Texto y fotos: Juan Domingo Urbano

En el poema de Raymond Carver un perro muere atropellado. Zoe, nuestra primera mascota, también murió y la enterramos en el cementerio del Buin Zoo. Sin flores. Muy lejos. Lágrimas en el auto al volver. Pero también con el costo y la ganancia de participar de una experiencia, que nos ayudó a poner sobre la mesa el tema de la muerte en la familia. Eso hace Carver, al decir que le sirve (el poema y el accidente) para explicarle a su hija algo sobre la muerte. El pasado viernes al abrir la puerta de calle nuestro perro corrió despavorido hacia la plaza. Se perdió por más de media hora. Tiempo suficiente para que recorriera los pasajes, los antejardines y se fuera con otros perros por las calles del barrio. El tiempo suficiente también para que se nos pasaran por la cabeza toda clase de desgracias. El asunto es que mientras yo iba por un pasaje, él al parecer corría por otro en sentido contrario, hasta llegar finalmente solo a la casa. No es raro que se pierda un perro. Como tampoco el que cada vez con mayor frecuencia vayan apareciendo cartelitos missing pegados en los postes y árboles, en ocasiones hasta ofreciendo motivadoras recompensas, por recuperar a sus mascotas. Hay un fenómeno que hace, ante la baja de natalidad o el “síndrome del nido vacío”, que los perros ocupen un lugar como otro miembro más de la familia. Patas de perro Los perros callejeros son los verdaderos cronistas de la ciudad. En un sobrecogedor e innovador libro, Patas de perro (1965), el novelista chileno Carlos Droguett, quiso contar una historia asombrosa, sobre un niño de nombre Bobi que nacía, cual metamorfosis kafkiana, con sus extremidades inferiores de perro en pleno barrio de Franklin en las primeras décadas del siglo XX. Así describe en algunas páginas esa visión de lo libertario en estos animales: “Claro que en momentos de calma, en las tardes antes de comer, los domingos por la mañana cuando regresábamos del matadero, me contaba su preferencia por los perros, por mirarlos, por verlos caminar, por observarlos cuando, al encontrarse una piara de perros vagabundos en la calle, se huelen con fruición, con verdadera ciencia y verdadero arte, abarcándose totalmente, reconociéndose, recordándose, sin gruñir, sin mostrarse los dientes, sólo esgrimiendo los olfatos como una lupa para buscarse y encontrarse y recordar calles, plazas, basurales, conventillos, zaguanes, cementerios, huertos, mendigos, ciegos, refugios, hospitales, líneas de tren, orillas de río, casas cerradas, puertas cerradas, ventanas cerradas, cerrojos, candados, cadenas, alambradas, espinares, collares, lazos, bozales, balas, botas, laques, cuerdas, horcas, insultos, escándalos, maldiciones, trozos de pan duro, toses, llantos, aullidos, nubes, lloviznas, barro, ciudades, aldeas, humos que se van volando, humaredas, llamas que se arrastran, gritos, insultos, alaridos, rezos, procesiones, banderas, lavaza, ollas, huesos, huesos, hocicos abiertos, colas que se van huyendo, patas que se van cojeando, tarros, vidrios, sangre, ropas mojadas, ropas duras, esqueletos, arañas, gallinas, gallos violentos, hombres furiosos, mujeres lúbricas, dormitorios, espejos, leche, leche, papeles, papeles oliendo a carne, papeles oliendo a pescado, papeles oliendo a remedio, vino, borrachos, pacos, pitidos, sirenas, bomberos, escombros, derrumbes, ayes solitarios, gritos sin boca, cuerdas sin perro, balas sin revólver, zapatos, zapatos, zapatos, pies desnudos, gatos, gatos engrifados, viejas engrifadas, escobas, moribundos, camisas de dormir, duelos, guitarras, bailes, guaguas en el suelo, guaguas en el cementerio, frailes, frascos, luces, campanas, campanillas, palmatorias, velas encendidas, velas apagadas, cerros, cerros, cerros, calles solas, árboles, árboles rotos, árboles aplastados, potreros, ahí se separan, unos tornan a la ciudad, otros tornan a las patadas y los gritos, se van aplastando, se van solos, me explicaba Bobi… (Editorial Zig-Zag. Pp. 83-84). La orientación de los perros Los perros de la calle siempre van apurados. Van decididos a llegar, muy pronto, a un lugar que uno sospecha es importante, pero nunca se sabe cuál es, porque a la primera de cambio, como en el libro de Droguett, estos se detienen, se huelen, revuelven bolsas, siguen a una persona, a otro perro, ladran a las ruedas de una camioneta o a un ciclista. Los perros huyen hacia delante. Caminan en línea recta, pero con una pequeña inclinación diagonal entre sus patas y cabeza, pues no reconocen la rectitud emplazada de las calles. Aunque algunos han logrado hacernos creer que no solo caminan con la gente, sino que hasta entienden el sentido de la luz roja para detenerse y la verde para cruzar. Sin duda, mejor que muchos peatones que deambulan por la ciudad. Los que contrario a los gatos, que gozan de una inmejorable orientación, la suya es azarosa, improbable, anárquica, otra condición del buen paseante: ir rápido, pero sin prisa. Todos los caminos llegan al mar. ¡Qué culpa tienen los perros! Yo amo a los perros. Y comparto con Lord Byron eso de que, mientras más conozco al hombre, más quiero a mi perro. Lo que no quiere decir que no les tema o pueda mirar con recelo a los que amarrados y todo intimidan con sus dientes. Aunque nadie como el poeta Claudio Bertoni, para declarar su fobia: “Perro culiao/ me hizo cambiar/ de vereda”. No hay nada más fiel, que un perro callejero. Él mío llegó hace casi 4 años a la reja de mi casa, saltando como un conejo y se quedó con nosotros, hoy lleva el nombre de Luciano. Cada vez me molesta más, en todo caso, cómo ha ido incorporándose a nuestro lenguaje el apelativo perro o perrín, dentro de la jerga juvenil. También está su alternativa en femenino. Mal. Estamos perdidos. ¡Qué culpa tienen los perros! Lean el poema de Raymond Carver: “Tu perro se muere”