texto y foto de Juan Domingo Urbano

Cuánta razón tuvo Chéjov en su cuento ¡Chissst! (1886) al describir la angustia que provoca la entrega de una colaboración a un periódico y no lograr concentrarse. Este relato, escrito entre las horas que el joven médico le robaba a su turno en el hospital y firmado como A. Chejonté, corresponde a las primeras historias que enviara a revistas locales, intentando hacer lo que más deseaba entonces: llegar a vivir de la literatura. La anécdota es sencilla. Iván Yegórovich Krasnujin, escritor por encargo, desesperado por no conseguir silencio en su propia casa para escribir, grita a su mujer, gruñe por el llanto de sus hijos, se pelea con la empleada y ordena a su criado que no rece en voz alta, porque no logra dar ni con el título de su entrega y las horas solo las ve avanzar. El cuento es breve, escueto y hasta cómico. Pero como todas las narraciones de Chéjov logra hacer del ridículo una aguda crítica a la condición humana, la que así pasen los siglos siempre será absurda e inevitable, como solo sus textos se han encargado de confirmarlo: “Nuestro trabajo, este trabajo maldito, ingrato, de presidiario, no fatiga tanto el cuerpo como el alma… Debería tomar unas gotas de bromuro… Oh, Dios es testigo que, si no fuera por la familia, mandaría a paseo este trabajo… ¡Escribir por encargo! ¡Es horroroso!”. Pero ¿por qué recordar justo ahora este cuento? Podría haber varias razones, pero solo una sería mi respuesta más inmediata: a veces se escribe por obligación. Me carga sentirme comprometido a teclear, pese al desgaste de material (es san viernes y pergeño esta crónica que me prometí sostener semanalmente) y por eso tengo que pensar en un escritor que admiro para darme amables ánimos, ahuyentando cualquier idea estúpida de las musas inspiradoras, cuando todos saben que la única inspiración es el tiempo por delante para hacer lo que nos plazca: incluso sentirse creativo, o bien ocioso, o comprometido con uno mismo y mi querido editor. Acaso, esto justifica, fuera del yugo obrero, y que justifica el ponerse metas y no plazos: hacer algo por la escritura. Una dedicación y no un deber. Acciones como fin de las cientos de palabras perdidas en el intento. Largas horas frente al computador, con la conciencia en blanco, esperando llenar una pizarra con estas notas preparatorias o work in progress, que a nada me han llevado, y que solo han descuidado mi absurda empresa de novela monumental de cuatrocientas páginas, estancada en un estante de una licencia médica infinita. Hay veces en que la imposición es la mejor aliada para la aventura de escribir cercado por la propia suerte. Sobre todo cuando el problema –volviendo al cuento– es la excusa de Krasnujin, para no hacer lo que tenemos que hacer y dejar de darnos vueltas alrededor del escritorio, sin más ganas que las de respirar, pensando que es nuestra inocencia, la ofendida, cuando se nos pide echemos afuera aquello que tenemos más que atorado, dormido por la flojera, la desidia, esa languidez tan parecida al placentero ocio, que nos hace mirar todo como trabajos inútiles. La realidad siempre nos supera. Y de eso siempre seremos fáciles presas. Tengan por seguro que si no hiciera el frío que hace, y yo evite estudiar, leer o seguir limpiando los registros de campo recogidos, evitándome este papel del loco, jurando y re jurando sobre todas las columnas que nunca, pero nunca, escribiré, bajo el nombre de Juan Domingo Urbano. Cuánta razón tenía Chéjov. ¡Ya no basta con rezar!