texto y fotos de Daniel Noemi

En los Estados Unidos la fiesta que congrega a más miembros de la familia, la que los junta y rejunta una vez al año a pesar de las desavenencias (o quizás gracias a ellas), es el día de Acción de Gracias o día del pavo. Aeropuertos colapsan, carreteras se inundan de vehículos que recorren más de 80 kilómetros (esa es la cantidad mínima considerada válida para hacer un viaje de verdad), las cocinas se repletan de condimentos y, por supuesto, pavos en sus múltiples variedades: congelado (o el equivalente a comprar comida china), exquisitamente hecho con el relleno tradicional y la salsa de cranberries, intelectualmente alternativo hippie (en oposición a la comercialización de estas fiestas, se opta por el pavo cazado felizmente y comiendo puros granos orgánicos), o, para no ahondar más en pavadas, el nunca bien ponderado tofurkey, esto es, un tofu moldeado en forma de pavo. Y no olvidemos la decadencia del Turducken, una delicia proveniente de las tierras del sur –de donde suelen ser los huracanes- que podría traducirse como Papallo: Dentro del pavo un pato, dentro del pato un pollo; todo recubierto con una salsa blanca de mariscos capaz de satisfacer hasta al político más ansioso… Como diría el gran Lope: “quien lo probó, lo sabe.” La historia dice que gracias al pavo que los indígenas les ofrecieron a los ingleses que venían arrancando de la persecución religiosa, los anglos se salvaron de morir de hambre. Errores que la buenas costumbres llevan a cometer: cuatrocientos años después no quedan muchos nativos y se sigue comiendo pavo. Este año, como cada cuatro, tocó después de las elecciones presidenciales. Después de mucha parafernalia mediática, Obama ganó por varios cuerpos. Algunos republicanos empezaron a analizar el porque de la derrota: pésima política con los hispanos (hay que construir ese muro rápido y echar a todos los ilegales), que fue culpa del huracán nombre de artista Sandy, de las horribles declaraciones respecto a las mujeres (las que son violadas no quedan embarazadas y, en todo caso, es la voluntad de dios), por privilegiar a los más ricos (el 47% son unos vagos), por la desconexión con la juventud, del extremismo religioso (varios han visto a dios en sueños decirles qué deben seguir el camino de la política), y un largo etcétera. Pero más allá de algunas voces –que enfatizaron la primera de las causas- no ha habido una auténtica revisión. Es más, varias de las figuras emblemáticas han señalado no hubo tal derrota, sino que más bien se trata de un empate, pues la Cámara de representantes sigue bajo dominio de los republicanos (esto a pesar que los demócratas obtuvieron un millón más de votos para la Cámara). O sea, ni se sueñen con que vamos a dejar a los demócratas gobernar. Y de muestra un botón: ¿quieren subir impuestos? A tomar por ustedes saben dónde. Y eso que la política de Obama difícilmente podría verse como liberal (a pesar de las acusaciones de “socialista” y “comunista” que le caen de vez en cuando). Si en un comienzo había decidido poner un límite a las contribuciones privadas para las campañas, dio vuelta de timón cuando se dio cuenta que le convenía; ganó el Nobel de la Paz, pero ha ordenado más ataques con drones que el infame W y tiene un concepto de la justicia internacional que nos recuerda a las películas del lejano oeste. Pero, bueno, peor es mascar laucha y comparado con los otros, me digo, hasta cosas buenas ha hecho (el sistema de salud dista mucho de ser ideal, pero es un paso gigantesco). Sí, un día movido el del pavo. Y quizás más en los estados donde se aprobó el uso de marihuana, no por razones médicas, sino como dicen por estos lados, para uso recreativo (en Colorado más gente votó por fumarse un porro que por Obama, lo cual demuestra que hay puntos de acuerdo entre republicanos y demócratas). En uno de ellos, se cocinaron varios pavos rellenos de cannabis (orgánica, por supuesto). Quizás eso hubiese cambiado la relación entre los puritanos y los indígenas. Día de la familia que rápido se desvanece en el fárrago –tan conocido e iterado- del consumismo: las tiendas que abren a medianoche prometiendo las grandes gangas y, peor quizá, las colas de cientos de personas esperando para que esas puertas abran y poder comprar dos, tres, cuatro televisores de pantallas planas. La conversación que no fue, la recriminación que uno se ha guardado durante todo el año, se convierte en una línea más en la tarjeta de crédito. Y entonces cuando un tipo se cae a los rieles del metro en una ocupada estación de Manhattan no sorprende que todos vean venir el tren, lo vean venir, y que incluso un fotógrafo alcance a inmortalizar el momento no una sino varias veces, y los pavos se desvanecen, cómo no, buscando otros cielos y otros tiempos. Who needs a joint?