texto y fotos de Daniel Noemi

Y en medio de la temporada de compras navideñas, de las discusiones sobre el inventado abismo fiscal, de los días cada vez más cortos y más fríos; en medio de todo aquello, el abismo que devuelve su imagen en un espejo distorsionado por el horror. Una sociedad (porque en momentos como esto la imaginación de ella reaparece) que no puede entender y que no sabe a qué ni cómo culpar (¿y culpar para qué? ¿Para perdonar? ¿Para saber? ¿Qué es lo que se quiere saber? ¿Por qué lo hizo? ¿Por qué?). Como tragedias anteriores, el asesinato de casi treinta personas cayó como un rayo no solo en el bucólico y afluente pueblecito de Newtown, sino en toda la nación (que también resurge, imaginada, en estas circunstancias), donde el “Consolador-en-Jefe” (no lo invento el término, lo usaron en la televisión) vertía auténticas lágrimas afirmando que es necesario hacer algo para evitar que se repita. No es la primera vez que se quiere evitar la repetición. Pero en esta ocasión hay un añadido especial: la edad de la inocencia, los veinte niños y niñas acribillados, de seis y siete años. El por qué se torna más turbador: incluso en las masacres previas existía una suerte de perversa lógica: un estudiante tímido o rechazado se venga de sus compañeros y profesores (aunque no fuese esa la realidad, esa era la realidad que se construía). Ahora es otra la lógica o no hay, la insania quizá, como la necesaria respuesta (la empleada por los noruegos para poder entenderse a ellos mismos después de la matanza en la isla de veraneo), la búsqueda de una enfermedad (porque nadie en pleno uso de razón podría hacer algo así…). Y, probablemente, sea cierto: la lógica del evento sobrepasa nuestra comprensión –la creación del mundo como lo imaginamos. O recurrimos al mal (el mal visitó Newtown, se ha oído estos días) y se crea una explicación de otro mundo (nos dis-culpamos, nos exculpamos, quedamos fuera de la culpa). El dolor, en todo caso, es de este mundo. Demasiado. Preguntas y debates que se acumulan. Desde las sociológicas y éticas -la sociedad donde esto es capaz de suceder, ¿está enferma?-; a las de una praxis política inmediata -¿se debe restringir el acceso a las armas o, por el contrario, facilitarlo aún más? (El día anterior a la masacre, en dos estados se aprobaron leyes que permiten a personas llevar armas ocultas en recintos públicos; en varios campus universitarios es legal, y en algunos colegios. Se argumenta que de esta manera se ‘previenen’ actos como el de Newtown.)… Mientras escribo estas líneas me llega un correo de MoveOn, agrupación ‘liberal’ (que en el sentido gringo quiere decir de centro izquierda) pidiendo, precisamente, por un mayor control de armas; atacando a la poderosa NRA, la asociación nacional del rifle, que se opone a cualquier restricción. El mail dice: tenemos nuestros corazones rotos… necesitamos leyes que protejan a nuestros hijos e hijas… Algo más se hablará sobre ello en los días por venir. Pero poco a poco la discusión se desvanecerá con el tiempo, sin porvenir (pero el dolor sigue ahí), perdida en la pérdida de una política que cuenta cada gota de votos, que ha invertido la noción de principios por finales. Y volverá a aparecer, de nuevo, como un Fénix fantasmagórico. (Cuesta mucho entender cómo es posible comprar armas por correo o recibir una de regalo al abrir una cuenta corriente; la explicación histórico-legal, algo nos ayuda –es la segunda enmienda a la constitución, efectuada en una época donde las armas eran otra y, quizá, la vida también-, pero hay que hacer un gran esfuerzo para no verlo como un simple absurdo, el vacío del amor: un personaje de un cuadro de Hopper mirando el infinito y preguntándose por qué sin tener respuesta, hasta que llega a olvidar la misma interrogante y queda solo la mirada y, luego, solo el vacío…). Más se hablará y seguirá hablando de la enfermedad de la sociedad y, griegamente, de sus héroes. De los corazones en las tinieblas, oh, el horror, el horror, entre Acción de Gracias y Jánuca, del vacío, de la falta de… Y, puede ser, que en esa búsqueda por el por qué se llegue al quién somos desde otro mirada: buscar un nuevo sentido, reformular lo que se cree y lo que se sueña en un país fundado en promesas nunca cumplidas para la mayoría de los que lo habitan. Estados Unidos (como cualquier país) sufre de cuando en vez estos remezones de conciencia. Unos duran más que otros, pero al final se regresa al negocio habitual, a la vida continúa, y es esa condición y práctica –bastante humana- la que es necesario no solo remover sino arrasar. Pero en pedir no hay engaño y en soñar tampoco. Porque, aunque los sueños no devuelvan vidas, un país (una mujer, un hombre, todos), que deja de soñarse otro está condenado a repetir su propia desgracia.