por: Marcelo Mendoza- Ilustración: Pablo Marchant En 1990 escribí con la botánica Adriana Hoffmann el primer manual de conducta ambiental chileno. Se llamó De cómo Margarita Flores puede cuidar su salud y ayudar a salvar el planeta, que fue declarado material complementario de la educación escolar. Pero antes de eso, en 1982, en mi primer año de universidad, con un compañero de curso hicimos un diario mural ecologista, cuando aquello era ser extraterrestre, y mi primer artículo publicado en una revista de quiosco fue en la revista Naturaleza, pionera en Chile en la materia. Después, como novel redactor del semanario APSI, inauguré una sección ambiental llamada “Ecolofón” y elaboré el primer “Mapa del descalabro ecológico de Chile” (así se llamó), con una panorámica del deterioro, región por región. Como ciudadano participé de la creación de la Red Nacional de Acción Ecológica (Renace), que aglutinó organizaciones de todo el país durante varios años. Más tarde dirigí la revista El Canelo, cuyo subtítulo era “Por una sociedad ecológica”, y publiqué otro libro sobre la crisis ambiental, que se llamó Todos queríamos ser verdes. Antes había participado en el comando de la candidatura ecologista de Manfred Max Neef (que sacó un significativo 5,6% de los votos), inventé e impartí el curso “Periodismo Ambiental” en la universidad y ayudé a crear la Agrupación de Periodistas del Medio Ambiente, de la que fui su primer presidente. He sido autor y coautor de publicaciones en defensa del medioambiente en el extranjero, hice mi doctorado en sociología trabajando una tesis sobre el movimiento ecologista y he participado, también como ciudadano, en foros y campañas por las más diversas causas ambientales. Actualmente, soy el editor de este suplemento ambiental. Es decir, desde los 18 años hasta ahora, 30 años después, sigo en la misma: no he cambiado un centímetro en mis convicciones en general (lo que no es un mérito, porque quizás indica que no he evolucionado nada) y en particular en mi defensa de la salud y el medioambiente. Toda esta parte de mi historia la relato sólo en función de lo que tal vez sorprenderá: estimo que la nueva ley de tabaco es una soberana hipocresía. Una norma enmarcada en lo que Nicanor Parra llamó “ecología municipal”: preocuparse de lo epidérmico, del ornato, para no abordar lo que realmente amenaza nuestra supervivencia y convivencia, porque hacerlo haría tambalear un modelo de desarrollo que compromete los poderosos intereses que lo sostienen y cuyos beneficiarios directos se ríen en la fila depredando y contaminando. Perseguir a los fumadores es una buena coartada para continuar con más de lo mismo. Por tanto me rebelo ante la mentira de considerar casi un delito que fumar sea una medida honesta de preocupación ambiental. El tema daría para largos reflexiones en torno a la pérdida de libertad individual, el Estado prohibicionista y vigilante que determina lo que es bueno o malo para mí, el bien común, la salud pública, el poder, el cuerpo y la siquis y un largo etcétera. Ahora ese no será mi foco. De entrada digo que soy un peatón que fumo. Pero agrego, y se lo dije a un cardiólogo una vez, que lo hago por razones de salud: de salud mental. En efecto, fumar me serena, me permite trabajar en paz y me ayuda a establecer encuentros sociales que me alimentan el alma. Es decir, me hacen bien a mi salud espiritual, tan importante como la otra, la salud física. Y también digo que soy un fumador consciente, de hábito (me calificó así el mismo médico), que encuentra en ello un placer, no un castigo al que me vea forzado, porque no me considero adicto. E informo que soy un fumador tardío: sólo empecé a fumar bien entrado en años, cuando descubrí que para mí era una buena terapia. Eso no es raro, me dijo el médico aquel –que nunca en su vida fumó–, porque había estudiado el tema y descubrió que en todas las culturas ancestrales fumaban. Como era un tipo reflexivo, se preguntó por qué, y se contestó que era uno de los actos primigenios de introspección y sociabilidad. Y agregó: no por nada existió la pipa de la paz, que sellaba el entendimiento luego de disputas entre tribus rivales. Para volver a vivir en armonía, los involucrados fumaban