Texto y fotos de Juan Domingo Urbano

Cúmulos, estratos, cirros y nimbos, son los nombres que se da a la formación de agua y gases que apreciamos en el cielo. ¡Algo tienen las nubes! No hay experiencia más sublime, convengamos, que tenderse en el pasto a mirar esas masas blancas –ovejas, algodones, espuma, fantasmas, brochazos– avanzando allá muy lejos. Para los que han tenido la oportunidad de volar en avión, de seguro les habrá sorprendido al traspasar el colchón de nubes, encontrarse siempre sobre la superficie y sin importar incluso que abajo esté nublado, con un sol radiante. El cielo es sorprendente. Ni hablar de la Tierra. Porque si la geografía es el pasado –que lo digan las montañas– las nubes corresponden al presente. Y hasta me animo a decir que, en ocasiones, lo que imaginamos o proyectamos como el futuro, ya parece estar anunciado en clave sobre nuestras cabezas. ¿El destino en el cielo? Antigua tarea esa, practicada por los mayas, los griegos y por los niños. Nuestros ojos vueltos hacia la altura, ganan su momento de contemplación a ese bien tan preciado que es el tiempo, reconociendo lo diminutos que somos ante tamaña dimensión del mundo… ¡Como un océano invertido! Mi hijo, a eso de los ocho años –una máquina de hacer preguntas– se explicaba el lento desplazamiento de las nubes, me decía, a partir del movimiento de rotación de la Tierra. No fui capaz de refutar su teoría, y, desde entonces, yo también sostengo que esa velocidad perceptible es cómo vamos girando en este valle de lágrimas. Las nubes son un reloj de lo imposible… Hay que mirar las nubes. Nada cuesta ganar el cielo. Más cuando este modelo económico a todo le ha puesto un precio, gritemos que no se puede pagar por el aire, ni muchos menos por el viento, que no se pueden comprar las nubes. No. Las nubes allá lejos Baudelaire llegó a conocerlas muy bien. Y a partir de las nubes escribió una de sus mejores prosas, buscando despejar esa ficción ilusa de la inspiración, opuesta al quehacer cotidiano del que escribe. Esa forma de conquista productiva que, en palabras también de Roberto Arlt, solo se consigue por medio de la prepotencia de trabajo. Nada más. Un escritor es quien escribe. No lo otro. Sin recetas, ni heroísmos. Resulta imposible escribir una sola línea bajo el influjo de la mentada inspiración. Una, porque no existe; dos, porque a quienes creen sentirla los hace presa de la arrogancia, la comodidad, la ambición. ¿Y qué ocurre si esta no llega? La rueda del fracaso, la desilusión y la incertidumbre. Como si escribir no se debatiera ya con esa caída a un precipicio. Mejor creer con Picasso que uno no busca, sino que encuentra. Bolaño por su parte, en una de sus primeras novelas, hacía declarar a un personaje: “De lo perdido, de lo irremediablemente perdido, sólo deseo recuperar la disponibilidad cotidiana de mi escritura, líneas capaces de cogerme del pelo y levantarme cuando mi cuerpo ya no quiera aguantar más”. Pero volvamos al poema de Baudelaire, este se llama “El extranjero”, según la traducción del filósofo chileno Pablo Oyarzún, la que a diferencia de la conocida versión española de Díez-Canedo, la suya refiere a amar las nubes y no sólo a quererlas. En él un personaje –o digamos el cronista para entrar en materia– es consultado sobre su impavidez ante la vida. Todo esto dentro del marco en que Baudelaire abre los fuegos, para advertir desde un principio que estaremos delante de un espectador ocioso (flâneur) que ocupa su tiempo en mirar las nubes. (Recordemos sólo de pasada lo que significa en la expresión hispana el andar con la cabeza en las nubes o hallarse en ellas. En la misma línea de esa otra, de tener pajaritos en la cabeza. ¡Con lo que me gustan los pájaros!) Luego de repasar con preguntas sobre qué amaría más este enigmático hombre, él va respondiendo una a una, enfático pero escurridizo, que no tiene padres ni hermanos; que la amistad no la conjuga porque la desconoce; ante la patria, contesta: “Ignoro en qué latitud se encuentra”; después agrega que tampoco sabe de la belleza; luego muchos menos ambiciona el oro, al que odia tanto como otros a Dios. Por último, se viene la pregunta definitiva: “¿Y qué amas entonces, insólito extranjero?/ Amo las nubes…las nubes que pasan…allá lejos…allá lejos… ¡Las maravillosas nubes!”. Así comienza, con esa afirmación, el libro más importante en clave de crónica con que cierra el siglo XIX (¿o comienza el siglo XX?), “El spleen de París”, justificando tal vez la noción literaria de Tolstoi –“describe tu aldea y serás universal”– mejorada por el corresponsal polaco Kapu?ci?ski: “Dentro de una gota hay un universo entero”. “El paisaje en las nubes”

Así se llama la última crónica de Roberto Arlt. La escribió por anticipado (como lo hizo desde su primer día en el diario El Mundo en 1928 hasta 1942), lo que permitió a su editor publicarla de manera póstuma el 27 de julio. Las prensas no debían detenerse. Sus lectores no pudieron brindarle un mejor homenaje que leerlo mientras lo velaban. La crónica es sencilla, y refiere al caso, excepcional para Arlt (de ahí que lo comente), de un inmigrante, hijo de zapatero, que fue poeta y taxista en Manhattan, y que justo el ’42 publicó el libro “Geografía de la mente”, llamando la atención de los críticos y la beca Guggenheim. Su nombre George Zabriskie. Escribe Arlt: “Los días transcurrían entre sus manos y conducía su automóvil por los desfiladeros de sombras que son las calles de Nueva York, mirando con la mirada a veces vacía el perfil de los rascacielos que en la altura próxima del cielo tienen un tono de canela rosada (…). Cuando doblaba la cabeza hacia arriba, millares y millares de ventanas de los rascacielos parecían que iban a desplomarse sobre sus ojos, y entonces pensaba en los bosques que aún subsisten en las llanuras quebradas, en los ríos que serpentean ociosos entre los prados esmaltados”.

Vuelvo otra vez sobre esto de las nubes, y recuerdo la descripción de Piglia, referida por terceros, que cuenta cómo cuando murió Arlt debieron sacar su ataúd amarrado con poleas por la ventana de su pensión, y que esa imagen suya, sostenida sobre el cielo de Buenos Aires, es el lugar, pontifica Piglia, que ocupa Arlt en la literatura argentina hasta nuestros días, y blá, blá, blá. Entonces me remito a la reflexión de Vila-Matas, también sin confirmar, que la nieve sería muy monótona si Dios no hubiera creado los cuervos. Luego extiende la imagen para hacer una analogía con la escritura –era que no– y habla de la página en blanco, la hoja que como una aventura es enfrentada por los escritores, mientras los tenebrosos cuervos negros los acechan. Miro, precisamente en este instante, mientras anoto en mi libreta, el avance de unas nubes desperdigadas allá muy lejos. Su blanco es la hoja donde escribo. Y me digo que la aventura no puede terminar. Suscribiendo de paso a Bolaño citando a Breton, pero intencionadamente refiriéndose a Nicanor Parra, con eso de que la hora de sentar cabeza no llegará jamás. Y todo eso sé, o quiero creerlo, se encuentra escrito en el cielo.

Domingo 17 de marzo de 2013