Juan José Toro

Por Patricio López y Patricia Matus de la Parra Mientras la ex presidenta prolongó hasta marzo el silencio más extendido?de la historia reciente de la política chilena, hay quienes defienden la idea?de que “ella es el Programa”. De este modo, hasta aquí se ha clausurado el debate sobre las transformaciones que el movimiento social exige, más allá de comisiones programáticas que ya trabajan con representantes que superan a la Concertación.?El asunto es que, para encarnar las reformas exigidas en las alamedas,?Bachelet debería enfrentar a los poderes que controlan la salud, la educación y otros sectores, todos los cuales han tenido una romántica convivencia con la coalición del arcoíris. ¿Hacia dónde girarán las definiciones? Lo analizamos en El Desconcierto. Es interesante que el debate político de 2013 coincida con la conmemoración de los 40 años del golpe militar, con sus lecturas y disputas. Que la tensión respecto al tipo de memoria que rescatará el presente coincida con los enfrentamientos sobre cuál será el tono del siguiente gobierno y, antes, de las candidaturas presidenciales. A quienes abrazan una posición más testimonial y menos movilizada, seguramente les será cómodo situar la memoria en un panteón y no darle continuidad histórica a las luchas sociales. A ellos, que se ubican en la oposición y no quieren que las cosas cambien, les convienen por el momento algunas cosas: que haya una candidata disparada en las encuestas (pues se mantiene libre de presiones), que guarde silencio y la idea de que todo se remita a un programa que definirá ella misma. También es funcional a esos propósitos que conocidos líderes sociales se hayan transformado en precandidatos a diputados por decisión personal o de sus partidos, sin haber negociado antes consideraciones programáticas desde los espacios que los proyectaron, como lo reconoció en enero el vocero del movimiento de Aysén y precandidato a diputado de la Democracia Cristiana, Iván Fuentes, en una entrevista en la radio Universidad de Chile. Este mismo dirigente se preguntó en voz alta, en un ejercicio de minimalismo noventero “¿cómo no va a ser posible al menos enchular esta democracia?”. Esta (falta de) convicción transformadora se explica, entre otras cosas, por el modo en que el proyecto político de la Concertación terminó siendo dominado por los grandes poderes. Hacer otra cosa en su eventual segundo gobierno significaría, para Michelle Bachelet, desatar una trenza en la que empresarios y políticos se sienten cómodamente sostenidos, ¿se va a atrever? ¡Chile no se vende, se defiende! Las banderas agitándose en la calles, los tinkus bailando sobre el cálido pavimento disfrazados con trajes que hacen un símil a la Fiesta de La Tirana, pero esta vez frente a los bototos, pantalones y chaquetas de Fuerzas Especiales. Detrás de ellos, a veces literalmente y otras en sentido figurado, las instituciones que ostentan el poder en Chile. Los rostros de la muchedumbre cubiertos con máscaras altiplánicas comienzan a avanzar, mientras los guanacos disparan chorros de agua sobre los cuerpos girando al ritmo de movimientos llenos de color. Niños con cárteles en favor de otros niños, con letras pintadas con crayones: “¡No más violencia hacia los niños mapuche!”. Grupos de batucadas lideradas por Hare Krishnas, donde personas de todas las religiones bailan al ritmo de “el agua no se vende, el agua se defiende” haciendo alusión a muchos conflictos, todos los cuales se explican por el patrón sintetizado en la consigna. Colores y gritos que se han tomado las calles del país y que en los últimos años son el dolor de muelas constante de políticos y empresarios. En este marco de impaciente fuerza social es que cabe la pregunta sobre cuáles deberían ser los ejes del ansiado programa de Michelle Bachelet “bajo el brazo”, como critican algunos, o como fruto de un proceso que construya colectivamente y desde abajo, al estilo de lo que sucedió con la candidatura de la actual alcaldesa de Providencia, Josefa Errázuriz. En medio de esa discusión, sin mayor publicidad y anticipándose al “Hablemos en marzo”, una comisión integrada por representantes de las tiendas de la Concertación y el Partido Comunista, rebautizada como Convergencia Opositora, ha estado trabajando en los ejes programáticos de una eventual candidatura presidencial. El primer texto, conocido públicamente a fines de enero, se titula “Compromisos para el Chile que queremos” y plantea, en lo que llama “un nuevo ciclo”, una primera parte sobre los mecanismos de construcción del programa que enfatiza en la necesidad de que sea participativo y, posteriormente, los eventuales ejes: Cambios constitucionales y políticos para profundizar la democracia; Consagración de los Derechos Sociales y la necesidad de una efectiva reforma tributaria; Reformas laborales para un Chile más justo e igualitario; y Un nuevo Estado para un nuevo modelo de desarrollo económico y social. Estos ejes coinciden con los que dirigentes sociales y políticos consultados por El Desconcierto, como Teresa Valdés, Cristián Cuevas y Danae Mlynarz, mencionaron espontáneamente como