Una cultura-etnia, como la aymara, es la carta de presentación de un país; me pregunto ¿por qué abandonarlos y no cuidarlos? He venido desarrollando el proyecto fotográfico “Las desilusiones” desde el año 2011, centrándome en un gran registro histórico contemporáneo de la cultura aymara y la narración de esta compleja civilización en territorio chileno. Texto y fotos: Fabián España Me desplacé hasta la región de Arica y Parinacota, donde pude programar una ruta de viaje. Con el tiempo he podido conocer en profundidad el Altiplano cordillerano, habitados por la etnia aymara, aunque cada día en menor cantidad. Los aymara ocuparon una gran extensión territorial en el pasado. Hoy habitan en dos zonas del Norte Grande, en la Región de Tarapacá y en menor proporción, en la Región de Atacama, en la franja precordillerana y altiplánica. El Censo 1992 consigna 48.477 habitantes pertenecientes a esta etnia, de los cuales sólo 2.397 residen en sus territorios originarios, ubicados en las provincias de Parinacota, Putre y General Lagos. ¿Qué me lleva a internarme en lugares donde no hay comunicación ni grandes edificios? La respuesta es clara y precisa. Sólo busco tranquilidad y paz, la ciudad no me lo entrega. Necesito desaparecer por un tiempo del sistema que la sociedad me impone. Voy en busca de estos territorios muy poco explorados por el afuerino, pero ocupados por generaciones y generaciones de personas que han pasado y han vivido con el sacrificio que significa habitar estas latitudes. Mi viaje es metódico, sé donde llegar y hospedarme, qué transporte tomar para trasladarme al lugar elegido. Desde Santiago tomo un avión con destino a Arica. La Paloma, único transporte que llega a Putre, sale todos los días a las 06:30 de la mañana. Luego de tres horas de viaje espero al cura del pueblo para saber si tiene algún viaje programado y si lo hay, parto con él. Ancolacane queda a otras tres horas de viaje, que me parecen una eternidad. Los caminos no son la Panamericana, pero sirven para llegar a estos poblados. Dos noches para celebrar a uno de los tantos santos a los cuales se les hacen las reverencias correspondientes. Participo con alegría y entusiasmo, me entrego a ellos y dejo que me consuman por completo. La inmensidad del territorio, místico y limpio, va provocando una retroalimentación de energías en mí, que voy sintiendo en cada momento que me desplazo y converso en silencio con esta realidad que me rodea. Las personas son amables y esquivas; y claro, está ese mito de que no les gustan que los fotografíen. He tenido que lidiar con eso siempre, pero no estoy buscando comportarme de una manera fría y distante, si lo hago, no sentiría lo que me provoca conocer y entender a una persona; sus espacios, huellas, paisajes, por donde se desenvuelve, aunque sea por un momento, pero lo disfruto, me gusta, por eso regreso una y otra vez a verlos nuevamente para explorar nuevos territorios. En mi primer viaje al pueblo de Villa Tacora, a los pies del volcán de mismo nombre, compartí cerca de 20 días con la familia Flores Nina. Observé y sentí la desolación de estos lugares, trasladándome por caminos peligrosos, sin señalización, llegando a pueblos que alguna vez estuvieron habitados y que ahora sólo son ocupados cuando se realiza alguna de las muchas fiestas religiosas del año. Mi trabajo ya no podía concentrarse en una sola familia, como lo he venido haciendo en mis últimos proyectos. Esta vez se trata de una cultura en estado de deterioro y abandono. Empecé a regresar y a recorrer el territorio por sectores, necesito abarcar una cantidad de planetas para construir un solo universo, que muestre a través de las imágenes lo que yo observo y siento cuando recorro estos paisajes. He visto tantas realidades de personas que habitan los caseríos, que siento ese estado de abandono, cansancio, soledad, locura; ellos son felices, son sus hogares, su compromiso por sus tierras y antepasados. Son como las subjetividades de las fotografías que existen en esta publicación; paisajes, huellas, fragmentos de personas, no es muy difícil entender lo que pasa ahí y tampoco es difícil que lo entienda una sociedad. Una cultura-etnia, es la carta de presentación de una nación. ¿Por qué abandonarlos y no cuidarlos?