La realidad es retorcida. Y hay días en que el encierro favorece el ingenio y la inspiración toma forma de tornado, navegando, haciendo doble-click, o dedicándole varias horas a la caja catódica, ocupado ocioso, tratando de digerir las insufribles noticias del cable, como si no ocurrieran delante de mis ojos y fueran cayendo dentro de un espejo muerto. Texto: Juan Domingo Urbano. El fin del subte “la bruja”

Imposible que hoy Roberto Arlt pueda decir algo. Pero se habría pronunciado. Visionario fue, pero no un pitoniso. Los setenta años que lo distancian de la Argentina actual, no han sido en vano, por eso aún lo seguimos leyendo –como un oráculo– para encontrar respuestas a la vida que les (nos) toca vivir. Hace algunos días el anuncio de que se clausuraba el metro más antiguo del mundo: el ferrocarril urbano de Buenos Aires, tomó a algunos por sorpresa. También a mí, que en los dos únicos viajes a Baires –confieso que a buscar empaparme de esa atmósfera respirada por el desaparecido cronista– he sabido disfrutar de un mismo trayecto desde Estación Congreso hasta plaza de Mayo, en los tradicionales vagones con lámparas de luz mortecina, detalles típicos en madera, ventanillas semiabiertas, puertas que se abren de forma manual y paradas de fierro con marcos de principios del siglo XX. Un cuadro de ese tiempo en que la capital argentina despertada a su curiosa modernidad, “periférica” al decir de Beatriz Sarlo, pero futurista al fin y al cabo, y que tan bien uno puede reconstruir en cientos de las aguafuertes porteñas de Arlt.

“La bruja”, como se conoce a estos trenes construidos en Bélgica, en la localidad de La Brugeoise, fueron inaugurados en 1913, y desde entonces hicieron sin grandes contratiempos el trazado por el microcentro de la ciudad. Sus días de gloria se acabarán. Una vez que entre en marcha el proyecto iniciado por la señora K, con la compra de decenas de carros chinos, y que llevó al alcalde Macri a dar luz-verde a un proyecto de remodelación, acelerando lo que para un grupo no menor de defensores del patrimonio resulta el fin de un Era arquitectónica, cultural y turística; cuando ya son miles los que se han reunido a expresar su descontento, vitoreando: “No, la bruja no se va, no se va, no se va, la bruja no se va”. Se asegura que dichos carros podrían convertirse en bibliotecas públicas. Cuesta creerlo. Más cuando se piensa dónde fueron a parar los adoquines de San Telmo o la madera del piso original del Teatro Colón, como regalos de souvenirs entre empresarios. Durante la nada despreciable historia de 100 años el subte de la Línea A de la capital federal solo registra un accidente. Varias generaciones de hijos, nietos, padres y abuelos viajaron por sus rieles. Nada nuevo para nosotros, en todo caso, progenie bastarda del Progreso a toda costa, que vemos día a día convertida en escombros nuestra historia. Pero para ellos, habitantes de una de las ciudades más europeizadas de Sudamérica, los aleja de esa aura del primer mundo, y los conduce de cabeza a esta vida desechable, made in China, a la que estamos tan (mal) acostumbrados. Ánimo que solo se vio inflamado ante la declaración descarada e insolente del jefe de gabinete derechista macriano, Rodríguez Larreta, quien dijo que un buen destino sería hacercon ellos leña para un asado. ¡Cuánta indolencia! Pero volvamos a Arlt parta revisar cómo registró la vida urbana, por entonces, en proceso: “Hemos progresado. Es maravilloso. Nos levantamos a la mañana, nos metemos en coche que corre en un subterráneo; salimos después de viajar entre luz eléctrica; respiramos dos minutos el aire de la calle en la superficie; nos metemos en un subsuelo o en una oficina a trabajar con luz artificial. A mediodía salimos, prensados, entre luces eléctricas, comemos con menos tiempo que un soldado en época de maniobras, nos enfundamos nuevamente en un subterráneo, entramos a la oficina a trabajar con la luz artificial, salimos y es de noche, viajamos entre luz eléctrica…” (¿Para qué sirve el progreso?, 1929). (No) Es posible Hace una semana el pre-candidato presidencial del autodenominado partido popular, UDI, corazón de la alianza de derecha, lanzó su campaña en las redes sociales, bajo el lema: “Es posible” (#EsPosible). Letanía tan parecida al Yes, we can de Obama, y que repetida una y mil veces, acompaña una serie de fotografías recortadas, que componen un collage dinámico, donde se presenta la mesiánica historia de Laurence (¿Lorence?) Golborne –oriundo de Maipú, hijo de un ferretero, estudiante del Instituto Nacional, Ingeniero (“¡Una de las profesiones más difíciles!”), casado dos veces, gerente de uno de los conglomerados más duros del retail, luego flamante ministro de Piñera, cabeza mediática del rescate de los 33 mineros que, según versaba el papelito, estaban bastante bien en el refugio– hoy candidato a presidente. No es caer en la reacción obvia y esperable de los que hablan desde el otro frente. Pero a la luz de esa misma biografía, o ya solo con