por Juan Domingo Urbano

Me escribe un joven lector, para decirme que en sus viajes por la ciudad, ha podido darse cuenta de que la Gran Torre Costanera, o el edificio de Paulmann, se ve prácticamente desde todo Santiago. Sí, y que andando en su camioneta (es repartidor de una conocida marca de cosméticos) puede verse tanto desde Carrascal o Cerro Navia, hasta la autopista Maipo, allá abajo por Domingo Tocornal, en Puente Alto, asomando su punta el flamante el edificio del Costanera Center… De seguro les parecerá inverosímil el comentario, y más todavía su solicitud, pero para mí también es increíble, se los aseguro. Me pregunta, a quemarropa, qué pienso yo de esto. De que tengamos este fálico monumento al consumo. Lo dice muy en serio, y agrega una serie de improperios festivos que aluden a su forma –que no voy a repetir aquí– pero que expresan perfectamente el sentir de los más de cinco millones de endeudados con la tarjetitas plásticas en Chile. A diferencia de la vez pasada, cuando me escribió una lectora por el tema de la lectura, a él le responderé por este medio, y también por extenso al correo que me pasó el director del diario. Desocupado Lector: Tienes toda la razón al decir que el rascacielos se ve desde cualquier ángulo de la ciudad, supongo que la idea era esa, y en ese sentido, cumple su objetivo. Respecto a lo que dices de que no le costó nada al Sr. Horst Paulmann levantar un Imperio con su cadena Cencosud, creo que exageras, porque sí le costó “un poquito”, recuerda que lo pilló la crisis del 2008 o el 2009, y que, si hacemos algo de memoria, tuvo cierto impasse con la concesión, la venta de los terrenos o algo con los permisos, que demoraron un tanto su construcción. ¡Uy, también el terremoto! Lo que pasó entremedio, y lo que los agoreros urbanistas tan bien advirtieron, que faltaban bermas, no tenía veredas peatonales, que carecía de áreas verdes o el brutal impacto ambiental-urbano, y que colapsaría por la estrechez de las calles aledañas, se cumplió como una profecía. Ni hablar de que también la Ley de Subcontrataciones hizo de las suyas con los obreros que la levantaron (tan parecidos a esclavos egipcios) y que ajenos a estas cuitas, comían su lunch, tomando el sol o haciendo la siesta en el bandejón central, como toda noticia o máxima cobertura mediática, sin que nadie dijera nada sobre cómo cuando uno se iba (por despido, por lumbago o por muerte) había tres esperando el puesto. ¿Cómo que no hay pega? Esta no es tierra para débiles, y pienso cada tanto en mi mentor, ese señor que escribió Las Flores del Mal, y en cómo dio la cara a la Modernidad de su tiempo y supo desenterrar de entre los escombros unas piedras preciosas, aunque cubiertas de desechos y desperdicios, como luz sobre lo que vendría: la posibilidad de caminar tranquilamente maravillados en medio de la multitud, y pese al reflejo del asombro, conseguir encontrar a los hombres palpitando con temor, con soledad, pero en potencia decididamente “libertarios” ante ese hechizo fetichista de la mercancía. Esto lo pongo yo ahora, a raíz de las lecturas aproximativas a su obra. Baudelaire, probablemente, no lo dijo de ese modo, aunque sí podemos recoger en cada uno de sus poemas, crónicas y confesiones, la denuncia de la libertad que podía, siempre, emerger del abismo. Las vigas del olvido Porque estamos claros, en que para levantar algo, antes se botó otra cosa. Hoy bajo toda nave de concreto descansan las vigas de casonas olvidadas. Antigüedad & Modernidad. Es gracioso –si es que puede causar risa– que permanezcan todavía los arcos y partes de las bodegas de una viña centenaria, en la intersección de Santa Elena, paradero 1 de Vicuña Mackenna, mientras sobre sus espaldas se levantan feroces complejos habitacionales, esos rascacielos más parecidos a cajas de leche tetra-pak, de balconcitos minúsculos, donde parece vivir el hombre invisible, gente sin plantas, sin ropas, sin perros, sin visillos, sumida en el silencio ensordecedor de sus cuotas por los cielos y donde nadie ve a nadie, que no sea el Metro volador y nuestra