texto y fotos Juan Domingo Urbano

El lugar El paseante reconoce el lugar. O eso cree. Intenta convencerse de que el mapa no es el territorio, porque conoce los nombres de sus calles, los hitos de sus monumentos, el domicilio de las personas que ama y lo recuerdan. Puede contar sus casas –dimensión, fachada, color– de sus seres queridos, con una sola mano. La memoria se escurre como sal entre los dedos. Intenta recordar de memoria la cita que ha anotado. Pero le resulta imposible. ¿Algo se lo impide? Abre entonces de soslayo su libreta de apuntes: “No encontrar el camino no significa mucho, pero perderse en una ciudad como se pierde uno en un bosque, requiere de educación” (W. Benjamin). El paseante juega a ser un turista intelectual. “Vengo de lejos”, reflexiona. La palabra lejos la vocaliza en voz alta, entre dientes, se diría pero lo suficiente para que el sonido resuene desde su interior. Hace horas que no oía su propia voz. Supone alguien podría escucharlo. ¿Nadie? No gritará, por supuesto. Odia, en cualquier de sus formas, los gritos. Prefiere sí, pensar en voz alta. Siempre uno está distante de todo, se dice. Cuánto cuesta estar solo, ir con nadie más que uno, soportarse a sí mismo en un viaje. Hay un trayecto irreversible, reconoce: el de su propia soledad. No hay remedio. Su único límite es el miedo. Los temores. Los temores. Los temores. El miedo a perder, a alejarse, a ser olvidado. Repite la palabra temor, retumbando en su interior, como un mantra. Lo siente de ese modo. Las casas Imagina la soledad creciendo como las raíces, adhiriéndose como el moho, extendiéndose como enredadera, a las cosas. Lee otra anotación de su libreta. Supone que es suya: “El miedo imaginó las casas, entonces comenzó la soledad”. Las casas son fachadas de un abismo tras las puertas. Salvo las ventanas. Salvo el crepúsculo. Salvo la memoria de las canciones. ¿Qué se guarda en una buhardilla?, ¿qué se esconde en un sótano?, ¿cuánto cabe en armario? ¿O será al revés? Vemos salidas, abismos, acantilados. Un Aleph. El tiempo perdido. Esa lejanía que enuncia, es el lugar desde donde venimos. Juega a ser un extranjero en la ciudad, un huérfano de todas las rutas, un sin tierra, sin casa, sin destino, sin palabras. Un hombre de ninguna parte. Tierra de nadie habita su corazón. En todas las esquinas. Anota: “Solo siento nostalgia de los lugares que no conoceré”. Se viene desde el país personal en que se habita. Las cosas Las cosas no resuelven el dilema. De nada sirven los interiores ni el exterior. Se abre su cuerpo como un abanico, como una explanada, explotando como las piezas de un puzzle imposible de recomponer. Es el fin de la conquista. Algo ha quedado expuesto. Su nombre es un bulto, una cosa, algo parecido a un color, revestido de metal, madera y tierra: urbano es un mapa errático. Piensa en la herida, en otra herida. En ampliar la conciencia. Plantas verde musgo. El cerro. Una ventana. Una puerta. ¿Qué hay del otro lado de esas formas? Ahora puede mirar hacia adentro, dice. Puede trizar la realidad donde el personaje, que antes iba preocupado por su sombra, circula dentro de sus paisajes mentales. Ha sido como perderse en un bosque. La vida como un simulacro, un espejismo, que también devino en un sueño con rasgos de pesadilla. Fueron cuarenta años de caminar por el desierto. El paseante escribe un diario, la bitácora de su vida, haciendo entrada según el ritmo de sus pasos. En nada parecido a los latidos de su corazón. Deja que la ciudad lo recorra, como si las calles fueran sangre en sus venas. Un paisaje de concreto. Imágenes de arena, sal y adobe. Caudales urbanos. Citas pueblerinas. ¿Caminar como se respira? Lo que creía la miniatura de una ciudad, apenas fue un camino en un pueblo hecho de polvo, sol, viento.