Texto: Juan Domingo urbano. Fotografía: Jko Contreras.

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Durante mucho tiempo pensé que solo viajaba para leer. Y que la excusa de salir, tenía que ver con el tiempo que podría disponer para mi lectura. Sin otra compañía que un libro, me dejé llevar por páginas que en momentos se convirtieron en angostos derroteros, otros en caminos polvorientos, en calles pavimentadas o bien, en veloces autopistas donde suponía nadie me daría alcance. Hay viajes extremos, qué duda cabe, y los libros forman parte de esa aventura de espejismos y telones de fondo, por donde solo vagan dos amigos inseparables, tan ajenos al mundo. Pienso, a propósito de lectores, en el Che Guevara leyendo en la Sierra Maestra; en el maletín perdido de Walter Benjamin y hasta en el choque automovilístico que cobró la vida a Albert Camus, y cómo entre las latas retorcidas pudieron recuperar el manuscrito de su novela póstuma. Libros y contextos. Extraña forma de vida. Cuando entregarse a la ruta, sin atender distancias, no tiene más objeto que la fusión de esa doble condición de pasajero en tránsito: la línea del desplazamiento físico-geográfico, y otra, el camino de la imaginación y el pensamiento. Ambos inevitables ejercicios de huida, de abandono, fuga, pero también de encuentro, de un arribo merecido, que nos hace recuperar el (im)posible tiempo perdido. La calma del lector, solo encuentra su símil en el descanso eterno de los muertos. “El que lee mucho y anda mucho ve mucho y sabe mucho” puso Cervantes en boca del Quijote, lector viajero por antonomasia. Una sensación que, más allá de la simple analogía, consigue hacer de ese mismo trance –el tiempo suspendido y en blanco de la lectura– un fabuloso desdoblamiento, donde dejamos de ser nosotros mismos, echando abajo las fronteras de la conciencia. Porque tanto en un libro como en un viaje, lo que importa es el avance, su desarrollo, no necesariamente su final.

Horas maravillosas dentro de papeles apilables como años, en duras tapas que, sin saberlo, fueron formando las capas de mi memoria.

Probablemente sean más los libros que recuerdo haber leído, que los lugares en que he estado. Las tierras visitadas se desplazan cubiertas de una nebulosa que mi recuerdo solo sitúa a partir de unos títulos, autores muertos y páginas marcadas. Solo los libros se acaban; el viaje no termina nunca.

Libros que salen de viaje

Leí los mejores cuentos de Onetti camino a la Patagonia, perdido en carros y buses fantasmales, con tanto tiempo para las detenciones como para los saltos de mi vista, entre los pasajes que parecían hundirse en los charcos de Santa María y unos atardeceres que añoro, cerrados y enrojecidos, sobre la línea de mi nariz adolescente. Sí, los vaivenes de esos ruinosos caminos fueron la forma de quebrar o bien de obstinarme, en seguir leyendo páginas que como puntos dispersos no dejaban de hilar secuencias, filigranas de hormigas, organizando su auxilio de grafías, para un aprendiz de hombre que caía con asombro en la melancolía, creyendo que así se fraguaban los lectores. Alguna vez un amigo me aconsejó que leyera poesía, dada la brevedad y la mínima concentración que requería, según él, cuando saliera de viaje. Con los años comprobé que el consejo, más que como una certeza, buscaba nos dedicáramos a leer más versos en oposición a la prosa, buscando que yo desistiera de las latas novelas que tanto me gustaba retomar, infatigable, venciendo el sueño y la lenta reconstrucción de unas tramas intrincadas, más parecidas a proezas sobre un andamio, cuando caía en picada con Mann, Proust, Emar o los laberintos burocráticos de K.

