En Cauquenes, en el valle del Itata y en el secano costero, fue donde los españoles arraigaron las primeras cepas, las viejas, las antiguas parras que durante siglos han dado sus frutos sumando cada gota de lluvia que cae del cielo y que sus largas raíces pueden aprovechar. Aquí es donde ellos trajeron -en barco, desde Europa- las primeras estacas, que se han adaptado y proliferado como en ninguna otra parte.

Diversos tipos de Moscatel (Moscatel de Alejandría, Moscatel Rosada, Moscatel Amarilla, Moscatel Negra, etc.) el Tempranillo, el Cinsault (o también llamada “cargadora” por su alto rendimiento), Albilla, Mollar, Torontel, Lágrima de Cristo, Corinto, Garnacha, Cariñena (conocida también como “tintorera”, por su intenso color, capaz de teñir hasta el más aguachento de los pipeños) la omnipresente, noble y nunca bien ponderada cepa País, y muchas otras que están mezcladas en los campos, que hasta el día de hoy nadie sabe con certeza qué son efectivamente, y para no hacerse problema, los viticultores de la zona las han ordenado en dos categorías: las blancas y las tintas.

Recorrer las zona de secano es como visitar una especie de Parque Jurásico del vino chileno, allí donde las parras han trepado por los cerros y las quebradas sin ningún tipo de conducción más que el viento, el sol y la lluvia. Durante siglos, han colonizado los rincones de la cordillera de la Costa que se rinde ante el mar con lomajes suaves y suelos minerales, antiguos fondos oceánicos donde las conchas de los mariscos sedimentaron y volvieron a ser lo que eran: cal. Con parras que parecen árboles, subsisten los antiguos viñedos que dieron origen a la vitivinicultura chilena, la prehistoria del vino en Chile, esa donde no se riega, donde los rendimientos por cada hectárea son naturalmente bajos y concentrados, donde las uvas son jugosas y aromáticas. Aquí no hay Cabernet Sauvignon o Sauvignon Blanc. No hay cepas aristocráticas, ni enólogos que salgan en portadas de revistas, ni viticultores miembros de la Sociedad Nacional de Agricultura o del exclusivo Club de las Viñas de Chile. En el secano los viticultores son gente sencilla, que hace lo que hace para subsistir. Cultivan, vinifican y se toman el vino como se los enseñaron sus padres y abuelos; al almuerzo, en la cena, a veces en el desayuno, en la media tarde, en la celebración y la fiesta, cuando es preciso ahogar una pena, cuando a un amigo le fue mal, o bien, cuando les resultaron las cosas.

No es el Chile de los 13 litros per cápita; este es el Chile de los 60 litros por persona al año, el de las dos copas diarias, donde se toma chicha, chacolí, pipeño, enguindado, aliñado y chupilca. Y si el vino queda muy malo, se destila y se hace aguardiente, problema resuelto. Este es el lugar donde los vinos son realmente buenos, bonitos y baratos. Son buenos porque el clima, el suelo, el viento, el sol, el agua y hasta la buena suerte, han hecho que las parras se hayan adaptado como en ninguna otra parte, y lo agradecen dando buenos frutos. Sin cuarteles militarizados con millones de parras alineadas y desentendidas de la geografía, sin riego tecnificado y cosecha mecánica. Son bonitos, porque nacen de la agricultura familiar, donde padres e hijos tienen que trabajar juntos para trepar las lomas y sacar los racimos de entre las piedras y las hierbas. Y lo mejor de todo: son baratos, porque todo el mundo los consume, la producción está ajustada a esa alta demanda histórica, y no hay marketing ni publicidad que aumente artificialmente o especule con los precios. Se compra, se paga y se toma. Así se simple. Por mil o dos mil pesos se puede encontrar una botella de un vino rico, frutal, redondito en la boca y lleno de aromas. Y también por menos. Pero si va para la Séptima o la Octava Región, no sólo pare para comprar los vinos naturales del secano; no deje de visitar los campos sembrados de vides antiguas, retorcidas y añejadas por el paso del tiempo. Y lleve cámara de fotos. Va a querer atesorar el recuerdo de un campo chileno en extinción.