Poeta fundamental en la escena chilena de los 80 en adelante y autora de libros que alcanzaron el estatus de íconos de la resistencia cultural contra la dictadura –como La Bandera de Chile–, Elvira Hernández no sólo mantiene su propio proceso creativo a toda máquina, sino que ha establecido fuertes vínculos con lo que hoy escriben los poetas más jóvenes. Nos juntamos con ella para ver qué pasó con la palabra, la memoria y los poetas en este país donde todo tiende a cero. O así lo parece en ocasiones.

Texto Camilo Brodsky-Fotografía Freddy Briones Parra

Cuando contextualizan tu obra tienden a meterte en el saco de la neovanguardia, de lo hecho por Zurita, por Juan Luis Martínez. ¿Cómo ves ese encasillamiento, siendo que si bien estás en el terreno de la experimentación también te ubicas en un lugar desde el que referencias la realidad?

Nunca me he tragado eso de que soy de la neovanguardia, a pesar de que creo que en mi trabajo hay una experiencia de experimentación, pero yo no estoy preocupada de eso y siento que aquellos que se instalan bajo el paraguas de la neovanguardia tienen una percepción distinta, en el sentido de que ellos son sujetos de lo que están haciendo, en cambio yo siento que estoy más trabajada por las circunstancias, por el lenguaje que tú mencionas, y en ese aspecto mi trabajo con el lenguaje es muy libre, en el sentido de que yo creo que hoy día la palabra –que es lo que suelo utilizar, más que el lenguaje– es algo que todavía está bajo el signo de la censura, y hay un gran interés en que eso continúe así desde el punto de vista cultural, social, y con mayor razón en la poesía.

Claro, hay una devaluación de la palabra poética, en ese sentido, pero también una degradación propia de la poesía y del poeta, una extinción de la resonancia que tenía esa voz y una conversión de la poesía en carrera y del poeta en funcionario, corriendo por las pegas, los premios, etc. Ahí uno se pregunta qué es lo que dice la poesía, qué tiene para decir hoy.

Ese es hoy día el gran desafío que tiene la palabra, porque hoy día la sociedad no sabe nombrar las cosas. Por poner un ejemplo, nombran a un señor vicepresidente de la Cámara [de Diputados] y se dice que ser de la Cámara es un honor, pero hoy día la sociedad no sabe lo que es el honor, porque si supiera ese señor no estaría ahí. En ese aspecto la palabra, más que perseguir juegos estéticos, debe perseguir develaciones. Ese es el desafío. Puede que se piense que eso ya no es lo que la poesía debería perseguir, pero yo creo que no, que esa es hoy día, por lo menos desde nuestro pequeño lugar, la tarea.

¿Y cuál crees tú que es el rol que juega la memoria en todo esto? Un poco a propósito de los 40 años del golpe militar y de la memoria como uno de los caminos posibles para reencontrarse con esas palabras.

La memoria no es, en este caso, la búsqueda de calcar lo que pudo haber ocurrido hace un tiempo atrás, sino que es el poder traer la perspectiva que tenían esos momentos que se perdieron y que uno recupera en una reinterpretación. Creo que eso es lo que falta.

Está también, como memoria y como poesía, lo que se hizo en los 80, donde había una escena muy diversa de la que tú eras parte también. ¿Cómo es vincularse al lenguaje en tiempos así de negros, así de opresivos?

Yo creo que es un incentivo, porque en ese momento te quitan la palabra y por tanto su uso es un acto subversivo, porque la palabra está bajo censura, como lo está el libro, los periódicos. Nosotros en la calle conversábamos y nuestro gran temor era que nos escucharan, entonces todo lo que significara palabra era algo peligroso. Y en el caso mío, gente que estábamos en un período de formación, el hecho de no tener nada, porque yo venía realmente de fuera, porque previo al Golpe yo no tuve mayores contextos literarios, entonces simplemente era estar en el vacío mismo.

¿Dónde estabas en ese momento previo al golpe militar?

En el Pedagógico. Era un tiempo en que tenía mi vida, pero todo era secreto. No tenía tiempo para círculos literarios. Yo estaba descubriendo cosas, viendo cosas que hacían que no pudieras distraerte, era muy difícil, difícil en el sentido de la vida diaria. La gente habla de cuando comenzaron las colas, pero esa fue la consecuencia, cuando comenzó el empresariado a no llevar lo que se producía a las zonas de distribución. Recuerdo haber trabajado descargando vagones de trenes que no podían ser descargados. Entonces uno pasaba horas enteras trabajando y luego había que estudiar, entonces yo escribía en secreto, y tenía un tipo de escritura que el golpe militar me lo tiró a la basura. Entonces las cosas por las cuales pasé fueron mucho más profundas todavía.

Tú caíste detenida a fines de los 70, de hecho.

Eso es parte de la memoria que no se puede olvidar, y no se puede olvidar en el sentido de que ha habido mucha denuncia y esa denuncia no ha logrado penetrar nuestra sociedad. Porque tú te encuentras con que la gente se emociona cuándo exhiben películas como “El niño con el pijama a rayas”, con el asunto de los campos de concentración, y pareciera que nosotros nunca hemos tenido campos de concentración y no tendríamos la posibilidad de mirar una realidad tan horrorosa como esa; pero nosotros sí los hemos tenido y no nos horrorizamos lo suficiente. Y esa es una responsabilidad que también le cabe al sector intelectual, si es que todavía queda.

