La exitosa dupla responsable de El Late y gran parte del material de El Club de la Comedia trabaja en la recta final de su primera película, Barrio Universitario, humorada sobre la desigualdad educacional, el arribismo y sus propias vidas. Su nueva obsesión es el cine, pero conservan lo esencial de su apuesta: conciliar acidez y masividad en un humor que ajuste cuentas con la tragicomedia cotidiana. Nadie se salva; ni los ricos ni los pobres, ni el cine chileno ni la Concertación, ni siquiera ellos mismos. Especialmente ellos mismos.

Por Francisco Figueroa– Fotografía: Juan José Toro

Wikipedia define el contrabando como “la entrada, salida y venta clandestina de mercancías prohibidas o sometidas a derechos en los que se defrauda a las autoridades locales”. También se puede entender, agrega la fuente contemporánea de la verdad, como “la compra o venta de mercancías evadiendo impuestos”. Si Pedro Ruminot y Fabrizio Copano tuvieran que elegir una palabra para explicar a qué se dedican, contrabando sería la más adecuada. Pero no se terminan de convencer. Cada vez que enfrenta el recuadro después de “actividad”, Ruminot se toma varios segundos antes de rellenarlo. ¿Actor? No. ¿Comediante? Sí, pero no solamente. ¿Director? Claro, pero no en todos sus proyectos. ¿Guionista? Bueno, es lo que más. Copano también es de todo un poco, o mejor dicho, de todo harto, pero no le gusta encasillarse en etiquetas que aluden sólo a un aspecto de su trabajo. Lo que cruza todas sus actividades, en especial las que realizan en conjunto, es otra cosa.

Ya sea como guionistas, comediantes, directores o periodistas, toman todo aquello que en la cultura de masas o la vida cotidiana ocupa un sitial privilegiado y ellos juzgan digno de reprobar y lo vuelven objeto de burla. Ese es el giro de su sociedad: Ruminot y Copano trafican chistes sobre lo sagrado. Se niegan a pagar el alto precio del impuesto que se le cobra a la mayoría de los que prueban suerte en este rubro: la marginalidad. “No estamos ni ahí con hacer humor para nosotros, queremos entendernos con la gente”, dice Copano. “Acá esa hueá del humor de nicho no existe, este país es muy chico. Los únicos nichos están en los cementerios”, sentencia Ruminot. Y no conocen el humor inofensivo. “¿Condenar gente? –se pregunta Pedro– Sí, lo hacemos con plena conciencia. Tenemos claro quiénes son los malos y quiénes son los buenos”.

Se conocieron trabajando para Chilevisión en 2006. “En ese tiempo, Fabrizio llegaba a trabajar con uniforme de colegio”, recuerda Ruminot. Él era asesor creativo y guionista. Copano guionista y notero. Pero la sociedad existe como tal desde 2009, cuando Copano ingresa al elenco de El Club de la Comedia y arman una dupla creativa de alta productividad y eficacia cómica. Juntos son responsables de la mayoría de los gags y monólogos del programa que en 2010 se tomó el horario prime alcanzando un peak de sintonía de 27 puntos y promediando hasta 2012 unos exitosos 15. “El Club es el segundo programa de humor más exitoso en la historia de la televisión chilena después del Jappening con Ja”, dice Ruminot con mesurada alegría, nunca satisfecho.

Pero el primer programa puramente nacido del apareamiento creativo de esta dupla no fue El Club sino El Late con Fabrizio Copano, estrenado en octubre de 2012. Esta parodia de los late shows gringos y spin off de un sketch de El Club convirtió a un Ruminot de 32 años en el director más joven de la televisión chilena y a Copano en una suerte de versión local de Conan O’Brien o David Letterman, sólo que a los 23. Han ido a El Late Carlos Larraín y Carolina Tohá, Anita Alvarado y Salfate, Camila Vallejo y Gabriel Boric. Pero el paso más bullado fue el de Kenita Larraín. De los 25 minutos de entrevista sólo mostraron 44 segundos, el comienzo y el final. “Kenita –le dijo Fabrizio–, te invito a retirarte porque eres la invitada más fome que hemos tenido”. La rubia, única invitada que cobró por asistir, alegó “maltrato psicológico” en los matinales del día siguiente. “Le hicimos un favor”, se defiende Ruminot, autor intelectual de la movida. “Ella ganó plata con eso”.

