texto y foto de Daniel Noemi

En busca de la verdadera pintura: un título bastante pretencioso para la exposición de Matisse que estos días se despliega en el Met de Nueva York (hasta el 17 de marzo del próximo año). Sin embargo, una pretensión que bien vale la pena y que se justifica gracias a la espléndida curaduría que nos permite hacer estallar la belleza de la obra de Matisse. Poco a poco, siguiendo varios temas y motivos, presentados en dos o tres diferentes versiones –naturalezas muertas, retratos de marineros, paisajes de Saint-Tropez, la Catedral de Notre-Dame a distintas horas del día, interiores con peceras, los bocetos antes de un desnudo-, hacemos junto con el pintor no solo un recorrido por la imaginación y el colorido, sino también por aquello que más que “verdadera pintura” podríamos denominar “el tiempo de la pintura.” Sí, porque lo que aprendemos en este viaje radicalmente hermoso es que todo cuadro (todo color, cada tonalidad) posee una temporalidad particular. Matisse, como sabemos, rompe con las mismas concepciones geométricas del cubismo y del fauvismo (del cual él es probablemente el máximo representante), trayéndonos la realidad a un plano diferente: es al mismo tiempo la suspensión del espacio y del tiempo, y la rápida huida, la inestabilidad y precariedad de nuestra posición (como espectadores que forman parte del cuadro, no como lo hiciera Velázquez sino ya aceptando la transformación de los tiempos: nosotros, por ejemplo, ingresamos al cuarto del Hotel Mediterráneo en Niza, pero debemos reconocer nuestro tiempo alterado, sacado de quicio, que es el mismo tiempo del cuadro, donde allá lejos alguien camina bajo la palmera y una mujer espera, sueña, con esos ojos –los del pintor, los tuyos- y no hay nada más, porque el tiempo ya no es posible y ese espacio donde Matisse nos obliga a perdernos, solo puede existir en un futuro demasiado pasado.) ¡Ah, la paradoja de los tiempos! Nadie ha sabido leernos (y, por cierto, pintarnos) como Matisse. La que vea el cuadro El sueño, pintado durante la guerra, y vea el borrador que le acompaña, quedará pasmada, indecisa y, quizá, alucinada con la violencia mortal que desaparece en un instante, sin saber cómo (ni con qué pretexto). Y el sueño de Matisse nos lleva al sueño de Franz Marc (él, muerto en la anterior guerra) donde caballos azules, leones y rojos imposibles creaban una realidad demasiado real para ser la nuestra. Matisse sabía, como lo sabía Marc, que el sueño no es nunca un escape; los sueños son nuestros miedos más profundos y, así, el único tiempo de la realidad. Un joven marinero, con un suéter azul y boina azul, pantalones verdes, nos contempla con calma. Su mano izquierda se apoya en su nuca; la derecha toca su muslo derecho. El hombre está sentado en una silla café y podemos ver sus cejas y el contorno de sus ojos y sus labios (la parte superior de un extraño color verde) claramente delineados. Comparado con la versión que observamos a su lado, en esta los colores son claros, nítidos, fuertes, potentes. La expresión del rostro es de mayor decisión, masculina y femenina simultáneamente: pero aún inescrutable. No sabemos lo que está pensando, pero él sí sabe lo que nosotros pensamos. En el fondo se está riendo, se ríe de nosotros. La versión anterior, más nostálgica y perdida, carece de esa fortaleza; en ella, el marinero mira a la lejanía queriendo poder soñar con algo. Pero nosotros sabemos que él está buscando. En cambio él no nos reconoce; nosotros podemos o no estar ahí, da lo mismo. En ese paso, en esa trayectoria, de color, de luz, de fuerza en la mirada, pareciera radicar una de las respuestas de Matisse: no se trata de pintar el objeto, sino la emoción que el objeto produce en nosotros. Su búsqueda por la verdad se convierte, de ese modo, en su busca de sí mismo, en no pintar más cosas, como una vez dijera, sino la diferencia que hay entre ellas, y entre ellas y nosotros, para de ese modo llegar a descubrir el sueño que nos corresponde a cada uno de nosotros. Salir del Met, después de esa algazara de fantasía y realidad (de hallazgo y de pérdida) a una tarde gris y lluviosa resulta un contraste literalmente abrumador. Los humos de la ciudad, los vapores que vienen de sus entrañas y que nos recuerdan abismalmente a Francis Bacon y Lucian Freud, nos llevan a otra realidad; una que no por más prosaica es menos hermosa. Más fría, eso sí y más húmeda. Aquí la Luxe, calme, et volupté, matissianos devienen oscuridad, turbamulta y oculta sensualidad. Otro tiempo nos enfrenta y nos encuentra: corremos bajo la lluvia, todos los taxis están ocupados, bajamos por la Quinta, en la 53 a la derecha y antes que deje de llover, frente al MOMA, tenemos que decidir si no será un poco demasiado entrar y ver el Grito de Munch que está de visita por estas tierras.