por Juan Domingo Urbano

Hace un tiempo leí una noticia que me llamó la atención, y terminó de convencerme sobre el engaño de esta apología actual de las comunicaciones. En pocas palabras, el reportaje decía que la mayoría de los hijos de los genios de la informática de Silicon Valley (California) tienen a sus hijos en una escuela análoga, Waldorf. ¿Qué quiere decir eso? Estos niños no aprenden con un laptop, o conectados a Internet, sino que lo hacen estudiando con libros, enciclopedias y escribiendo a mano, con cuidadosa caligrafía, textos donde no puede faltar su opinión personal. Hasta los 12 años no toman un computador, ni siquiera en sus casas. ¡Son los hijos de los empleados de Google, Apple, Yahoo! Uno de esos padres agrega: “El computador no es más que una herramienta. El que solo tiene un martillo piensa que todos los problemas son clavos. Para aprender a escribir, es importante poder efectuar grandes gestos. Las matemáticas pasan por la visualización del espacio y las formas. La pantalla perturba el aprendizaje. Disminuye las experiencias físicas y emocionales”. Ante discursos de ese tipo, me siento como un topo, haciendo una madriguera. O de frentón, como un avestruz, escondiendo la cabeza en la tierra. Pero no porque yo no esté comunicado, o suponga que eso no es cierto, sino porque la paradoja es evidente, y seguimos viendo llegar a raudales el agua al molino: en un país como Chile, con poco más de 17 millones de habitantes, a fines del 2011 ya habían más de 20 millones de números de teléfonos dando vueltas. Sí, vamos por rieles muy distintos. Con una fe ciega en la comunicación celular –ese anuncio de compañía, de acercamiento, pero devenido en mayor soledad– que cortó toda posibilidad de encuentro o de verse, si total nos enteramos cómo están todos según “su estado”; sabemos qué tan grande están sus hijos; cuándo y a qué fiesta ha ido; dónde hizo sus últimas vacaciones; si sigue con el mismo color de pelo o con la misma pareja todavía. Nada más…Me resuenan los pasajes de un cuestionable libro, pero siempre vigente, con las palabras claves: invisible – zorro – corazón – ojos. Mientras nuestros hijos, qué duda cabe, reconocen esa conducta, “la de estar conectados”, como la mayor y hasta la mejor forma de hacer las cosas. Vivir la vida. Encerrados en sí mismos pero enchufados al ciberespacio. Mal que mal a nadie le enseñaron cómo era eso de ser padres, si apenas fuimos hijos… Escrito a mano En fechas como estas abundan los saludos, los deseos de felicidad y prosperidad, para el próximo año que comienza. Pero se perdió la costumbre de escribir tarjetas, o va en franca retirada hacerlo. Con todo, es casi más cómodo también. Porque no existe nada como un “buen” correo o una cadena de mails, esa suerte de spam, donde alguien con mucho más tiempo que uno armó un power point con algunos pensamientos. Mejor, porque ¿alguien sabe cuánto cuesta una estampilla o sale el franqueo de correos actualmente? Da lo mismo. Hemos dejado no solo de escribir tarjetas, sino que también de hacerlo a mano. Se escribe bien poco a mano, ¿no? Ah, claro, descontando el hacer la lista para el supermercado, anotar en una agenda las cuentas por pagar o extender un cheque… Hace unos días, ordenando un cajón del escritorio que abro muy poco, se asomó un pedazo de nostalgia de finales del ‘90, y con una delgada e irregular letra manuscrita pude releer: TE CERO MUHCO PAPI. Un sol, un corazón y un niño apuntando unos pajaritos. Nunca es tarde para saludar, e insistir con las tarjetas. Entregar aparte de un mensaje (a un millón de años luz de un WhatsApp) algo tan íntimo, sencillo y hecho con nuestras propias manos. Porque la vida sigue por otros rieles… Dejé esa tarjeta del Día del Padre, cerca de mi escritorio. La miro mientras escribo esto y pienso en la próxima quincena en que me toca la visita con aquel artista del pre-kínder. Nomofobia Este es el nombre con que se denomina la situación de angustia que provoca a algunas personas, el no tener el celular a mano, cuando se les pierde o roban, se agota la batería, no se tiene saldo para llamar o se encuentra sin cobertura de red. Y me acordé de todo esto, cuando X, una compañera de trabajo, hostigó a todos en la oficina la semana pasada para que le pasáramos el celular o nos conectáramos a su Facebook, un día en que se le quedó el celular en la casa, por salir apurada. Claro, anda con la cabeza en cualquier lado desde que le dijo a Z que se fuera. Esto era lo último, o algo así como el remate de una historia que nos había venido contando por capítulos a la hora del almuerzo. Según ella, se aburrió de vivir con un “cabro chico”, así mismo nos dijo que le dijo. Que ya tenía suficiente con B y C, sus hijos de 7 y 2 años. Claro, todos le dimos la razón, mientras nos describía cómo se habían conocido en el colegio, pololearon toda la enseñanza media, cumplieron juntos los 18 años, pero él siguió teniendo 15; se casaron a los 21, pero el seguía teniendo 15; ambos estudiaron y se recibieron de Administración Pública y Z recién ahí pareció cumplir sus 18 años; ella quedó embarazada de B, luego entraron con un año de diferencia a trabajar en la misma Empresa (ella lo llevó a él), pero Z seguía teniendo 18; recién en el 2010, cuando flaqueó algo su relación, se les ocurrió tener otro hijo, con esto X pensó que Z ya habría cumplido los 21, pero se equivocó, había vuelto a tener 15 años. El final ya lo sabemos. Ayer nos mostraba un video de la linda C en su iPhone, donde aparece con un vestido rosa, lleva cachitos, mientras hace burbujas con una bombilla y se ríe cuando explotan. En el video, con ropa-de-casa X se ve mucho más joven. “No habla, nada”, dice, refiriéndose a su hija, en un tono algo desconsolado. Yo le digo que no se preocupe, que ya hablará. “Es que yo quiero que hable ahora”, dice. Por lo mismo, hay que hablarle como se le habla a una persona, solo que más chica, intento explicarle. “Pero si yo le hablo”, responde. Entonces léele, eso nunca ha fallado, agrego yo, repitiendo el consejo de mi amigo profesor. Pero al parecer, esto último no lo escucha, porque está más pendiente del celular, que de otra cosa, mientras todos ya nos levantábamos de la mesa. Hace un rato le envíe, a su correo institucional, un link con un cuento bien bonito que sirve para contarle historias a niños de jardín. Se los dejo a ustedes también, a ver si les sirve, se llama el “El zorro curioso”