El tiempo haría lo suyo y en un mismo viaje a Concepción, conseguiría hacerme de Veinte poemas para ser leídos en un tranvía, de Oliverio Girondo. Un libro que, más que una apuesta a la justificación, lograría alumbrar los episodios de cierta vanguardia porteña de comienzos del S. XX, solo comparable a la aventura prosaica y urbana de Poe, incapaz de encontrarse solo en la multitud, o el flâneur que tan bien me haría resistir, entre viaje y viaje, la horrenda ciudad de la furia donde solía retornar, como si Ítaca siempre hubiera sido parte de un oráculo imposible. Se lee como se vive, declaraba un amigo que hizo justicia por propia mano, con sus ojos inyectados, asegurando que él creía que la literatura sí podía salvar vidas. No supe si creerle entonces y ahora ya me he convencido de que no, o más bien que uno vive como lee. De un viaje, lleno de júbilo, pese a errar por este valle de lágrimas. Yo prefiero recogerme, con cierta certeza, a esa fragilidad de lo efímero y su destino, anunciado tan bien en ese ensayo revisionista de Piglia, donde dice que cada vez que tenemos un libro entre las manos, podemos ser un último lector.

Recomendaciones: lea a Parra en la cola de un banco. Así como a Bertoni en el supermercado o recorriendo los pasillos de un mall. Vaya a buscar trabajo con un libro de Carver bajo el brazo. Lea cualquiera de los cuentos, incluso alguna novela corta, de Bolaño ocupando el tiempo muerto de los aeropuertos. Lea a la Lispector solo, exclusivamente solo, cuando se sienta rebosante de alegría en la soledad de su patio o en el antejardín. A Jodorowsky solo léalo navegando en Internet. Así como a los poetas chinos, ciertos haikus, o a nuestro querido Teillier, en el mudo corazón de un bosque.

Libros de viejo, libros de viaje

Curiosamente cuando tenía menos plata, solía dejar unos billetes para la compra de libros. Eran tiempos de estudiante y de trabajos ocasionales. Con las monedas que ahorraba de las fotocopias, lo que lograba juntar por recambios de pintura o el pago por mis horas como dependiente en un negocio de confites, me dejaba caer por las librerías de Freire o Maipú, en el centro de Concepción. Las que aunque no estaban precisamente en el lugar más bohemio o letrado de la ciudad, conseguían dar cierto toque de prestancia y no poco misterio, a una serie de tiendas de calzados, repuestos eléctricos, antigüedades, revelados fotográficos, disquerías y oficinas clausuradas, que poco o nada sabían de los ladrones de libros o ratones de bibliotecas que las asaltábamos. También estaba, recuerdo a mediados del ’90, en pleno paseo Barros Arana un curioso puesto junto a un árbol, al frente del restaurante Nuria, donde se vendían textos escolares y varios saldos, nada despreciables, de microeditoriales y ediciones autogestionadas. Se llamaba “El árbol de la memoria”, si mal no recuerdo, y allí me hice del diario de Luis Oyarzún, y otras cosas de Teillier, confirmando que el nombre no tenía nada de casual, apelando a un antológico poemario de este último. El resto eran unos patibularios locales con rumas de libros que llegaban al cielo, mientras algo de Capote, Bukowski y Ciorán, naufragaba entre revistas, colecciones del Reader’s Digest y manuales técnicos. Librerías al fin, con escaparates atestados de libros viejos, enmohecidos, enmudecidos, ajados, como niños de un orfanato o refugiados de guerra, que esperan les sea devuelto algo de atención y luz; librerías, con todo, en algún sentido, comparables a los de calle San Diego, a las de Corrientes, calle Mitre o los húmedos y fríos galpones del persa Bío-Bío, ofreciendo a un costo razonable, los que serían mis primeros ejemplares de Auster, Tabucchi, Calvino, Camus, Carver y Kerouac; algunas joyitas de Lihn, De Rokha o González Vera. Lo mismo la posibilidad de completar mi colección de Droguett, y el acopio de muchos, sino de todos los de Arlt (fabuloso hallazgo de los cuentos africanos) y hasta de Donoso y las novelas de Cortázar. Más el eventual encuentro de aquellas voces punzantes y profundas del mejor Vargas Llosa de Los Cachorros (entre paréntesis titulado “Pichula Cuellar”, en mi ejemplar de Lumen, 1970) y Conversación en La Catedral, del que aún resuena la pregunta con que arranca el protagonista, tratando de explicarnos también en estos días la horrible metamorfosis de nuestros países latinoamericanos: “¿En qué momento se había jodido el Perú?”.

