texto y foto de Juan Domingo Urbano

Estos días de pájaros, han ido estrechando ya no solo mi percepción contemplativa, sino la experiencia de ver cómo el paseo de esas avecitas por el patio, me develan un espacio para recuperar la preciada calma, en tiempos, particularmente, agitados como estos. La vida de los pájaros me atrae. Los busco. Me gusta saber de ellos. Acaso creer que al sumarme a su perfección con la mirada, también formara parte de su mundo. Detengo la vista con sencillez, como una suspensión del tiempo en ese vuelo. Una tórtola recorre el largo del cobertizo recogiendo migas de pan. Un gorrión circula al borde de la piscina, exhibiendo su simpleza, pareciera estar mirándose cuando se inclina hacia el agua. Porque son nerviosos los gorriones… Ahora mientras sigo a un mirlo azul-pizarra dando saltitos, puedo trasladarme a la costa de Lenga y ver otra vez su avance por la orilla de la playa, meses antes del tsunami. Olas del recuerdo revientan como la espuma. Muchos pajarillos hoy se han congregado en mi patio. Yo los dibujo, los fotografío, intentando retener su vuelo, con mis sentidos, dispuestos a su aleteo. Toda ave es, también, un pajarillo libertario, me digo. ¿Cuánto se ha escrito sobre ellos? Se les refiere en el náhuatl, los releva Aristófanes, la dinastía Tang, el Siglo de Oro, y estas remotas páginas:

Los pájaros y su devoción al silencio es roto con su trinar cuando un graznido deviene en canto. La vida integra a su ritmo el agitar de sus alas como una fugaz visión del tiempo.

Quizás no sea un buen intento, pero es mi hallazgo desde la escritura.

Escribir sobre su vuelo. Esa es una apuesta. Una melodía de la luz. Son segundos recogidos en la memoria. Un pájaro como el instante de los buenos momentos. Toda una historia. La vida que nos alcanza. Para los humanos “vivir como pajaritos” es un peyorativo de que no se tiene proyección ni nada fijo por hacer. “Tener pájaros en la cabeza”, “andar pajareando”, “ser un pájaro” o “una pajarita”, es signo de ser insignificantes. ¿Cuántos sabemos de ellos?, ¿por qué permanecen en la ciudad? Yo los recupero.

Planeando sobre los techos

Existe una clave en un aforismo de Kafka que me inquieta: “Hay un pájaro que vuela en busca de su jaula”. Algo representa. Qué dice. Podremos interpretarlo. Abre una posibilidad de respuesta que no me animo a responder. ¿Se vuela hacia una jaula? Sí. Se vuela hacia una idea de libertad. Con los años he logrado convencerme, lecturas y ocio mediante, que la vida contemplativa en su pureza se da, efectivamente, en la urbe. El zen para pasajeros, que decía David Bustos. La vida en el bosque de cementos. Como los pájaros con vuelos reducidos y planeando sobre los techos. Nací en un departamento en Hualpencillo, en la comuna de Talcahuano. Mi pieza de un cuarto piso daba a un enorme eucaliptus que en las noches –según cuánta angustia o fascinación intencione en mi recuerdo ahora– rasguñada o acariciaba con sus ramas mi ventana. Vivir con la naturaleza en la nariz, jugando a hacer un hueco con la mano en los vidrios empañados del invierno, y del otro lado ver pasar la gente, el barrio, la vida adulta. El mundo que giraba allá afuera. Sí, algo reconocemos en las jaulas, la casa desaparecida, y siempre se termina volviendo a ellas. Kafka. Ciorán. Auster. Camus. La prisión citadina. La desolación del que se pregunta. Cuestionarse. Porque es parte, del menos común de los sentidos.

Lugares comunes

En días oscuros de lluvia como hoy, segundos antes de que se desate la tormenta, cuando todos los pájaros han volado de las azoteas, de las cornisas, de los techos y las mansardas del barrio, pienso en el poema “Los justos”, de Borges. Y reviso su recuento en sordina de todo lo que nos asombra, y que a nadie, realmente, parece importar; un listado de cosas bellas, que van a dar al ángulo perdido, donde se arrumban las cosas ordinarias:

Un hombre que cultiva un jardín, como quería Voltaire. El que agradece que en la tierra haya música. El que descubre con placer una etimología. Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez. El ceramista que premedita un color y una forma. Un tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada. Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto. El que acaricia a un animal dormido. El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho. El que agradece que en la tierra haya Stevenson. El que prefiere que los otros tengan razón. Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

Yo soy, agregando un verso a Borges: El que se alegra de que a su casa lleguen pájaros. Y lo único que tengo claro, es que mientras escribo esto, una bandada de tricahues, verdes fluorescentes, cruza volando por los techos de mi barrio. Estos loros han sido plaga en Argentina, dicen los mal intencionados, para mí son una alegría. Una de tantas.