Los ricos, tan imbéciles como los pobres

Por estos días la sociedad Copano &Ruminot trabaja en la recta final de su primera película: Barrio Universitario, escrita por ellos y dirigida por Esteban Vidal. Se les ve chochos. La historia narra la competencia entre un grupo de alumnos del paupérrimo Centro de Formación Técnica “Michael J. Fox” y otro de la privilegiada “Universidad Superior” por ganar un concurso de robótica. La cruza una historia de amor, mucho humor resentido e hilarantes cameos de ilustres personajes de la pantalla chica. No es tanto una película sobre la desigualdad educacional como sobre sus propias vidas.

¿En qué se inspiran para hacer Barrio Universitario?

Queríamos hacer una película sobre lo que fuese, cuenta Ruminot, teníamos hartas ideas. ¿Por qué elegimos esta? Pasa que los cuatro (ellos, Rodrigo Salinas y Sergio Freire) venimos de colegios bien pencas. Bueno, salvo el guatón (Salinas), que viene del San Ignacio. Sergio y yo venimos del mismo, un Industrial de Maipú, entonces tenemos muchos chistes de educación mala.

Yo estuve en dos particular–subvencionados –agrega Copano–, uno de curas, el Salesiano, que es malo por su moral censuradora, y luego en el Alcántara Cordillera, que es penca porque la hueá es un colegio–sucursal, como los McDonald’s, bien representativo de La Florida pujante y aspiracional, de cuando Los Venegas empiezan a ponerle rejas a su casa, entonces también tengo hartos chistes de eso.

El mío –continúa Ruminot– decían que era el mejor industrial de Maipú, lo que equivale a un basurero del barrio alto. Lo divertido era que mis compañeros se juraban bacanes, decían “qué ordinarios son los del colegio de al lado”. Ahora pienso y me pregunto: ¿qué hueá pasaba en sus cabezas como para llegar a articular un discurso sobre lo ordinario que era el resto si nosotros éramos lo peor? Y ahí te das cuenta que la discriminación también existe en la pobreza, hay pobres que creen que otros pobres son pencas y ordinarios, es como una discriminación a lo que uno es. Todos los hueones eran morenos, pero decían que yo era más, así que me decían “negro”. Había una escala de la morenitud que servía para discriminarnos entre nosotros, ¡una hueá muy imbécil!

Bueno, la película tiene mucho de esa promesa de los 2000 sobre que todos íbamos a ir a la universidad y lo que generó. Somos hueones que no deberían estar ahí, no tenemos ni los talentos ni los recursos y hacemos todas las hueás mal. Entonces habla mucho del querer cambiar para acercarse al mundo de los cuicos. Nos reímos de la hueá aspiracional, que a nosotros también nos pasa –asegura Copano.

¿Influyeron de algún modo las movilizaciones estudiantiles que emergieron justo durante el proceso creativo?

Sí, con las movilizaciones agarró otro cariz, reconoce Ruminot, cambió un poco el guión. Pero no fue premeditado, jamás nos dijimos “oh, está la cagá en las calles, hay que decir algo”. Primero era sólo una seguidilla de chistes y luego se fueron destacando unos sobre otros de modo súper natural.

Ponte tú, cuando voy a ver a la mina cuica y para volver tengo que hacer dedo en una carretera, subirme a un bote y tomarme como tres micros, entre otras cosas. Eso muestra lo separados que están físicamente los ricos y los pobres mucho mejor que un discurso fome. Además, yo mismo me perdí millones de veces por ir a ver a una mina a la cresta –afirma Copano.