Lectura en movimiento

Comprar sobre todo en Manuel Montt, en las inmediaciones de esa parada y el metro El Salvador, implicaba una tarde solitaria de almuerzo entre oficinistas y de cervezas happy hour, reposadas en las mesas del frontis donde se levantó el night-club “Passapoga”. Lo que seguía de ese recorrido era abandonar por cansancio y el fin de los ahorros mi día de consumo libresco, y así partir revisando mientras caminaba –otra forma de lectura en movimiento– las primeras páginas de unos libros imborrables y fundamentales, que han perdurado como sellados a fuego en mi memoria: “Escribo para olvidar, esto es un hecho, necesito meter un poco de tranquilidad a mi alma, necesito dormir, Dios sabe, sólo Dios sabe que hace diez meses que no duermo, aunque él tampoco dormía, bien lo recuerdo”. (Patas de perro, Droguett); “Todo empezó por un número equivocado, el teléfono sonó tres veces en mitad de la noche y la voz al otro lado preguntó por alguien que no era él. Mucho más tarde, cuando pudo pensar en las cosas que le sucedieron, llegaría a la conclusión de que nada era real excepto el azar. Pero eso fue mucho más tarde”. (Ciudad de cristal, Auster); “Cuando creía que ya habían pasado por mis manos la totalidad de escritos, cartas, documentos, relatos y memorias de Maqroll el Gaviero y que quienes sabían de mi interés por las cosas de su vida habían agotado la búsqueda de huellas escritas de su desastrada errancia, aún reservaba el azar una bien curiosa sorpresa, en el momento cuando menos lo esperaba” (El Diario del Gaviero, Mutis); “2 de noviembre. He sido invitado cordialmente a formar parte del realismo visceral. Por supuesto, he aceptado. No hubo ceremonia de iniciación. Mejor así” (Los detectives salvajes, Bolaño); “Conocí a Dean poco después de que mi mujer y yo nos separásemos. Acababa de pasar por una grave enfermedad de la no me molestaré en hablar…” (En el camino, Kerouac); “Cuando tenía catorce años me inició en los deleites y afanes de la literatura bandoleresca un viejo zapatero andaluz que tenía un comercio de remendón junto a una fachada verde y blanca” (El juguete rabioso, Arlt); “En el campo, la vieja granja de Mato Rujo permanecía a ciegas, esculpida en negro contra la luz de la tarde” (Sin sangre, Baricco).

Comienzos ineludibles, imposibles de separar, pienso ahora de esos curiosos paseos, de seguro vistos por los transeúntes o los pasajeros de las micros, autos o el metro como el afán patético de quien camina sin saber dónde pisa –extraña forma de levitación sobre el suelo– ostentando un cartel de intelectual, entregado tal vez, producto de una aburrida existencia, a la búsqueda de una mejor y renovada vida en un libro. Inicios irremplazables, me digo ahora, tratando de convencerme de que pese a que no fueran el inicio literario por antonomasia, sobre aquel lugar de la Mancha que se evita recordar, conformarían la superficie más auténtica de mi fascinación por lo que algunos, vid. Vila-Matas, como los síntomas claros de un “enfermo de literatura”. Pero qué importa. Nadie puede resistirse a revisar los primeros pasajes de un libro recién comprado, e incluso llegar a terminarlo, antes de arrellanarse en su sillón de terciopelo verde, donde siente pasar la vida, viendo avanzar palabras, palabras, palabras, convencido con nuestro Juan Luis Martínez de que “el movimiento es la única manera de permanecer vivos”.