Texto y fotos de Daniel Noemi

-¡Que nos matamos! ¡Coño! ¡Carajo! ¡Santa María del Carmen y Cernuda! Pero al final es siempre Ganesh el que te salva. Vade Retro Shiva, Vade Retro Krishna, que si no fuera por el elefante ese, cada vez que uno sale a las calles d’este país uno terminaría igual que Gandhi en estampilla. Muchos lugares, países, ciudades, se precian de tener un tráfico caótico. Desde el taxista en Nápoles que me cuenta que los semáforos no sirven porque él tiene ojos, a la sincronización imposible que implica cruzar una calle en Hanoi; o a la tardanza matinal e infernal de cada día en Moscú. En fin, cada una tiene su lista y en la mía en los primeros lugares está sin duda el despelote vehiculario que existe en India. Por estos lados se maneja a la inglesa, o sea, por la izquierda, pero parece que algunos se han americanizado un tanto, pues han decidido conducir por la derecha. El problema es que no todos están de acuerdo con el estilo yanqui y en las rotondas no es raro ver autos que van en sentido contrario. ¿Dos pistas? ¡Donde caben dos caben cuatro! ¡Línea continua, no adelantar! Bueno, no seamos tan exigentes. Luz roja. Luz roja. ¡Luz roja! Bueno, tampoco es tan importante, a fin de cuentas la vida no puede ser medida ni controlada por un par de reglas bastante estúpidas. ¿Dónde queda la libertad humana si no? ¿La esperanza en el futuro? Pero que no se diga que hay falta de transporte. Taxi, buses, camiones, coches, tuk-tuks, rickshaws, motocicletas, lo que usted quiera, para servirle. Y, por favor, con estilo: atrás en las motos ellas van sentadas de lado (excepto en la gran ciudad de Mumbai), gran ejercicio para los abdominales; los colectivos pintados de los colores de la divinidad; y esos taxímetros que nunca funcionan, ¡vintage, querido, puro vintage! Sí, el caos que te agarra los tuétanos y hace que se te salte el corazón cada cinco segundos (exagero, quizás cada tres), parece una apuesta a la vida y al azar o mejor dicho un poema tardío de poeta uruguayo cuyo nombre no quiero recordar, un siempre estar a punto de, a punto de, si no fuera por, si no fuera por Ganesh y su trompa de la fortuna. Y nunca tan a punto como en Bundi. Pueblo perdido, medio onda hippie, low profile, con palacio ocupado por macacos y caminos alguna vez recorrido por elefantes; pueblo que se suponía más tranquilo que Belle and Sebastian. Pues bueno, ahí fue. Tengo que comprar un pasaje de tren. El pasaje se debe comprar en la estación. La estación queda a siete km. Es la hora del tuk-tuk. Encuentro uno. Un flaco joven: Vikram. No problema, me dice. Y partimos. Los primeros tres metros, hasta llegar a la primera curva de la rúa que tiene dos metros de ancho no son problema. Viramos. Frenazo en seco. ¡Santa vaca! La literalidad de la expresión no se escapará a la avisada lectora. Casi. Uno, dos, tres, hoyos, ¡hoyazo! Tres tuk’tuks en sentido contrario, dos vacas más, cuatro niños, tres mujeres cargadas hasta el cielo y un carromato con gallinas que ya no vuelan. Todo bien estamos llegando a la calle principal. Ahí habrá un poco más de espacio al menos. Pero, ¡qué veo! Una masa humana, compacta como defensa alemana, imposible pasar. ¿Imposible? Nada es imposible con Vikram al volante. -Es la fiesta musulmana. Por eso la gente. Mucha. En lugar de esperar mi respuesta, Vikram enciende la radio, sube el volumen que compite con el ensordecedor del motor y de sus bocinazos y así, escuchando a Bon Jovi nos arrojamos sobre la marea humana. ¿Habremos sido puteados? ¿Habré sido requerido para seis reencarnaciones más? Zig-me mato-zag- suena rock indio. Me pregunta si me gusta. Pasamos entre un camión y un auto que venían en sentido opuesto. Chantamos ante un ciclista, rozamos una moto, nos enredamos con la bufanda de un celebrante. La música continúa peripatética. De pronto veo que viene una fila completa de escolares desfilando. Llevan pancartas con textos en árabe. No alcanzo a preguntar qué dicen. Vikram atraviesa la columna como Houdini se escapara de las cadenas. Me doy vuelta y veo que la marcha continúa al ritmo de los tambores. Poco a poco, vamos dejando el jolgorio atrás. La radio escupe a Aerosmith. Amor en el ascensor. Yo no sé si amar a Vikram o pedirle que se detenga y largar el desayuno que se revuelve en mi interior. Cierro los ojos. Respiro profundo. Guns and Roses. Hemos llegado. En la estación no hay prácticamente nadie. En un puesto, Vikram me invita un chai y un cigarrillo. Sonríe. Me dice que podemos regresar cuando quiera. Bebo mi té y termino con calma mi pucho. Ganesh me mira fijo desde la calcomanía adherida en el volante. -Vamos-, respondo. Vikram enciende la radio.