Por Marcelo Guajardo Thomas- Fotografía: Freddy Briones Parra

Todo ciclismo urbano en Santiago tiene un alto componente de declaración pública. Y gran parte de los ciclistas urbanos en Santiago cultivan cierto grado de desobediencia civil. Una contracorriente que se abrió paso en medio de la pantanosa indecisión entre la solicitud de más ciclovías o el uso de la calle.

Pocas cosas hay en la vida más gratas que viajar en bicicleta. Oxigena y descongestiona el cuerpo, lo pone en funcionamiento, distribuye la sangre y aumenta coordinadamente el flujo cárdiaco. Es un ejercicio aeróbico espléndido, libre de molestos golpeteos en nuestras articulaciones. Su movimiento circular es natural al cuerpo, relaja y calma los nervios. No hay nada como disponer de sentidos, músculos y tendones al servicio de una silenciosa maquinaria hecha para nuestro desplazamiento.

Pues bien, ante el pedaleante está la urbe y está el ciclismo, y con ellos aparece ante nosotros el concepto de ciclismo urbano, que clama en este punto por una definición, para evitar que usted, lector, vaya desprevenidamente a buscar definiciones a esas gavetas mentales que han llenado infaustos reportajes hechos por gente que dejó la bicicleta abandonada en su niñez. Para evitar esto, le proporciono la mía, cuyo mérito es que está hecha por alguien que ha abrazado el gentil arte del ciclismo hace mucho.

Lo primero que hay que decir es que el ciclismo urbano se opone al ciclismo recreativo que utiliza la bicicleta con otros fines y procedimientos. Esta columna poco y nada tiene que decirles a aquellos ciudadanos que durante la semana engrosan las interminables aglomeraciones de motores y humaredas en las saturadas callejuelas de Santiago para luego, fin de semana mediante, salir a ventilar sus inútiles velocípedos a parques, veredas y ciclovías de recreación. El único ciclismo posible es el militante, lo demás son balas de salva en medio de una situación beligerante y urgente.

En este tipo de ciclismo la bicicleta se vuelve pieza imprescindible entre los artefactos que nos posibilitan la vida cotidiana. En otras palabras, es el uso sostenido de este vehículo de sangre en el desplazamiento de los habitantes de la urbe que convierte a la bicicleta es un bien de primera necesidad.

Pero no todo en la vida debe ser con fines productivos. El ciclismo urbano es placentero en sí mismo y un método inigualable para conocer la ciudad. La bicicleta releva y complementa el callejeo del que hablaba Vicuña Mackenna, su velocidad de desplazamiento, su cadencia, su conexión inigualable con nuestro organismo hacen del pedaleo un trote aéreo que primero elimina nuestra conexión natural con el terreno que nos sostiene para luego vincularnos con nuestro organismo, que pone en movimiento al artefacto que finalmente nos desplaza gratamente por el entorno.

Todo ciclismo urbano en Santiago tiene un alto componente de declaración pública. Y gran parte de los ciclistas urbanos en Santiago cultivan cierto grado de desobediencia civil. Una contracorriente que se abrió paso en medio de la pantanosa indecisión entre la solicitud de más ciclovías o el uso de la calle. La primera opción, y en este punto aventuraré un juicio, están hechas con el desdén de quién no ha priorizado realmente la bicicleta como medio de transporte, por alguien que no tiene ni la menor intención de reemplazar los actuales métodos de desplazamiento de los santiaguinos.

Sobre esto último se ha dicho bastante y estoy seguro de que hay mucho verso, por no llamarlo literatura, en la World Wide Web. Que las ciclovías no tienen circuitos eficientes, que no resuelven los cruces con las rutas de los vehículos, que lanzan a los ciclistas a las vías de los vehículos, que son peligrosas, que son estrechas, que están deterioradas y sucias, etc. La indignación ha cundido en las filas ciclistas y el resultado ha sido el arribo masivo a la calle o el zigzageo imprudente, la mayoría de las veces, en la vereda.

Permítame la desconfianza, lector, pero si las autoridades de nuestra urbe no se han puesto de acuerdo hasta ahora en materia de infraestructura ciclista dudo mucho que lo hagan más adelante. No voy a descubrir aquí las dificultades que tenemos los chilenos para los acuerdos. En general dejamos que las cosas ocurran y tomen los caminos que el azar les da, y luego, con el problema ya instalado, comenzamos a buscar las soluciones.

