por Juan Domingo Urbano

Mi abuelo siempre se echó la plata en el bolsillo de la camisa. La última vez que lo vi, por supuesto ya no lo hacía, salvo no olvidarse de su carnet de identidad, cuando salía a dar una vuelta a la Alameda. Hoy tiene ochenta y cuatro años. Pero sale a recorrer la arboleda de álamos que, literalmente, en la ciudad provinciana donde vive todavía sirve de paseo, aunque sus amigos ya no estén, y el diga, escuetamente, que se murieron antes que él: de viejos. Vive en un pueblo. O lo que sigue siendo la vida en provincia, en una comuna chica a un par de horas de Santiago, donde todos se conocen y lo saludan. Me acordé de ese detalle porque hoy en el Metro me vi haciendo lo mismo, llevándome algunos billetes estirados del cajero, también al bolsillo de la camisa. ¿No sé a qué le temo? Si a que me cartereen o a darme cuenta de que lo hacen… De cualquier forma es lo mismo. Acá nadie se conoce. Se vive desconfiando. Cuesta aceptarlo, sobre todo ante el discurso inflamable que sacamos, cada tanto, para apelar por la justicia social, la igualdad y la dignidad humana. En circunstancias que no siempre estamos tan seguros de defender, a la hora de los quiubos, a las mentadas víctimas del modelo. Todos somos flaites, pungas, lanzas, cumas. No en el sentido de alguien que por su aspecto o condición social lo sea, incluso por una justificada necesidad, si no porque hay algo que define, esencialmente, el ser chilenos… ¿Cómo nos ven afuera? Como ladrones. El mito urbano dice que en Suecia (?) hay carteles que advierten si se ve a un chileno robando, déjenlo, porque es su cultura. Sólo da razones para creerlo. Del mismo tiempo recuerdo, otras historias de exiliados. Una, la de mis tíos en Canadá, jugando –si cabe llamarlo así– a hacer el recorrido de memoria de tal o cual micro de los ’70, antes del Golpe de Estado, mientras tomaban vino navegado algún viernes de invierno. Empezar en el paradero, ir pasando las calles, los pasajes, los hitos significativos, nombrar algunos monumentos, galerías, ferias, plazas y antes de seguir, en su caso, nombrar a coro Plaza Egaña, y siempre terminar llorando. De esas mismas veces recordaban con cierta añoranza, la escena de subirse por atrás a una “liebre” y hacer correr el pasaje de mano en mano. Algo, prácticamente, imposible hoy día. Unos de esos mismos amigos, decía mi viejo, una vez le dijo, en tono aleccionante, que la única forma de sobrevivir en Chile, textual: era cagándose a alguien. Mi papá no lo hizo, y murió como vivió, sin deber un peso a nadie, pero pobre como las ratas… Aunque de algún modo, también feliz, como lo decía su cara, cuando lo vestimos con su mejor camisa, antes de echarlo al cajón. La vida corre como una película muda. Y ahora pienso en eso. En que alguien nos robó el país. Y no es la nostalgia de que todo pasado fue mejor. Es porque se veló la foto. Alguien movió el plato y se chorreó la sopa sobre el mantel. Alguien quebró la oreja de la taza y se hizo el tonto. No había nadie cerca. Todos se escondieron. Es comer agachado a la hora de colación. Es no dar, ni que te den, el asiento en el Metro. Es vivir pagando. Es dudar de nuestro trabajo, no por lo que hacemos, sino porque al parecer a alguien no le parece que está bien hecho. Y nos ronda la duda. Crece, donde deberían asomar flores, una maleza del porte de la envidia. Es el miedo al otro. Es no decir. Es quedarse callado. (De esto ya hemos referido en otra crónica.)

¡Están robando!

Hace unos días mostraban en las noticias –a esa hora despejada de la mañana, en que entran como un rocket los titulares– que la grabación de unas cámaras en una micro interurbana había permitido detener a unos delincuentes que habían intentado arrebatar la cartera a una pasajera. Por supuesto estaban “dateados”, ésta llevaba nada menos que 1 millón de pesos en el bolso y se había resistido a entregarlo. Sus caras habían quedado grabadas y por los detalles habían dado con ellos. “Cagarse a otro”, me he repetido. Un lanzazo, un mangazo, tirar las manos, lanzar una indirecta, o “una directa”, en verdad, deberíamos decir, como un golpe seco en la cara. Ta-te-quieto. Porque todos quieren decir la última palabra. Se ha despertado, quién sabe cuándo y por qué, el mal espíritu de la competencia, ser más que el del lado, ganarle. SAQUE LA CUENTA, decía no hace mucho, una propaganda de TV de un megamercado que exhortaba a calcular de cuánto sería la cuota que pagaríamos por un “avance en efectivo”. Ya sabemos en qué terminó todo, cobros exorbitantes, repactaciones unilaterales, le letra chica de los préstamos, algo que, más allá de que surgiera para aclarar la situación crediticia y de deudas de la tienda más popular de la clase baja, fue el grito en el cielo que puso una AFP cuando vio que la compra de acciones de X tienda no se condecía con las cifras (en este caso abultadas) que mostraban sus fondos. El tamaño de la estafa.

Algo huele mal en Dinamarca

De eso estamos hablando. De simular que se cae un fajo de billetes, luego acercarse a quien va pasando por ahí y en lugar de proponerle devolverlo, intentar llegar a un acuerdo de repartija entre ambos. Así, antes de desplegar el rollo de plata, pedirle al incauto que le dé el dinero que lleva a cambio… De eso se trata, a grandes rasgos, el famoso “balurdo” que en Centroamérica llaman el “paquete chileno”: Engañar con el impacto de la ostentación, ofrecer y provocar con una gran tajada, la gula (ambición) de comer más que el otro. La zanahoria de los conejos…

Lo mismo hizo Pedro Sabat, el flamante alcalde reelecto en Ñuñoa, que se robó los votos, movió los hilitos y entonces sus asesores sacaron de debajo de la manga, cual Mandraque, los votos que faltaban, incluso tiraron el tejo pasado. Como lo timadores del centro, con su pepito-paga-doble, preguntando ¿quién vio el monito?, ¿dónde está el monito?, ¿usted, vio el monito? Acá está…

Ladrones.