texto y fotos de Daniel Noemi

Ese fue el tiempo que, con un par de escapadas, pasé en SCL este año. Las ciudades siempre nos llenan de sorpresas, más aún si se trata de la ciudad en la cual creciste y que ha cambiado tanto sin cambiar mucho. Diría el gran Lezama Lima: una ciudad es siempre una súmula nunca infusa de excepciones morfológicas. Y quizá no cabe mejor explicación para Santiago, sus calles y su gente. Converso con gente, me doy cuenta que hay una esperanza desesperanzada o alvesre: el cuento es que la gente está comenzando a hablar, que el miedo ha dado paso al enojo, el silencio a la puteada, el cubrirse la cara al escupitajo. Puede no ser elegante, pero –ya era hora saberlo- no se viven tiempos elegantes, sino urgentes, demandantes y necesarios. Santiago no quiere ser más de lo mismo. Buscar el sueño como se busca el amor: camino por Santiago buscando lugares de la memoria, bares, esquinas, espacios, plazas, vistas de la cordillera, ruidos, olores, semejanzas, olvidos, calles, recovecos, aquel lugar donde sucedió aquello, músicas, noches y marchas, semblanzas, historias, posibilidades… Me sumo a las marchas: las veo como un extranjero que quiere pertenecer. Todo está pasando, converso con amigos (todo pasa y todo queda me recuerda alguien), a veces la memoria es puro presente y pura necesidad. Me junto con la gente de El Desconcierto y me cuentan de sus planes. Les pregunto si van a votar por alguien. ¿Qué se busca en esas páginas y en esos bytes? Camino por Providencia, la Alameda, Ejército, hablo con una amiga en la Portales, doy clases en otra U, en la micro de pronto una clase de historia de Chile, un discurso largo, armado y preparado, habla de los mapuches y del himno nacional, la mayoría lo ignora, no todos. ¿Cuánto sabemos –cuánto sé- de la historia de Chile? Me bajo y creo que va a llover, llego tarde al lanzamiento del libro pero este todavía no ha comenzado, veo la televisión, las noticias, las quejas y acusaciones del gobierno que no dejan de ser divertidas; mientras por el otro lado juran y rejuran lo que mañana dejaran de jurar. Bachelistas desconcertados. Comunistas bacheletistas. ¿Y usted por quién vota? ¿Asamblea constituyente? Asamblea constituyente. Lo que importa, me dice una amiga, es que se está moviendo la embarcación. Por fin. La política, por definición, nace de las ciudades. Y cada ciudad es un misterio que se revela a cada vuelta y cada esquina. Santiago tiene su aroma y su sonido: caminar sus calles es volver siempre a un lugar al cual uno no estuvo. Paradojas y paradojas, pienso, mientras comparto una, dos o tres chelas con el Gonza en el Palo Alto. Porque todas las vidas siguen (como el pasado siempre estará con nosotros, el futuro es urgentemente presente), y nos reímos de un chiste mal contado (de un pasado puesto entre paréntesis). Y ahora veo más gente en bicicleta, vías urbanas para ellos; más gente corriendo, la salud del cuerpo en su apogeo – por lo mismo que hay que sumarle la mente sana a ese cuerpo nomás, digo yo. Vías verdes, comidas sanas, y una contaminación que te sigue matando –enciendo un pucho. Camino desde Franklin a Providencia. No es mucho pero es algo. Me junto con un amigo que vive en Tirúa. Vengo del campo, me dice. Los contrastes son fuertes, violentos. Las cosas no están ni son como las pinta Piñera –bienvenidos a Chile, atendido por su propio dueño, leo en el Club Santiago-, hay más rabia, más enojo, más bocinazo, más diferencias, más peleas. Pero también hay más darse cuenta o mejor dicho un darse cuenta diferente: la posibilidad de la palabra que se presiente y se siente en cada calle. ¿Por quién vota? El taxista me dice que de todas maneras por la derecha. Que los otros son unos ladrones que no le han trabajado un peso a nadie. Le pregunto a quién le ha trabajado el patrón de fundo que tenemos por presidente. Sonríe y me pregunta de vuelta. No digo nada. Es tarde. Extrañamente, escucho el rumor del río (de qué río me pregunto, si no tiene agua). Las luces de los departamentos se reflejan entre ellas. Hace un poco de frío. Un auto pasa rápido. Mañana me voy. Siento a Santiago mirándome. Hay noches como esta en que la memoria se nos viene demasiado fuerte y con demasiadas ganas. La ciudad es una suma de momentos, de lugares específicos, de nombres, de besos perdidos, de deseos incumplidos, de copas dejadas a medio tomar. Y de todo lo demás, por cierto. Porque ahora, en esta madrugada, bordeando un río apenas existente, llega una brisa que sin querer toca mi boca, mis ojos, el frío de mi cuerpo. Quizás. Algo huele bien en Santiago. El tiempo está arrancándose de su cuajo.