imprescindibles para un próximo gobierno. Los cuestionamientos, sin embargo, se sitúan en dos niveles que exceden lo que el papel puede sostener: cuán participativo será el proceso y cómo velar por que se cumpla lo comprometido, a luz de lo que sucedió con los avanzados cuatro programas que llevaron a la presidencia a militantes de la Concertación. El pecado de la Revolución Pingüina Uno de los participantes de la Comisión Programa de Convergencia Opositora, el director del Instituto Alejandro Lipschutz, Marcos Barraza (PC), considera que “siendo cierto que algunas de las consideraciones programáticas ya estuvieron presentes en compromisos anteriores de la Concertación, ésta es una formulación que la supera y se ubica como propuesta en un universo mayor de organizaciones políticas y esperamos también sociales, que le imprime un imperativo de ejecución mayor. Sin embargo, el elemento central es que el país y la ciudadanía han cambiado, superando los límites impuestos por la transición. Las organizaciones sociales de todo signo se convierten en actores mucho más activos que se movilizan y empujan a los políticos a ser más consistentes con sus planteamientos. Por lo mismo, la propuesta programática en construcción contaría con más resguardos para su concreción”. En la misma línea se ubica Teresa Valdés, representante histórica del Movimiento de Mujeres y hasta ahora directora del Observatorio de Género y Equidad, quien es precandidata a diputada por La Reina y Peñalolén en representación del PPD. A su juicio, no es de sorprenderse que aún no exista un programa definido y recuerda que “en la elección pasada de la ex presidenta Bachelet, el programa se construyó desde marzo en adelante. Lo interesante es que ahora hay una presión social muy grande por tener un programa y me parece fantástica esa inquietud”. Incluso recuerda cómo se vivió el proceso durante el año 2005 previo a que la actual directora de ONU Mujeres asumiera su condición de abanderada “Que la presidenta Bachelet si viene en marzo no va a llegar con nada listo, está claro como el agua. Nunca ha sido ella de esa línea, el programa que hizo en el gobierno anterior fue de procesos colectivos”. Las mayores resistencias, sin embargo, parecen provenir del movimiento estudiantil. Las causas se remiten a la Revolución Pingüina del año 2006, cuando miles de estudiantes de jumper, corbata y chaqueta darían el primer ejemplo multitudinario de organización y lucha de la post dictadura. De ahí en adelante el eslogan de “educación pública, gratuita y de calidad” dejó de ser un imposible para convertirse en una posibilidad más acá del horizonte. Esa generación, predecesora de este movimiento estudiantil, recuerda con amargura las respuestas del gobierno de Michelle Bachelet. Andrés Fielbaum, presidente de la FECH, afirma que respecto a Bachelet la disposición de los estudiantes no es distinta a la del resto de la clase política. Es más, califica la actitud de la exmandataria durante su período como una traición: “Michelle Bachelet tuvo una gran oportunidad de transformar la educación en Chile con el Pingüinazo y al final el día fue la protagonista de la mayor traición de la historia de los últimos años a los movimientos sociales, cuando terminó aprobando la LGE. No hemos visto ninguna señal concreta que nos demuestre que hoy día está por hacer transformaciones más profundas. (Respecto a la Concertación) cuando les tocó tomar decisiones relevantes, terminaron aprobando el ajuste tributario, y cada vez que han sido requeridos se han puesto del lado del modelo privatizador de la educación. Y no ven la concepción de la educación como un derecho. Por ello, creemos que no hay ninguna razón que nos permita pensar que con Michelle Bachelet las cosas van a cambiar. Nosotros estamos por movilizarnos el 2013, 2014 y el 2015 y todo lo que sea necesario, porque no nos sirve una sonrisa, no nos sirve (sólo) un lenguaje progresista para arreglar nuestras demandas”. Respecto al desarrollo de los llamados ejes, Cristián Cuevas, presidente de la Confederación de Trabajadores del Cobre (CTC) y actual precandidato del Partido Comunista por Calama, es enfático: “Más allá de incorporarlos, tienen que cumplirlos y los trabajadores debemos tener una disposición de lucha. Nosotros no vamos a ser rehenes ni prisioneros de pactos que no se van a cumplir, tenemos que poner fuerza social y no cometer los errores que hemos cometido en otros años, que se firman protocolos de acuerdo que después no se cumplen”. El Diálogo entre el mundo social y el político Si bien el fenómeno de puentes caídos entre ambos mundos comenzó cuando los dirigentes de los partidos se asumieron como minoría dominante y se vieron a sí mismos como “Clase Política” (terminología de Gaetano Mosca), la disociación se expresó con toda crudeza durante los momentos más agudos del Movimiento Estudiantil, cuando los líderes de las federaciones y centros de alumnos parecían expresarse en códigos completamente incompatibles con los de los representantes de los partidos. Concretar un proceso participativo, por lo tanto, parece infinitamente más complejo que decirlo e