“Ahora, lo que no vamos a hacer es venderla como una película del movimiento estudiantil, eso sería horrendo de oportunista. Al final, los que hacen canciones con las protestas ganan audiencia y plata con eso. Te creo las hubiesen hecho antes, cuando nadie decía nada. Además nuestros personajes son súper ahueonaos, no son pillos ni inteligentes, son como el común de nuestros compañeros de curso. El mensaje es simple, como la canción: los cuicos son tan imbéciles como los pobres”.

Resentimiento destructivo-creativo

A Pedro Peirano, de 31 Minutos, Copano le escuchó una idea que le hizo mucho sentido: la parodia, como crítica o ridiculización, es una forma de medirse con algo que uno desea superar. Desde entonces cree que todavía están en el estadio de la parodia, “pero el paso siguiente de nuestro humor es dejar atrás la etapa crítica para crear una hueá nueva, nuestra, y que después vengan otros pendejos a reírse y tirarle piedras”. Saben que ni El Club ni El Late son todavía eso y que Barrio Universitario es una primera búsqueda. Con todo, sospechan que el cine es el lugar donde su humor podrá madurar.

“Estamos bien chatos de la tele”, reconoce Copano, sin sacar los ojos de su cazuela. “En la tele no es posible crear momentos. Uno recuerda ciertas épocas del Buenos Días a Todos, cuando estaba Jorge Hevia o Felipe Camiroaga, pero nunca se recuerdan momentos específicos. En el cine, en cambio, sí: puedes hacer cosas que trasciendan”. Muestra de que si bien ya se lanzaron al cine su entusiasmo todavía proviene en gran medida de la crítica es que la pregunta sobre cuál es la peor película chilena surge rápidamente.

Este hueón me dijo un día “El Limpiapiscinas es un bodrio, vamos a verla”. Fuimos, y sí, es un bodrio pretencioso –apunta Ruminot–.

Yo la detesto por varias razones –se apura en agregar con entusiasmo Copano–. Primero, porque des–erotizó a la rica de Denise Rosenthal, así de penca. Pero, luego, ¿cachai el nivel de irrealidad del mundo de un hueón que dice “voy a hacer una película sobre un hueón que limpia piscinas”? ¡Cuántos hueones que uno conoce tienen piscina en la casa! En Chile el que busca una pega de verano es cajero del Jumbo. Pero en el mundo de este hueón tonto es limpiapiscinas. ¡Ese hueón no vive en Chile!

Se toma un segundo para recuperar aire y beber un sorbo de su jugo de piña. A los dos segundos contrataca.

López es un clasista y es notorio en sus películas. Piensa en Qué pena su vida. Ay, le pasó algo malo al personaje ¿qué? Tuvo que vender su loft e irse a vivir a la casa de siete piezas de su vieja millonaria. Chucha, mansa tragedia. Otra mala y de la misma onda: El Babysitter, de qué se trata: un hueón en Vitacura que tiene una vecina rubia, perfecta. ¡Puras hueás imposibles!

Se comenta que su estilo es resentido. Ustedes mismos lo reconocen. ¿Qué papel juega el resentimiento en su humor?

Uno cada vez menos poderoso –asegura Copano, ahora pensativo–. El resentimiento nivel 1 ya lo pasamos, que es cuando dices ‘los cuicos son unos sacohueas, me caen todos mal’. En la segunda etapa, que yo llamaría “resentimiento senior”, uno se da cuenta de por qué el cuico débil es un sacohueas, pero lo empiezas a comprender, y cachai cuáles son los cuicos malos.

Pero tampoco nos dan ganas de juntarnos con nuestros amigos del barrio, ¿cachai? Porque crecimos, ahora no tenemos mucho en común y uno quiere conocer a gente que le interese lo que a uno –se confiesa Ruminot–. Aun así, hay una marca resentida indeleble que permanece y se activa siempre que veís a un hueón que se le dio todo fácil y te quiere cagar. Y eso siempre va estar en nuestros chistes.

