Texto y fotos: Juan Domingo Urbano

Me escribió hace unos días un lector, algo confundido, porque dice que el miércoles pasado publiqué un cuento, y no una crónica como se anuncia en la sección. Se refiere a estas columnas que he venido escribiendo y que él sigue con cierta atención. No puedo contestar a su pregunta, sin antes reconocer que siento una enorme satisfacción –mi pecho se hincha a punto de estallar– al saber que tengo seguidores de mis textos; y aprovecho esta misma columna para responderle: la verdad intenté escribir una crónica, pero me afectó esto del fin del mundo. Eso es todo. Me mareó esta amenaza de profecía que, como ya dije antes: para los que no creemos en nada, al final termina siendo una forma de acercarnos, de conectarnos con todos, de creer en algo. Lo malo, querido lector, es el pánico generalizado que se funda y cómo se confirma una y mil veces, en palabras de Naomi Klein, la doctrina del shock que impera y tutela todas nuestras relaciones. A ellos les sirve que sintamos miedo. Que la cosa se desestabilice. Porque bajo ese halo de inseguridad sólo insertos en las máquina (que nos han hecho creer funciona como reloj) se encontrará la calma, la tranquilidad, el alivio. ¿Cuántas expectativas de los supermercados frente a las ventas de agua o mercadería? Ellos recuerdan el pánico al desabastecimiento y también los saqueos del 27 F, y de seguro ya estaban preparados para todo. Los Mayas anunciaban (o lo que se dice que dice que decían sus códices) que se vendría una Nueva Era. No que se acababa el mundo. Pero ocurre que, para nuestra creencia judeocristiana, todo cambio –ya lo dijeron los griegos– cuando se habla de Crisis se está hablando, en realidad, de Cambio, pero eso no lo sabemos, o no lo leemos como corresponde y se leyó mal o hizo creer que este anuncio fatalista era la única interpretación posible. (Hace un rato, un compañero de trabajo festinaba diciendo que ahora circulaba en la web que la fecha final sería el 15 de marzo del 2013. PAREN). Nada se acabó, pero sí algo nuevo está (o debería estar) iniciándose. Primera lección de esta nueva etapa: para que algo cambie, la revolución debe comenzar en nuestros corazones. Nada menos. ¿Cuánto cuesta empezar a comportarse como verdaderos seres humanos? Cuando todos se vayan a los otros planetas Escribí, sí. Y bastante. Cuando uno lee también, de algún modo, escribe. Pensé mucho, revisé fotos, hice un recuento de estos años, reseteé mi memoria. Alejado de todo rito explícito o declarado, tuve mi propio retiro espiritual. Lo hice caminando, viajando en Metro, sentado frente al computador en la oficina, en la cola del banco, el supermercado, conversando de cualquier cosa, pero sin alejarme del tema. Quise volver a la memoria ancestral, hacer mi viaje al origen, y recuperar los recuerdos de los días que se fueron. De ahí surgió este “cuento” que te causó extrañeza. Creo que dentro de muchos poemas que hablan del tiempo, el revisitado tópico del tempos fugit, como la recuperación de la infancia –esa patria donde no somos extranjeros– existen dos poemas de nuestro pope Jorge Teillier, que nos ayudan a mirar por aquella ventana. Selecciono dos fragmentos, los que antes sólo enuncié: Cuando todos se vayan a otros planetas yo quedaré en la ciudad abandonada bebiendo un último vaso de cerveza, y luego volveré al pueblo donde siempre regreso como el borracho a la taberna y el niño a cabalgar en el balancín roto. (“Cuando todos se vayan a otros planetas”) El día del fin del mundo será limpio y ordenado como el cuaderno del mejor alumno. El borracho del pueblo dormirá en una zanja, el tren expreso pasará sin detenerse en la estación, y la banda del Regimiento ensayará infinitamente la marcha que toca hace veinte años en la plaza. (…) Y yo diré: “el mundo no puede terminar porque las palomas y los gorriones siguen peleando por la avena en el patio. (“El día del fin del mundo”) Hay que leer poesía. Sostenía alguna vez un reconocido filósofo chileno, que la mejor reflexión estas últimas décadas sobre nuestro devenir, había venido pasando, de una forma más nítida, por la poesía. No se refería, por supuesto, a Huidobro ni a Neruda, sino que a Enrique Lihn, a Jorge Teillier, Gonzalo Millán, a Pepe Cuevas, entre otros. Saque la cuenta Si en nosotros estuviera asignar o imponer el valor a estas fechas y pudiéramos definir, o cuando menos proyectar, algo distinto a lo que se nos presenta, creo todo cobraría más sentido. Pero se impone el consumo, la felicidad a plazos, la desesperación del tener más que el ser, y vemos diluirse la esencia de saber que estamos vivos. Aburre Chile. El país visto como un comercial de multitienda. Hace unas semanas la polémica se levantada por el costo del pesebre que se pondría frente a La Moneda. La Orden de Compra no equivoca números, casi 11 millones de pesos (ver detalle del documento). Se perdió el foco. Y no es por culpa de Piñera solamente, es la mala clase dirigente que no quiere pensar un país distinto, pese a los millares que hemos marchado estos últimos años para decirles que no queremos su forma de representación. Y toda esta bulla, otra vez mediática, da cuenta de lo equivocados que estaban los que pregonaban el fin del mundo. Aunque ese no es el punto. Nuevamente nos fuimos para otro lado, de qué sirve apuntar con el dedo… No estamos preparados para que nada termine. Porque lo que queda es preparar la conciencia, la mirada, los sentidos y –aunque para algunos huela a esoterismo– también el ser interior, nuestros corazones. Si a algo teme este modelo es que la gente piense, sienta, diga. Muchas de estas crónicas apuntan a esa recuperación. Mirar el paisaje y jugar a mover las piezas de su escenografía. ¡El mapa no es el territorio! Los parlamentos de la obra aunque estén escritos, siempre pueden borrarse o ser cambiados, apostar a la improvisación como nueva estrategia de ocupación. Sin maquetas, sin moldes, sin heroísmos. Porque cada uno es Uno. Y de eso se trata. Porque, al final, la raya para la suma puede resultar favorable para nosotros. Lejos de sus números, sus cuentas, su precio. Vivir es gratis. Y este es el comienzo. Hace unos días soñé, al parecer, también como delirio tras mi desértica inspiración, que llegaba a un enorme bosque, los árboles parecían tener vida, me miraban, silbaba el viento entre sus ramas, pero lo que decían no podía oírlo, hasta que apenas en un hilo de voz les decía: “Llegué”, a lo que ellos me respondían: “Volviste”. Desperté emocionado. Si esto sirve de respuesta, querido, lector: me comprometo, en lo posible, a no pisar el palito del impresionismo, y retornar a mis crónicas callejeras, las que desde un comienzo han tenido como objetivo, además de llenar de tipos digitales esta página virtual, el registrar mis latidos en una ciudad imposible de habitar desde el silencio. Cordialmente,

Juan Domingo Urbano