Me siento a la sombra de mi tinaja-hábitat-observatorio, y con la indiferencia que me caracteriza contemplo desde media distancia cómo las fuerzas más representativas de esta divertida democracia ejercen su legítimo derecho pedagógico de enseñar a las masas ciudadanas a comportarse en forma cívica, por más descontentas que se sientan. El Misterio del Interior les ha dicho que pongan en práctica el epígrafe del escudo heráldico de Mitópolis: Por las buenas o las malas. Sumo al constructivo espectáculo el recuerdo de mi abuelita que, empeñada en enseñarnos los rudimentos de la cultura estoica –aprender a obedecer– sostenía, varilla de mimbre en mano, “la letra, con sangre entra”. Nada más razonable y certero.  

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Es cierto que obedecí, pero sólo hasta que estuve en condiciones civiles de desobedecer. Leí el libro de Thoreau y le expliqué a mi abuela que el sentido común y mis derechos ciudadanos me permitían no obedecer más. Con el tiempo, después de diversos oficios formadores de carácter, me hice cocinero por razones esctrictamente políticas. Como siempre me gustó la cocina –que es uno de los espacios mágicos menos democráticos en todo el globo globalizado- por el constante desafío creativo y creador que se genera en su espacio ritual, comprendí que el arte culinario es una representación simbólica de las artes políticas, que no de las ciencias políticas, cuyo espacio equivalente es la ciencia gastronómica. En la cocina se cuecen habas. La gastronomía, en cambio, se ejerce en la mesa, igual que la discurrencia política, la conjetura y la teorización. Entonces, he estado buscando un guiso cuya generación, factura y contenidos sean asimilables a los guisados –y desaguisados– de la otra cocina. Así, teniendo en cuenta, como afirma el Eclesiastés con toda sabiduría, que no hay nada nuevo bajo el sol, recorro las entrañas de la cultura y me encuentro de apretanarices con lo que busco: un guisado antiguo, de origen medieval, que tiene equivalentes regionales en varios y distintos reinos de la Europa emergente, claro, con distintos nombres que, paradójicamente, significan exactamente lo mismo, tal como en la otra cocina. Despejo la incógnita y revelo el misterio: La Olla Podrida. No, no es ironía. Don Quijote y Sancho asisten a las bodas de Camacho el Rico y cuando llegan al lugar donde se cocinan las viandas de tamaño festín, ven las ollas en las que se cocina la “olla”, el guiso esencial así llamado familiarmente por los glotones. La pesquisa del guiso me lleva a Lope de Vega y a un largo poema del Fénix en que describe con lujo de detalles los contenidos de la portentosa olla. Algo más allá, don Francisco de Quevedo, poeta, teólogo, cientista político, protosociólogo, embajador, espadachín, el pícaro barroco español por antonomasia y por excelencia, contruye un delicado soneto dedicado a tamaño guiso. Bien, no es novedad que los más claros autores hayan dedicado su tiempo a la descripción y propagación de las enjundias culinarias y a los oficios de cocina, de mesa y de bodega. Dicho esto, me dedico ahora a pesquisar las relaciones entre el guisado de cocina y el guisado de mesa. Mitópolis es como una enorme vitrina en la que se exhiben, sin pudor alguno, todos los desaguisados que se van cometiendo a diario sirviendo la así llamada Estrategia de Confusión al Ciudadano. Los ideólogos oficiales parecen pensar que la exhibición de sus errores es el alimento indispensable para engordar la buena fe. Falso. Las malas ideas de los ideólogos sólo favorecen al error. Pero, ¿y el símil entre ambas ollas? La de cocina, la noble, es un cocimiento de varios cortes de carnes de diversos animales, más ingredientes vegetales, que se cocinan muy lentamente durante varias horas. La idea es que las carnes se deshagan al primer toque de cuchara. La “olla”, habitual en la mesa colonial criolla, tiene equivalente francesa, en cuyo caso se llama “pot pourri”, nombre que da origen a la expresión “popurrí”, que es decir “de todo un poco”. La otra olla, la de los cientistas de mesa, la olla de los politólogos, también contiene cosas varias, eso sí, todas sospechosas: sesos revenidos; muchos ingredientes residuales y hedores de podredumbre de laya hamletiana. El arte de comparar lleva a estas conclusiones. En la olla de mesa mitopolitana –la política- “podrida” no es una metáfora y significa corrupción, así de simple. Y es que en esta particular olla política, los que en ella se pudren lo hacen por distintas causas, ninguna de ellas loable. Ninguna que beneficie, por ejemplo, a los mitopolitanos. Las cocinas de Mitópolis, digo, las cocinas secretas, se hacen sin contar con el cocinero, que a todo evento brilla por su ausencia, y son, digámoslo también, cocinas de chef. De los chef es la responsabilidad de los desaguisados. ¿Cuáles? Por ejemplo, este año tocaba contarse para saber en definitiva cuántos son los exitosos. Lo hicieron mal y se les perdió algo así como un millón de exitosos y felices mitopolitanos. La encuesta pensada para medir la cantidad de pobres que también se benefician del banquete, dicen los expertos (chef), se guateó, para usar un adjetivo popular. No saben cuántos pobres caben en una canasta. La olla, a estas alturas, hervía emitiendo gases insoportables. El cocinero paseaba por el mundo vigilando sus especulaciones en el epicentro de la crisis. Para demostrar su permanente adhesión a la vapuleada democracia mitopolitana, diseñaron unas elecciones de base. ¿Qué sucedió? Nunca cuadraron las cuentas. Y es que en Mitópolis las cuentas no salen porque la neo-aritmética no calza ni con Pitágoras, ni con Euclides, ni con Liebnecht, ni con nadie que disponga incluso de la mejor voluntad cuántica. Cuando treinta es más que sesenta, no hay nada que hacer. Todo mal, todo equivocado, todo falso, todo oscuro, todo feo, todo mal hecho, todo sospechoso. Una cocina de ineptos chef moviendo los intereses de unos pocos. Los cocineros de pescados están con el alma en un hilo. Se acabarán los mercados; ya no más viejas, pejesapos, locos, erizos; ni picorocos, ni jureles, ni merluzas; ni pejegallos, ni lenguados, ni sierras, ni cauques. Todo, absolutamente todo será, si aprueban la ley maldita, de apenas siete familias unidas en cuatro grupos económicos, las nuevas cocinas de la mafia empresaria mitopolitana. En la cocina política mitopolitana, está cocinándose la nueva olla podrida: los honorables comensales que participan del gran banquete, defendiendo los intereses de las siete familias contra las necesidades de 65 mil familias que no disfrutarán ni siquiera de las sobras. En fin, nunca mejor pensado que añadir al nombre de nuestra sociedad el del guisado emblemático: Mitópolis, la olla podrida. En el peor de los sentidos.