juntos. No es mi deseo hacer una defensa del acto de fumar. Evidentemente puede deteriorar el cuerpo, aunque a algunos nos serene el alma. Pero estimo que fumar es tan legítimo como no fumar e incluso detestar fumar, y que en el fumar y en cualquier otra cosa antes que todo está el respeto a los demás y al entorno. Jamás fumaría delante de alguien que le desagrade o afecte, como espero que otra persona no haga cosas conmigo que a mí me desagradan o afectan. Sólo trato de hacer ver que resulta irrisorio que hoy se estime políticamente correcto considerar delincuentes a los fumadores y no a los que echan humo, mucho más tóxico y abundante, desde sus vehículos e industrias, incluso subsidiados con políticas públicas, como autovías o expansión urbana que sufrimos y pagamos todos los chilenos. En 1990 había consenso en que el principal problema ambiental de Chile, por la magnitud de la población afectada, era la contaminación atmosférica de Santiago. Participé, junto a un equipo interdisciplinario, de un estudio que concluía que había que detener de manera urgente la expansión urbana de la ciudad y congelar el número de industrias, porque esa era la principal causa del envenenamiento lento a que sus habitantes nos veíamos sometidos. Entonces existía la Comisión de Descontaminación de la Región Metropolitana, a tanto llegaba la urgencia. Pues bien: en 20 años la ciudad no sólo no detuvo su expansión, sino que la duplicó. En las ciudades de regiones pasó algo parecido, y hoy varias de ellas tienen severa contaminación atmosférica (y fumar no tuvo nada que ver con eso). Igual cosa sucedió con las industrias, ocurriendo exactamente lo contrario de lo recomendado por razones ambientales y de salud: industrias de regiones se trasladaron a la capital. La especulación inmobiliaria sí fue vista como algo bueno (rentable para el país) y, olvidándose de toda consideración por la salud de la gente y el entorno, se promovió, llegándose a la ignominia de desafectar miles de hectáreas que tenían carácter de rural. Contrario a lo que ocurría a principios de los 90, la contaminación atmosférica de Santiago hoy dejó de estar en la agenda como un problema, sino sólo un dato a tener en cuenta cuando se proclama una alerta ambiental y los señores automovilistas revisan las patentes de sus varios autos para ver si alguno quedó con restricción vehicular. Cuando escribimos el libro con Adriana Hoffmann en 1990 alarmados dijimos que, de seguir así, al año 2000 Santiago llegaría a tener un millón de autos… y en 2012 se alcanzó la cifra de 1.500.000, ¡el 50% más que los cálculos más agoreros! Y es presentado como señal de desarrollo. Entonces, que no se mienta: el talibanismo anti–tabaco sólo es una salida hipócrita para ocultar los verdaderos problemas ambientales que con cinismo incluso fomentan nuestras autoridades desde La Moneda, el Parlamento y ese poder de facto que es el de los grandes empresarios que celebran que el ciudadano común que fuma sea el nuevo enemigo interno, y no ellos mismos, que le echan leña venenosa a sus chimeneas industriales y hasta domésticas. De otro modo no se entiende ya no sólo lo que pasa con Santiago, sino el fomento de las centrales térmicas, que provocan una contaminación atmosférica incalculable pues llegan a ocupar combustibles fósiles como el petcoke, antes prohibido pero vuelto a permitir por ley en el gobierno de Ricardo Lagos. El petcoke es el carbón de más baja calidad y el más tóxico (y por tanto muy barato para las industrias). Junto con la persecución a los fumadores Chile ostenta el récord, gracias a estas centrales térmicas que han proliferado, de ser el país del mundo que más aumentó sus emisiones de CO2 en los últimos años, provocadores del efecto invernadero que el mismo Lagos, ya como ex Presidente, no se cansó de denunciar. Pero no cuenta el tóxico aire que respira la gente modesta en el valle de Puchuncaví, y tampoco la de los poblados donde se instalan estas venenosas industrias. A esa gente los tiene sin cuidado si un vecino se va a fumar un pucho al bar de la esquina. Su problema, y el de todos nosotros, es el otro. Considerar como enemigo interno al fumador les sirve a nuestros políticos y empresarios para ocultarlo.