cara del hastío. Porque decidieron vivir en un barrio vertical, como dice mi amigo arquitecto, Alejandro Wagner. Otra vez los ojos de los pobres. Sin embargo, como un mantra, repito: algo emerge del abismo. Porque desde ese mutismo soterrado, puede levantarse el delirio de una sociedad que nos hará, creativamente, libres. Suena a una proclama, a una frase, a un cliché. Pero ya lo dijo el otro sabio, la construcción de eslóganes es también una forma de la crítica. La cita no es textual, pero pertenece a Walter Benjamín. (Creo que la respuesta se ha tornado algo teórica, pero nunca dije que evitaría hacerlo, caro amigo epistolar). Me cuesta fundamentar con materiales concretos, y hacer frente con argumentos sólidos a eso que puede ser evanescente y hasta secundario a los ojos del ciudadano medio. Esa es la apuesta del modelo. No olvidarlo. Hacer parecer todo como normal, o como posible, como inevitable, como natural. Esa naturalidad, es justamente donde se funda el peligro. No es de extrañar que esa condición de lo inevitable (me ha rondado esta palabra en estos días) consiga eludir y evitar esa mentada forma crítica. No es malo, para nadie, por ejemplo que crezca el país; el problema es que cuando algo crece otra cosa se achica, disminuye. La curva o campana social se cumple a la perfección. Los más. Los menos. ¿Quiénes están al medio? Ese miedo inconcebible a la pobreza Vivimos en una tensión constante por la acumulación de bienes materiales, de mercancías. El modelo se rige bajo esa naturaleza del tener, del querer, por las ansias del deseo. El deseo libera hormonas que auspician una satisfacción. El problema es que cuando el deseo es saciado, la sensación de vacío, es aniquiladora. ¿Qué es el consumo sino anhelar satisfacer ese estado? Con esos valores se mueve la maquinita. No olvidemos la respuesta que dio el mismo Paulmann ante la declaración de feriado irrenunciable del 19 para Fiestas Patrias. “La vida en familia se hace cuando miles y miles de personas van a los centros comerciales. Cuando hay 34 grados de calor y van a un centro comercial donde hay 23 grados a 24 grados… ahí se hace vida en familia”. Por esos mismos días decía, en el marco del Chile Day en la Bolsa de Londres, que la percepción del país afuera era la de “una niña bonita”. Preferiría ser la niña-fea y que nadie quisiera bailar con nosotros. Más cuando la música la eligen ellos, en una fiesta que solo ellos saben qué se celebra. Los mismos que antes hicieron la lista de las bonitas y las feas. Puros viejos guatones con bolsas de dinero con el signo peso. El problema, ya lo he dicho antes, es la extrema riqueza. La torta dividida entre seis, como si fuera una pizza y no un pastel para muchísimos invitados. La gran riqueza de unos, va siempre aparejada con el robo a muchos otros. Ya el año pasado tuvimos de sobra con frases al bronce como: Nada es gratis. ¿Lo recuerdan? Piñera en claro eco de los mandamientos de Adam Smith, quien en su momento defendió, textual, así la necesidad de la pobreza: “Cuando hay grandes propiedades hay grandes desigualdades. Por cada hombre muy rico debe haber al menos quinientos pobres. En especial los ricos están necesariamente interesados en conservar un estado de cosas que pueda asegurarles sus propias ventajas. El gobierno civil, en la medida en que es instituido en aras de la seguridad de la propiedad, es en realidad instituido para defender a los ricos frente a los pobres, o a aquellos que tienen alguna propiedad contra los que no tienen ninguna”. Me acordé de los que dormían a la intemperie en un peladero, tapados con cartones, a algunas cuadras de mi casa. Creo saber de sobra a qué te refieres, queridísimo lector, con eso de que la “Torre de Paulmann” se ve desde todo Santiago. Imposible no sentir su brillo, su sombra, su condición de pieza de ajedrez, que tiene a millones en jaque. ¿Alfil, Torre? Qué importa. Al Arcano de la Torre en el Tarot le cae un rayo desde el cielo, botando su corona. Y toda Babel, siempre, puede terminar en tragedia.

Gracias por escribirnos.

Un abrazo.

JD Urbano.