texto y fotos de Daniel Noemi

Le pregunté al tachero que cómo estaba la cosa. El día anterior hubo una marcha contra la K. y al parecer algo de gente había asistido. El taxista era un tipo gordo, parrillero fino, con el pelo gris y las manos ídem. Ojos grandes acompañados por unos anteojos gruesos, su voz se abría en el aire, profunda, como si estuviese siempre dando un discurso. Me miró por el retrovisor y me largó una sonrisa semi-matadora (pensé que capaz que fuera gallina, por lo de matador, pero me fijé en la banderita pegada en el manubrio: canalla tenía que ser). Y sin dejarla, a la sonrisa, me explicó en treinta segundos lo complicado de la política a nivel mundial, continental y argentina, sin olvidar las comparaciones necesarias con el caso islandés, el chileno por cierto y el hecho irrefutable que las cosas, en el fondo, no han cambiado tanto desde el tiempo de Tutankamón o el faraón que haya sido. – Lo que pasa –dijo con lo que aún le quedaba de aire- es que nosotros nunca hemos sabido si queremos más al Diego o a Perón. De Palermo caminando a la Recoleta y de ahí, pasando por el microcentro, a san Telmo y luego la Boca. Recorrer las librerías, comer buena pizza, buena carne, mirar a la gente, escuchar el porteño, recordar poemas y alguna antigua novia… un tango y un par de tragos. Buenos Aires se convierte fácil en la nostalgia de la cual uno solo puede huir con la política. Me dice un amigo escritor con el que me estoy tomando una birra (bueno, él bebe agua mineral): “Es difícil comprender el proceso político en la Argentina.” Yo me quedo esperando que siga, que largue su sabiduría de escritor (mal que mal los escritores son todos sabios). Que me explique por fin cómo funciona el peronismo y la fascinación psicoanalítica de los argentinos (me dan ganas de contar un chiste que no contaré). Espero y espero y espero como si estuviera en Casablanca. Pero mi amigo no dice nada más: “Es difícil” –repite su voz extrañamente inaudible mientras revisa un mensaje en su I Phone. Yo ya me he acabado la Quilmes y estoy a punto de pedirle una explicación. Por suerte se me ocurre que aquello sería altamente peligroso. Invento una excusa increíble y le digo que lo llamaré antes de irme. Dejo unos pesos y me voy. La plata. No he traído dólares y por lo mismo vivo al cambio oficial que es como el cambio de los tontos. No soy dólar blue. No tengo verdes para cambiar en mitres y sarmientos. Una amiga me ha dicho: se trata de una posición, de impedir que estos ladrones sigan robándole plata al país. Otro me dijo: no van a lograr nada, solo que más gente saque más guita afuera. Leo en el periódico que el dinero no lo cuenta. Lo pesan. Leo en otro que eso es mentira. Luego leo que es mentira que es mentira. La Avenida Santa Fe está bullente y la gente entra y sale frenética de las tiendas. ¿Con qué moneda pagarán? ¿Cuál será la inflación en la cual creen? No podemos sacar dólares. Han sacado demasiados dólares. La lucha por la verdad está en el centro de la política, como siempre, como en toda política. Y aquí, lo siento, es fortísima. Recuerdo la pelea entre los chicos de Boedo y los de Florida: pura literatura comparado con lo que pasa aquí y ahora en estas páginas (claro, si pudiera escribir una página que me corrigiera mi tía Margarita esta sería otra crónica y no estarían ustedes leyéndola. Se trata siempre de la realidad.) Antes de tomar el avión de vuelta (de Aeroparque a Pudahuel y viceversa, por supuesto), paso por el cementerio de R. No es que me crea Natalio Ruiz, pero alguien me ha dicho que aquí es donde se puede estar más tranquilo. Paso por el mausoleo de Faustino, camino entre los muertos –el desnudo latín y las trabadas fechas fatales– y se me acuerdo de un chiste muy malo. Escucho que unos gringos buscan la tumba de Evita y me acuerdo de un chiste no tan malo. Me siento en el canto de una piedra, donde no pasa mucha gente y me doy cuenta que es muy raro tener un cementerio como atracción turística. Busco otro chiste pero no lo encuentro, ni en toda la poesía de Benedetti. Son para el solitario una promesa, las calles, estas calles que ahora dejo (escribió alguien) donde algo está pasando, donde la ciudad y su trémula inmortalidad (el mismo) no nos dejan de contemplar: Miro desde la ventanilla las pequeñas casas, la revolución que se viene o que tal vez no, los parques y el río que parece un mar que parece cualquier cosa que parece la voz que no se calla, el tachero que me dice que lo que pasa es.