Ni humo, ni tabaco, ni smog
A raíz del artículo del periodista Marcelo Mendoza “Talibanismo anti-tabaquista y ecología municipal” publicado en El Desconcierto.

Por Sonia Covarrubias Kindermann, de Fundación EPES (Educación Popular en Salud), coordinadora de Chile Libre de Tabaco. www.epes.cl www.chilelibredetabaco.cl Cuando ya ha transcurrido poco más de un mes desde que comenzó a regir la nueva Ley del Tabaco es bueno revisar algunos de los muchos argumentos a favor y en contra de esta normativa que ha sido tan ampliamente respetada por la población. Se ha dicho que el tabaco no es el problema de salud más importante del país y que comparado con otros como el alcohol o la contaminación atmosférica produce menos daño. Eso es, definitivamente, falso. La tasa de mortalidad por cirrosis en Chile es de 25 por 100 mil habitantes y la de tabaco es de ¡97 por 100.000! Incluso, si sumáramos a las muertes por cirrosis, las de accidentes de tránsito –la mayor parte de ellas causadas por consumo excesivo de alcohol- llegaríamos a 42 por 100 mil habitantes. En el tabaco no existe nivel inofensivo de consumo: todo cigarrillo, sea el primero o el Nº 10 mil, es dañino para la salud. El alcohol, en cambio, ha mostrado beneficios para la salud cardiovascular, si se consume vino tinto en forma moderada (media copa) todos los días. Y la contaminación atmosférica tampoco es más grave que el humo de tabaco en espacios cerrados. Las mediciones de material particulado fino (MP2,5), que es el producido por la combustión de procesos industriales, vehículos motorizados, plantas termo-eléctricas, quemas agrícolas y el humo del tabaco, entre otras fuentes, muestran que la concentración de estas partículas tóxicas es mucho mayor en lugares cerrados donde se fuma que en espacios abiertos, incluso en los días de mayor polución. Pero como no se trata de hacer competir a las sustancias contaminantes para ver quién produce más daños y muertes, la perspectiva que debemos darle al debate es otra: ¿por qué aceptar que violen mi derecho a respirar aire limpio, ya sea en lugares cerrados o abiertos?. Es la otra cara del discurso del respeto por las libertades personales, que tanto se ha levantado en contra de la Ley del Tabaco. ¿Por qué defender el derecho a contaminar el aire de otros –en virtud del ejercicio libre de una conducta individual- y no el de vivir en un ambiente que proteja la salud propia y de los demás? Este discurso, enarbolado esencialmente por algunos líderes y ecologistas, suele cambiar drástica e inexplicablemente cuando se habla de contaminación por humo de tabaco. Para la contaminación atmosférica, el criterio es “responsabilidad de todos”, mientras que para el humo de tabaco, es “mi derecho”. Sería ideal que no existieran procesos de combustión que contaminen el aire ni personas que fumaran. Pero dado que ambas cosas existen –y conviven- no es aceptable que la sociedad y sus líderes se excluyan de tomar medidas al respecto. Una ley restrictiva no es lo más atentatorio para las libertades individuales; lo más dañino es una sociedad inconsciente del daño que con sus conductas causa a otros y al medio ambiente.

Yuri Carvajal de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Chile responde a carta de Sonia Covarrubias

Respecto de la carta de Sonia Covarrubias, ella contrasta tasas de mortalidad de dos cosas distintas. Una son las muertes por cirrosis -obtenidas de las defunciones codificadas en CIE-10- y otras muy distintas, las muertes por tabaco, que se producen ponderando porcentualmente a varias causas de muertes (en CIE 10). Por lo tanto, su comentario iguala peras con manzanas. La aclaración estadística se justifica en los tiempos que corren. Mas allá de ese error, lo que intentamos discutir ( ver http://www.revistasaludpublica.uchile.cl/index.php/RCSP/article/viewFile/26629/28204) son los valores que instituyen medidas comunicadas, desplegadas y asentadas en la intimidación y la sanción, amparadas en su más que evidente eficacia. Yuri Carvajal Bañados Escuela de Salud Pública Facultad de Medicina Universidad de Chile Editor Revista Chilena de Salud Pública (http://www.revistasaludpublica.uchile.cl/)