Por Sebastián Fierro

Hace poco días se publicó en El Mercurio una columna de opinión titulada “!La educación no es un derecho!” de la mano del abogado Axel Keiser. Además del mérito de haber titulado de una manera desafiante el artículo, Keiser tiene la virtud de entregarnos una sintética exposición de los axiomas fundacionales del neoliberalismo. Es, francamente, una belleza. Con el recrudecimiento de las consecuencias del mal llamado modelo de libre mercado, son pocos los políticos y empresarios que enuncian lo que sin lugar a dudas sigue siendo el pensamiento hegemónico en las instituciones de poder, o sea, el sistema neoliberal. Todos han tratado de almidonarlo de alguna forma, excepto algunos pocos, entre ellos, el joven emperador. Lo interesante, sin embargo, no reside en el amplio rechazo que generó en las redes sociales esta columna, ni tampoco los argumentos con que fue rechazado, que en gran medida son correctos, y sobre todo, necesarios. Lo realmente importante es saber la falsedad y arbitrearidad de la construcción política de Kaiser, no como simple antonimia entre un dogma económico y una concepción humanista, no como análisis técnico versus visión altruista, sino a partir, justamente, de las bases que sustentan las afirmaciones de la columna. Trataré de hacer un breve recorrido ideológico suficiente para abrir una disputa.

Para todo lector atento debió haber generado un poco de ruido el texto, una leve suspicacia respecto a máximas lanzadas sin ejemplo ni consideraciones, y están en lo correcto. Aseveraciones del tipo “la sociedad es una abstracción” o “la educación es un bien económico” son expuestas sin mayor desarrollo, como silogismos autoevidentes y pertenecientes al reino del sentido común. Ahora bien, siendo considerados, esto no es realmente culpa del autor, porque sus ideas, que no son suyas obviamente, están fundadas en una concepción neoliberal que lejos de ser una expresión de un análisis científico de la realidad, es un proyecto político normativo, una voluntad teórica y práctica de construcción de la realidad.

Kaiser cita a Frédéric Bastiat, liberal francés de la primera mitad del siglo 19 como fuente de inspiración. Sin embargo, las ideas de las que se alimenta recorrieron un largo y a ratos tortuoso camino bien lejos de las calles parisinas por las que caminó Bastiat. Primero, no existe un solo liberalismo. Desde los tiempos de Adam Smith, mucha agua ha pasado bajo los puentes de las escuelas liberales. El término “neoliberalismo” empezó a ser usado a mediados del siglo pasado por economistas alemanes para diferenciar a los teóricos de la economía social de mercado de los liberales sociales amparados principalmente en el Estado keynesiano. Los neoconservadores, o sea, los neoliberales, durante la mayoría del siglo XX fueron una minoría bajo la hegemonía de las políticas del Estado de Bienestar. Sin embargo, lograron sobrevivir en pequeños enclaves, especialmente en algunas universidades como la de Chicago que luego llevarían la batuta. El padre de esta escuela liberal es el economista austriaco Ludwig von Mises, cuya obra fundacional es “Liberalismus” de 1927, en la cual sentó los principios básicos que siguieron sus herederos Friederich von Hayek y Milton Friedman, este último por lejos el más célebre de la escuela. Estos ideólogos comparten ciertas nociones con otros liberales conservadores como Peter Berger o Daniel Bell, pero sus diferencias son significativas. Subrayo la diversidad de escuelas liberales no porque simpatice con alguna, sino porque los herederos de Mises consideran que su liberalismo, el neoliberalismo, es realmente el único liberalismo que existe. De hecho, para ellos sus opositores no eran los autores socialistas, o no por lo menos sus adversarios más directos, sino otros liberales como Stuart Mill y John Dewey.

Pero volvamos a la columna. Para el autor tal cosa como la sociedad no es más que una abstracción, un artilugio artificial para denominar a algo que no es más que la suma de individuos, o como señaló de manera magistral la difunta Margaret Tatcher en su momento: “no existe algo llamado sociedad, existen hombres y mujeres individuales y existen familias”. Para los neoliberales la concepción de una sociedad es una distorsión a la que anteponen la ficción del mercado, ente regulador en el que la suma de individuos convergen y se realizan, o pierden dependiendo del caso.

Esta idea de mercado tiene dos bases fundacionales: primero, una concepción antropológica signada por el individualismo posesivo, en el que las personas establecen relaciones de propiedad consigo misma y con sus bienes, y a través de ellas interactúan con el resto. Por lo tanto, una apuesta del sujeto como “Homo economicus” que solo se realiza en la economía, cuya expresión sería el mercado. O sea, que la realización subjetiva del individuo solo sería posible en el mercado ya través de relaciones mercantiles. De hecho, está tesis es llevada al paroxismo por sus corifeos, llegando al extremo, en el caso de Milton Friedman, de proponer a los padres dirimir la cuestión de tener hijos bajo la elección de si los ven como un bien de consumo o de capital.