Esa experiencia, la de tu detención, no aparece de manera explícita en tu obra, no te metes en ese tema.

Creo que la particularidad que la poesía expone, que se manifiesta en cada autor, lleva a que en mi caso no le doy tanto valor a mi experiencia como a la colectiva, y esas experiencias entran en contacto con otras que incluso llegan a ser más potentes que estar detenidos, y entonces llego al punto de que en verdad, y lo veo a posteriori, yo me sitúo más que en un lugar particular y privado, en un lugar público, porque eso es lo que me interesa.

Bueno, y es lo que ha pasado con tu poesía, por ejemplo con La Bandera de Chile, que acabó por convertirse en un ícono en ciertos circuitos culturales y literarios durante los 80 a pesar de que se publica oficialmente recién 10 años después de que lo escribes y circula en Chile, y en una editorial argentina, además. ¿Cómo fue eso?

La verdad es que yo primero hice fotocopias de La Bandera de Chile, después de eso se iba a publicar cuando se hizo un Congreso de Mujeres acá, pero luego no se publicó por problemas que nunca logré entender bien, aunque quedó hecha una maqueta y todo. Y antes de eso, después de que estuve detenida y escribí La Bandera de Chile, que es un poco consecuencia de esa detención también, yo le pasé ese material a gente del MIR, de la revista Vanguardia, y eso fue confiscado; entonces la primera versión de La Bandera la tiene la CNI. Esto porque la gente de esa imprenta fue detenida, yo me enteré de eso mucho después, nunca supe si la revista salió o no salió, mucho tiempo después me enteré de que esa publicación había tenido problemas, de que había caído ese taller. Y bueno, las cosas que se pudieron imprimir se fotocopiaron, y así por ejemplo una vez Diamela [Eltit] me dijo que en una universidad donde había una protesta estaba La Bandera pegada, pero de manera ajena a mí.

Es una época de mucho movimiento la que comienza en los 80, de mucha efervescencia a pesar o por causa del mismo contexto opresivo de la dictadura. Pienso en Lihn, en el CADA (Colectivo Acciones de Arte), en la ACU (Agrupación Cultural Universitaria), la UEJ (Unión de Escritores Jóvenes). ¿Cómo te insertas en ese contexto?

Yo estaba estudiando en el Departamento de Estudios Humanísticos y ahí había un lote, estaba Zurita, la Diamela, Eugenia Brito, después llegó Gonzalo Muñoz, Eduardo Llanos, también apareció Álvaro Ruiz en un momento, Roberto Brodsky, Francisco Zañartu, el Gregory Cohen, mucha gente llegó ahí. Y bueno, yo estaba ahí entremedio y aparecía más como una interesada en la literatura que como alguien que estuviera escribiendo, porque lo que ocurría es que me movía mucho lo que estaba haciendo. La escritura no es una cuestión de voluntad, el voluntarismo no sirve de nada, entonces yo me sentía medio naufragando entre muchas cosas, entre el ambiente, que era social, que era político y que era muy deteriorador, y por otro lado esta ese Departamento, que estaba realmente instalado en un lugar privilegiado, en términos de que podíamos cerrar las puertas y hacer tantas cosas, en términos del intercambio de ideas. Era un momento en que se podían ver cosas, se podía reflexionar. Y Enrique Lihn, dentro de quienes estaban ahí, era alguien que tenía una actitud bastante controversial con respecto a todo lo que nos rodeaba y de la manera más explicita, y eso era atractivo también.

Hay un tema de contexto ahí, estaba la dictadura, eso es claro, ¿pero ves que quede algo de ese espíritu crítico en los que están poesía escribiendo hoy? Te lo pregunto además porque tú te relacionas harto con gente más joven que está metida en el rollo de la escritura.

Mira, respecto de mi percepción de la poesía creo que Juan Luis [Martínez] hizo un quiebre, y eso marcó la poesía por un período, pero con posterioridad siento que los más jóvenes han dejado atrás esa etapa, una etapa en la cuál creo que Juan Luis anunció que la palabra entraba en una suerte de crisis para entrar al gran campo de la visibilidad, y creo que eso empezó con la aparición de la poesía mapuche, de los poetas mapuche que empezaron a salir por todos lados, y con los otros poetas que empezaron a escribir poniendo el acento en algo fónico, y comienza como un rescate de esta palabra que quedó en un estado exangüe, comienzan a tironearla desde otro lado, a activar un poco la oreja y tratar de encontrar otras cosas. Quizá lo interesante es que comienza un período también de desacralización de los distintos comportamientos poéticos que creo han contribuido mucho a que la poesía haya quedado en la indigencia, y que acá ha sido el culto del poeta único, en circunstancias de que hay tantas líneas poéticas de gran interés. Por ese lado comenzó el destape, me parece. Y comenzó una exploración y una instalación de los más jóvenes, en un plano bastante más horizontal, no tratando de escalar esta pirámide para llegar al sillón del poeta único. Eso es un examen que no se ha hecho, pareciera que el desarrollo poético en Chile es unidireccional, sin interrupciones, y creo que no se ha examinado desde el punto de vista del lenguaje lo que la dictadura le puede hacer a un país. Eso no se ha hecho, hay mucha tarea.