Precisamente eso está ocurriendo con el repentino auge del ciclismo urbano. Las falencias de las ciclovías recreativas quedaron rápidamente en evidencia con la aparición del uso cotidiano de la Bici. Para los muchos que cambiaron los tranquilos paseos de fin de semana por los menos amables desplazamientos diarios al trabajo, la universidad o el liceo, se hizo evidente que la ciclovía simplemente no servía.

Su principal problema, a mi juicio, es que los circuitos de estas rutas no forman una red que conecte las zonas residenciales con los lugares de trabajo. En algún momento del viaje la ciclovía se desvanecerá como arte de magia y el ciclista se encontrará irremediablemente con la calle o la vereda, y en ese momento deberá tomar una decisión.

Un ciclista en la vereda es un pez fuera del agua. En mis años de pedaleo he llegado a la conclusión de que el mejor lugar para un ciclista urbano en Santiago es la calle. Las bicicletas son vehículos de sangre y como tales deben circular donde la sociedad ha dispuesto que circulen los vehículos de sangre, esto es, junto a los demás vehículos. Hay un sólo problema, que más bien es una necesidad: la convivencia de nuestros frágiles vehículos de sangre con las bravuconerías de un sobrealimentado y depredador parque automotriz. Soy de la opinión de que esta convivencia es posible. Aquí algunas recomendaciones para aquellos que decidan vivir por sí mismos la experiencia del pedaleo callejero.

Visibilidad: Factor fundamental en el pedaleo callejero. El ciclista urbano debe echar mano a todo lo que esté a su alcance para asegurar su visibilidad en la vía: luces eléctricas a batería o reflectantes, chalecos fluorescentes, huinchas, banderillas, etc. Este es un factor de seguridad pero también de convivencia con los demás vehículos. Muchos accidentes se producen por la invisibilidad de los ciclistas. Si hemos de circular en las calles debemos utilizar nuestro espacio con decisión y cierta estridencia.

El oído: Nos mantiene alerta a los movimientos vehiculares laterales y nos avisa si algún motor se aproxima por la retaguardia. Con los años el oído se entrena y podemos reconocer incluso la distancia en que se aproximan los autos. Para aquellos que no nos acostumbramos a esos curiosos retrovisores de casco, la oreja, el rabillo del ojo o un rápido vistazo nos ayudan a completar la panorámica de nuestro viaje.

Derecha o izquierda: Depende de varios factores. Para viajes reposados y sin apremio la derecha nos asegura que nuestra velocidad está visada por la legalidad intrínseca de la pista derecha. Sin embargo esta aparente tranquilidad se contrapone con todo lo que ocurre por ese carril –detenciones imprevistas, virajes, puertas que se abren, locomoción colectiva, etc.–. Para aquellos que opten por esa pista recuerden que es el lugar más dinámico de la calzada y que nos obliga a una atención total. En la pista izquierda, en cambio, incomoda más la velocidad de los vehículos que los movimientos imprevistos, más la cercanía con que pasan algunos autos que sus virajes imprevistos. La clave acá es la atención que debemos prestar a nuestro manejo, a la velocidad que podemos alcanzar en el acople espontáneo a los 40 o 50 kilómetros por hora de los autos, velocidad a la que más vale preocuparse de nuestro propio manubrio que el de los demás.

Cadencia y ritmo: Mantenga, amigo ciclista, la cadencia (movimiento circular que desplaza por medio de la torsión de las bielas el volante, que unido a la cadena hace girar el piñón) durante su viaje, no lo modifique de forma brusca o sorpresiva. Cuide sus rodillas, con una relación amigable con esa importante articulación. 42 dientes en el volante y 16 en el piñón es una relación que le permitirá alcanzar buena velocidad en las bajadas y, con un esfuerzo razonable, subir las pendientes. En la calle mantenga la templanza, recuerde que usted va expuesto y en los movimientos bruscos siempre será el más perjudicado. Utilice la ventaja comparativa que da viajar sin carrocería: en la calle somos los que más vemos, los que más oímos; esté atento, mire que en los cubículos motorizados la gente pierde la noción del tiempo y el espacio. Hágase visible con los artefactos antes indicados o en su defecto a punta de gritos. A poco andar se dará cuenta por qué el ciclismo urbano es una declaración de principios en sí mismo, un statement, un modo de militancia.