Por otro lado, una traducción lineal de los principios biológicos de la teoría de la evolución a la pregunta por la sociedad, cuyo relato es el darwinismo social. Si los individuos solo median su existencia y la convivencia con sus pares bajo lógicas de maximización de la ganancia, esto es solo la expresión natural determinada por la pugna permanente entre seres superiores e inferiores, en la que cualquier interferencia no solo sería innecesaria porque el mercado autoregula esa pugna, sino que además sería nociva porque atentaría contra el desarrollo humano.

Por eso también para Keiser solo deben existir las libertades negativas, o sea las libertades formales como la libertad de expresión o la propiedad privada. En cambio, las libertades positivas como el derecho a la educación serían una ficción que tergiversan el concurso natural de los individuos en el marco natural del mercado. No debe haber un Estado que provea de educación gratuita, porque para él esto sería forzar a los que “limpiamente” han ganado en la arena del mercado a costear un servicio a los perdedores, o sea, a los que probaron ser inferiores. Estas distinciones entre libertades positivas y negativas, conceptos prestado de Isaiah Berlin por cierto, son solo posibles si es que justamente la sociedad es una abstracción y el mercado la realidad, ya que para los neoliberales en el mercado se dan citas individuos en igualdad de condiciones que se baten por la maximización de sus ganancias y en el que su éxito está determinado solo por su valía, esfuerzo y astucias.

Por supuesto que sí hay solo individuos no existen clases ni instituciones fácticas de poder ni cualquier tipo de condicionante que determine las posibilidades de los individuos en el mercado. Con esto volvemos al carácter normativo, y finalmente utópico del proyecto totalitario neoliberal. Lejos del así llamado fin de los metarelatos, vivimos bajo la hegemonía de un proyecto totalizante que permanentemente lucha por llevar a cabo su realización. Siempre han existido sociedades, o sea, cuerpos sociales en que los individuos generan relaciones de producción con las que realizan no solo su vida material sino su propia subjetividad. Y esto muy para desgracia de los neoliberales, quienes tuvieron que esperar y alentar la instauración de regímenes autoritarios para aplicar sus proyectos. Nuestro caso como país tal vez sea el más extremo, en el que una dictadura militar suprimió todo tipo de actividad política y social para llevar a cabo las ideas fanáticas de los “chicago boys”. Pero también es bueno considerar casos como el de Inglaterra, que bajo el gobierno de Tatcher llevó a cabo una desarticulación sistemática de todo el sindicalismo, desactivando todos los polos de resistencia social a la instauración libremercadista. O el reaganismo en Estados Unidos.

Debieron esperar también el agotamiento del modelo keynesiano fordista de producción y el paso a un Estado de corte schumpeteriano competitivo, modelo que reactivó la tasa de ganancia capitalista abriendo campos históricamente ajenos a lógicas mercantilistas, destruyendo áreas tradicionalmente públicas, como la educación.

Pero su paciencia y activismo dieron sus frutos, las ideas del señor Kaiser y sus correlegionarios son hegemónicas prácticamente a nivel planetario. Sus fórmulas han sido materializadas a hierro y sangre en casi todas las economías y han conquistado instituciones globales como el FMI o el Banco Mundial, quienes han actuado como celosos guardianes del orden neoliberal. De hecho, en estas instituciones se reafirma la ceguera totalitaria neoliberal: se propone lo mismo para los países africanos que para los latinoamericanos, lo mismo para el Congo que para Haití, la desregulación como receta global ajena a las condiciones particulares de cada región. Y cuando la cosa falla, no es problema del mercado, es porque faltó mercado. La época dorada del capitalismo bajo el alero Estado keynesiano fue posible a pesar del Estado para los neoliberales. Mientras exista Estado su utopía no será realizable, pese a que su modelo solo ha logrado sortear sus crisis gracia a él.

Por esto no es fundamental que las ideas de Axel Kaiser sean repudiadas por la mayoría de la población, es importante, y mucho, pero no crucial. Mientras esta ideología siga prevaleciendo en las instituciones del poder, ya sea político o económico, el consenso social no es inmediatamente indispensable.

Pero diré más. La educación no es un derecho en un sentido asistencialista, sino una verdad objetiva no solo porque vivimos en un modelo impositivo fundamentalmente regresivo, sino porque en última instancia es el trabajo el que produce las riquezas de las naciones: son los trabajadores los que llevan en sus manos el progreso material de la sociedad. Lo de gratuita es solamente la abreviación de la consigna, que sea de costo cero no significa que se gratuita, sino que las costea la inmensa mayoría de los chilenos que son los que trabajan. El neoliberalismo es oscuro y lleno de terrores. La sociedad chilena ha dicho basta y ha echado a andar, pero esto no es suficiente. Las verdades neoliberales seguirán siendo verdades mientras no conquistemos las instancias de poder y construyamos la verdadera democracia, en que los dichos expresados en esa columna de opinión solo tengan cabida en el museo de la miseria y la explotación.