesca cadena de oración buscando una milagrosa respuesta del electorado, mientras el ex torturador Cristián Labbé sacaba lo más vulgar de su adiestramiento bíblico-militar acusando persecución, falta de equidad, odio y una que otra serpiente paradisiaca en su camino. En Santiago Pablo Zalaquett usaba la parte más barata de su repertorio teatral para salir bien parado, y el cuco se llevaba al beato alcalde de Recoleta. La Alianza sacaba extrañas y favorables cuentas en un forcejeo a muerte con las estadísticas, y por su lado Concertación abrazaba al PC fingiendo un porcentaje triunfal que no tiene ninguna base programática. Detrás de todos estos aleteos, caballerosidad y sonrisas falsas, solo se buscaba invisibilizar al verdadero protagonista de las elecciones municipales del Domingo recién pasado. Mientras el domingo se realizaba un nuevo allanamiento en la comunidad mapuche de Temucuicui, aquí se estrenaba un nuevo modelo de sufragio, una inscripción automática acompañada del voto voluntario, junto a la separación de candidatos a alcalde y concejales. Una oferta que rechazó 1.6 millones de votantes, activos en las elecciones pasadas, y el 60% de un extraño padrón que incluida a personajes como Salvador Allende dentro de sus archivos. Por otro lado y diametralmente opuesto, florecía un electorado que voto, pero no por un candidato, sino que por barrer con los pertrechos que la transición dejo transformar municipios en pequeños feudos dictatoriales. El resultado, es la cristalización de una gran derrota. La derrota una clase política a la que le salió el cuco, el verdadero protagonista de este reality. Un cuco con dos caras, algo así como el fantasma bipolar del mentado duopolio político de Chile. Su contraparte civil, compuesta por los chilenos que decidieron no prestar su voto aun sistema sin capacidad de representación. Su otra cara, un electorado que decidió ejercer su derecho a censurar. En ambos casos el castigo político a una clase dirigente sin programa, sin ideas y lo que es peor, sin voluntad de legislar sobre los problemas de fondo del modelo. Mientras la tormenta perfecta le pasa la cuenta al imperio. En la Moneda, se guardaban la celebración en mejor parte. La idea, desmarcar rápidamente a Golborne de las malas juntas en el balcón de Zalaquett poniendo mucha fe en lo que queda de las derrotas encuestas y un cambio de gabinete que ayude a lavar la imagen del oficialismo. Pero quizás la limpieza hecha por la ciudadanía sea lo más favorable para la Alianza, ya que los desvincula rápidamente de los lastres que dejó la dictadura incrustados en el corazón de los hijos de Jaime Guzmán, permitiéndoles negociar libremente con el empresariado, sin cargar con las culpas de la ultra derecha, excepto las retrogradas ideas de la UDI. Así el problema se les reduce a la incapacidad de gobernar, la fractura entre RN y la UDI, y un candidato que es todo sonrisa para el negocio y varios conflictos de interés a cuestas. Por su parte la Concertación pone todas sus esperanzas en Bachelet. El caballito de batalla que tiene llegada ciudadana, pero no tiene respaldo político a esa altura. Para lo que el conglomerado busca izquierdizar su postura, absorbiendo bajo la palabra de oposición al PC, mediante pactos de omisión y otros chanchullos calculados, nada que mezcle ideas, programas, planes o voluntades, algo que solo se queda impreso en la propaganda electoral. Finalmente el fondo sigue siendo el mismo, como en las caricaturas. Una clase política que solo busca perpetuar el modelo, atados de manos por sus propios intereses, sus incapacidades o las deudas electorales que abordaron en campañas anteriores y futuras. Donde lo único distinto es la aparición de este quiebre anunciado en las movilizaciones que van desde el 2011 a la fecha, en él la polaridad cambio de la histórica y ficticia izquierda-derecha, por una real que enfrenta a clase política y ciudadanía. Un esquema donde el cuerpo social tuvo un triunfo moral importante, semejante a ese que prometía la llegada de la alegría. Pero también uno donde la derecha seguirá velando por los intereses del patronaje, mostrando una incapacidad de gestión que solo hecha más leña al movimiento social, y por otro lado una Concertación, con la peligrosa capacidad de inmovilizar dirigencias, que seguirá jugando a ser lo menos malo para que no se los lleve el cuco.