incluso que impulsarlo. Para la integrante de la Comisión Política del Partido Socialista, Danae Mlynarz, es importante distinguir que existe una comisión que hasta ahora ha discutido los ejes del programa, pero no sus contenidos: “Se hizo un avance que generó ciertos ejes, y debería darse desde marzo que esos contenidos se llenen de forma participativa, porque si no lo haces así no vas a tener un país que se movilice para ir a votar. La idea de que la presidenta es el programa no puede tener cabida. Para esto es clave que los movimientos sociales, las organizaciones ciudadanas le exijan a los partidos que esto no sea así. Esta discusión no se puede dar sólo adentro del ámbito partidario.” Para Marcos Barraza, hay una búsqueda de diálogo que ya se ha expresado en el trabajo de los partidos disidentes al gobierno de Piñera. “La oposición unida viene discutiendo y alcanzando acuerdos en temáticas como educación, reforma tributaria y política municipal, que han sido abordados en diálogo y en base a los planteamientos y expectativas del movimiento social, ése es su principal sustento. Por ello el método importa mucho, debe ser un proceso de co–construcción que releve los planteamientos de una sociedad que demanda un rol activo y participativo para determinar las ideas con las que se quiere gobernar los próximos años. La conversación no debiese excluir ningún tema de interés nacional”. En este clima de confianzas precarias, el hecho de que destacados dirigentes sociales lleguen al Parlamento podría ser una garantía de que las cosas se harán de manera distinta, como lo planteó Iván Fuentes. Sin embargo, existe el razonable temor de que estas figuras sean cooptadas por las viejas inercias de la política, como ya sucedió con otros en el pasado. Cristián Cuevas considera que la clave radica en “no perder el cordón y el vínculo con el movimiento social y con lo que nosotros decimos representar. Es lo que debemos hacer para que finalmente nosotros, como actores sociales que igual militamos en los partidos políticos, no nos veamos cooptados y perdamos ese capital que a nosotros nos da la fuerza y la legitimidad. Si queremos ir al Parlamento es para no ser más de lo mismo, si no acompañar la lucha. Ser una fuerza esperanzadora, con todos estos actores sociales pero que también genere cierto proceso de ruptura”. En el seno del movimiento estudiantil la posición de Fielbaum, representante de la Izquierda Autónoma, es distinta a la de los exdirigentes estudiantiles Camila Vallejo y Camilo Ballesteros (PC) y Giorgio Jackson (Revolución Democrática), quienes son precandidatos a diputados en el mismo espacio que espera el pronunciamiento de Michelle Bachelet. Al respecto, el dirigente de la FECH espera “que hagan todo lo posible porque estas demandas avancen. Hoy día ya no basta simplemente con gestos simbólicos de realizar propuestas que uno sabe que no tienen el piso político, sino que hay que estar dispuesto a hacer varios sacrificios, sino uno termina prestándose para un show que es más mediático que transformador”. El dirigente no cree, sin embargo, que en las actuales condiciones sea posible incidir desde dentro debido que el neoliberalismo está enquistado como una fuerza hegemónica dentro de la oposición. “Hemos sido invitados a reuniones para hablar sobre posibles ejes pero, insistimos, no vamos a estar dispuestos a estar escribiéndole el programa a una candidatura que no se comprometa con los cambios. Para dar un ejemplo concreto, no nos sirve una candidatura que dice estar contra el lucro a la educación mientras importantes militantes de los partidos que la sostienen, están lucrando justamente con la educación. Entonces, mientras no haya gestos claros de querer de verdad transformar la educación en Chile, en función de lo que el movimiento estudiantil ha puesto sobre la mesa, entonces sentimos que no hay nada que ir a ganar con estas candidaturas”. La aparentemente incompatibilidad ya se vivió con la demanda de una Asamblea Constituyente, cuando el presidente del Senado y uno de los más poderosos dirigentes del Partido Socialista, Camilo Escalona, calificó como “fumadores de opio” a los (no pocos) que apoyan la demanda. Marcos Barraza reconoce el conflicto y afirma que en general “ya no se discute la pertinencia una nueva Constitución, lo cual de por sí constituye un avance, y en ello posiciones conservadoras y restrictivas de la voluntad ciudadana, que piensan que la democracia se puede edificar excluyendo la participación, también serán parte de este proceso y uno de los déficit a superar. En mi opinión, el mecanismo más apropiado y representativo es la Asamblea Constituyente, pero también entiendo que sostener dicho propósito es el resultado de una suficiente mayoría política y social que haga frente a un sentido común anquilosado en una noción de democracia restrictiva”. Quizás todo se sintetice en una anécdota. Cuentan que para la candidatura de Ricardo Lagos los militantes socialistas decían “¡Ahora sí!”. Que para la primera de Michelle Bachelet decían “¡Ahora sí que sí!”. Ahora sería “¡Ahora sí que sí que sí!”.
Francisco Hassman

Francisco Hassman