Cosa rara esto de la democracia liberal. Planteada para individuos que, además de ser únicos e irrepetibles, son libres e iguales, no tiene ningún sentido. Una democracia de individuos supone que todos son elegibles y todos son electores; no habría candidatos y cada uno desde su olímpica libertad elegiría al que le plazca. Si funcionara así, lo más probable es que cada uno, con excepción de los malnacidos, eligiera como Presidente de la República a su respectiva madre. Pero el sistema, Dios, o cualquier otro autopoiético, evita las complejidades del incesto y desarrolla la democracia con un carácter social que los defensores de la soberanía del sujeto individual se niegan a reconocer para persistir en sus análisis de rational choice y la inmortalidad del alma. Por Rodrigo Baño Ahumada, Profesor Titular FACSO / Universidad de Chile. Director alterno LAPSOS

Fotografía de la Universidad de Costa Rica

En consecuencia, cuando se trata de analizar el hecho de que el mecanismo democrático de elección de representantes se queda haciendo el ridículo por causa del 61% de abstinentes, enfocarán su artillería explicativa en las razones que los individuos tuvieron para no concurrir a votar: Hay un individuo flojo, otro se va a la playa, otro se confía en un resultado seguro, otro no está dispuesto a hacer nada si no se le obliga, otro está enojado con los políticos, otro prefiere un asado, otro si no trabaja no come. El carácter social de la democracia se olvida, pero basta echarle una mirada a la historia para verlo. La participación electoral en Chile fue bajísima hasta que aparecieron los partidos de izquierda (socialistas y comunistas, que en aquellos tiempos no eran nombres de fantasía) y que subieron la participación a un tercio de los potenciales votantes. Luego hay dos momentos de fuerte aumento de la participación electoral: con Ibáñez en 1952 y con Frei en 1964. En ambos casos se duplica la anterior votación. Después de 1964 sigue subiendo la participación electoral, (las matemáticas se encargan de que no pueda volver a duplicarse) y culmina en marzo de 1973 con la más alta de la Primera República. En el Plebiscito de 1988, con una población dividida radicalmente entre pinochetistas y antipinochetistas, se logra la mayor participación electoral de la historia. En breve. La participación electoral aumenta en la medida que aumentan las identidades colectivas. La perspectiva del voto individual es un absurdo; un individuo no gana o pierde una elección. Lo que gana o pierde una elección es un sujeto colectivo: un partido, un movimiento, una identificación con un liderazgo o una identificación contra un liderazgo. La identificación amigos-enemigos, como plantea el vilipendiado Schmitt, es la que lleva a participar en una contienda. Si a partir de 1989 empieza a aumentar la no participación hasta llegar al 45% con voto obligatorio, es que algo ha estado ocurriendo con las identidades colectivas que ya no se constituyen como identidades políticas. Las soluciones que algunos proponen, como hacer programas más interesantes o mejorar el discurso, difícilmente van a generar sujetos colectivos, pues están pensados como una oferta racional a individuos. Una comunidad política requiere no sólo una adhesión interesada, sino que requiere una adhesión sentimental a una totalidad, un reconocerse parte de ella. No es de extrañar que el aumento de la heterogeneidad social genere mayores dificultades de constituirse como sujeto social y proyectarse como sujeto político. Una alternativa posible y temible es el líder, la otra es que a usted le resulte la idea de formar el partido del malestar. Lo que es yo, seguiré votando por mi mamá.