levantar su nombre, seguimos viendo reducido el destino de un país, a más de la cháchara política de logos y marcas sin ideología ni principios con que se ha permeado la carrera electoral de los últimos años. ¿Qué significa que Golborne haya salido de Maipú? ¿Qué en Maipú nadie surge y él sí pudo movido por su arribismo? ¿Qué es un mérito entonces haber nacido ahí (un infierno) y ahora vivir en La Dehesa (el cielo)? Todos sabemos que esa misma situación y condición no es la de otro niño cualquiera, de Maipú, de Lo Hermida, de Hualpen o Alto Hospicio. Que ese despliegue de exitismo que reivindica su campaña es, justamente, a lo que debe apuntar de manera contraria, un discurso que se haga cargo de la equidad, de la calidad de la educación, de la distribución de la riqueza. No porque él pudo, todos pueden. No sigan vendiendo más ese “american dream” que ya todos saben cuánto de pesadilla tiene. Ser clase media no es vivir como Golborne. (Recordemos que Piñera en su momento también dijo ser de clase media. ¡La media clase!, dijimos todo.) No necesitamos que nos digan que son como nosotros, necesitamos una representación, por lo mismo, que se distinga de la masa y se anime a dibujar un país “posible” donde exista igualdad de oportunidades para todos. Ojo, que el video termina dando la bienvenida a Laurence… ¿Dónde queda la propuesta? ¿La gente? ¿Su programa de gobierno? Nada más y nada menos: eso es lo que importa. Y es que en esta parábola de hijo del ferretero, la desmemoria y la hipocresía hace nata, porque las empresas que él dirigió (la gran distribuidora de materiales para la construcción) fue una de las causantes de que quebraran las ferreterías; al igual cómo sus multitiendas hicieron desaparecer los persas o los pequeños locales de ropa, y que es lo mismo que han hecho los supermercados con los almacenes de barrio de todas las esquinas de Chile, y no solo de Maipú. ¡Golborne: No es posible! Porque él representa, desde todos los flancos, cómo funciona un modelo que destruyó al ser humano; y se atreve, sin escrúpulos, a mostrarnos su álbum de fotos como si esas instantáneas también fueran las nuestras. Más publicidad, más luces y efectos, sin nada de contenido. Golborne, con el ánimo emprendedor que lo caracteriza, ya abrió el negocio de los eslóganes, dejando fuera la política, el listado en rojo que las masas populares gritaron con todas sus letras en las miles de marchas de estos últimos años. Apaguen la TV. Next. . “A la hora que se le ocurre matarse…” Ya es casi habitual que el Metro permanezca más del tiempo acostumbrado en una estación o a medio camino de otra. Según la empresa estas detenciones se deben a que hay otro carro que no se ha marchado o debido a algún corte de electricidad local. Aunque quedará para el almanaque del 2012: el día 13 de septiembre, cuando a poco de avanzar desde Estación Tobalaba al sur el tren se detiene y anuncian por los altoparlantes que hay una persona orinando en las líneas. Las risas no se hicieron esperar. Nadie se imaginaba una explicación tan prosaica pero igual de protocolar, porque sin duda eso no se encuentra codificado, y no faltó el que dijera que ojalá la “hiciera corta”, que todos queríamos llegar luego a la casa. Eso en todo jocoso, porque la mayoría de las veces es una tragedia y no se cuenta la verdad, y es por el pánico que podría causar señalar, cada tanto, que alguien ha sido arrollado por el tren que nos antecede o por en el que viajamos. No puede decirse, pero de tanto omitirlo los pasajeros atentos ya conocen el procedimiento y terminan respondiéndose: alguien se tiró al Metro. No existen cifras ofíciales sobre la cantidad de suicidios en el Metro de Santiago, pero lo cierto es que han ido en aumento. Ya es sabido –también de manera informal– que en tales casos, les dan una licencia extendida a los conductores a los que toca la desgracia del suicidio durante su turno. Por lo mismo, lo de mediados de la semana pasada, entró en esa misma dimensión, otra vez las hordas de gente saliendo de las estaciones. Parecía una manifestación, una nueva protesta, resultado del desalojo de los andenes. Las micros –ya se sabe– no dan abasto. Me tocó escuchar comentarios de todo tipo, como: ¡Lo que faltaba!; ¡Otra vez lo mismo, voy a llegar atrasado!, o uno que parece coronar todo, como un flamante signo del individualismo: “A la hora que se le ocurre suicidarse”, como si fuera cuestión de tiempo y pudiera afectarnos solo porque hará que marquemos más tarde nuestra tarjeta. Cuento corto. A los minutos todo volvió a la normalidad, y ya después de almuerzo circulaba en las redes sociales el video denominado: “El jugoso en las líneas del metro”. Un borracho caminando por las líneas, acusando que le habían robado, sin querer salir, pese a los llamados del personal desde las orillas, teniendo a toda la Línea 4 detenida, hasta que es sacado en brazos y reducido ante los celulares de una docena de pasajeros. Acá el video: (http://www.youtube.com/watch?NR=1&v=rtC8t4qOTkI)