El paredón de la risa

A Copano no le parece que a la comedia se le exijan lecciones: “el humor es escéptico, plantea las preguntas, pero no tiene por qué ofrecer las respuestas”. “Además –agrega Ruminot– nadie nos las pide realmente”. Aun así, saben que en la medida que traza una línea entre lo que merece ser objeto de burla y lo que no, el humor es también normativo. ¿Con cuánta espontaneidad y cuánta premeditación administran esa línea? “Las dos al mismo tiempo”, señalan al unísono.

Me encantaría que la gente conociera a los Angelini, los Luksic y los Matte y nos pudiéramos reír de ellos –lanza Ruminot–. Pero no como cuando lo hace Jorge González y la gente piensa “ya está este loquito hablando sobre la gente de apellidos raros”, sino reírnos todos juntos.

En el fondo de lo que hay que reírse es de la Concertación –sentencia con seguridad Copano–. Hay que hacer lo mismo que se hizo con el gobierno de Piñera, demolerla. El imaginario según el cual son dueños de la cultura, que son los buenos, que son de izquierda y todas esas mentiras.

Durante mucho tiempo hubo como miedo de reírse de la falsa izquierda. Y ahora muchos se ríen de Bachelet de la manera más ofensiva y que más la blinda: ‘ah, la guatona’ –dice Ruminot poniendo voz de idiota–. Hay que reírse del bacheletismo, hacerlo pebre, pero por lo hipócrita.

Lo que indigna y llega a ser chistoso –apunta Copano– es que mientras la gente discute y se agarra, estos hueones arman shows en la tele pero después, como son de las mismas familias y círculos, siguen siendo amigos, ¡porque en el fondo no les importa!

La mala opinión de la dupla sobre la Concertación no proviene sólo de una convicción ideológica, sus propias experiencias han aportado lo suyo. Cuando el Consejo Nacional de Televisión intentó censurar un sketch de El Club de la Comedia sobre Jesús, “Genaro Arriagada fue el hueón que más nos persiguió”, aseguran. Para las municipales de 2012, cuando Ruminot inició una campaña de recolección de firmas para postularse como alcalde de Maipú, Pedro vivió una singular experiencia, que hoy recuerda con risa.

Un día me llaman Guido Girardi y Pepe Auth para invitarme al ex Congreso. Yo iba y voy a seguir postulándome como independiente, pero quería escuchar, así que fui. Me sientan en una mesa gigante y sin mediar mayor presentación me dicen: “queremos que bajes tu candidatura”. Me pareció una hueá súper carerraja y les pregunté por qué. Me dijeron que no iba a salir y que si no me bajaba podía ganar la derecha. Me ofrecían ir de concejal como independiente en su pacto. “Ni cagando”, les dije, “¿por qué voy a hacer eso si a ustedes nadie les cree?”.

Ruminot termina su carne mechada, Copano su cazuela y la conversación vuelve al problema de las limitaciones de la televisión y las posibilidades del cine. Se nota que el tema les quita el sueño. Fabrizio reconoce, mirando su plato vacío, que quiere irse a trabajar al extranjero y aprender. No quiere ser un hueón fome y decadente a los 30, dice. Pedro no está para esos trotes, ya es padre de dos hijos, explica. Su entusiasmo hoy es el cine, pero se la toma con prudencia. Cuando quiere algo lo persigue como Forrest Gump, asegura, con obsesión y disciplina.

Nos levantamos de la mesa y en la entrada del restaurant aparece Beto Cuevas. “El día que este país respete al Beto yo respetaré a este país”, musita entre dientes Ruminot. Hacen el amago de ir a pedirle una foto, cual fans, pero miran la hora. Es tarde, hay que volver al trabajo.