Jorge Díaz y Cristian Cabello, Colectivo Universitario por la Disidencia Sexual (CUDS)

¿Qué entendemos por ciudadanía sexual? Es urgente realizar esta pregunta en un país donde la política sexual es reducida únicamente a la exigencia de matrimonio homosexual o, en el caso de las políticas de género, se trata de beneficios que sólo favorecen a la mujer en tanto madre (postnatales o algún bono por reproducción y crianza de niños) o a las parejas heterosexuales que soportan la convivencia por más de 50 años. Pero el problema no es sólo que esta sea una democracia de “bonos” para aquellos que cumplan con las lógicas reproductivas, el conflicto se produce más bien cuando sólo estas demandas políticas se vuelven hegemónicas en el plano político, puesto que pareciera pensarse que por sí sola solucionarán las problemáticas que afectan a la ordenada y bien clasificada “diversidad sexual” donde cada sujeto debe regirse sólo por la necesidad del matrimonio ¿Acaso el matrimonio homosexual solucionará los problemas de homofobia que puede afectar a un estudiante en el aula? ¿Acaso el matrimonio homosexual permitirá que la palabra feminista deje de ser un tabú, un sinónimo de ser “anti-hombres”? Existe una falacia desarrollista que piensa que una vez conseguido el “matrimonio” como única forma posible de afecto entre los sujetos occidentales existirá mágicamente una destrucción de todo otro estigma de violencia y discriminación. Pero nos preguntamos si ante la posibilidad de hacer una “familia tradicional” la homofobia desaparecerá. No olvidemos las protestas de grupos pro-familia conservadores en Francia, con protestas estética y exageradamente más violentas que cualquiera de las marchas estudiantiles en Chile.

¿Por qué la familia nos hace tanto daño? ¿Si puedo adoptar hijos los criaré para que vivan en una cultura heterosexual, discriminadora y violenta? La demanda por construir familia por parte de la diversidad sexual se une peligrosamente a las políticas de la derecha. Una marcha a favor del matrimonio sirve para la derecha liberal como ejemplo de manifestaciones ciudadanas sin violencia, a diferencia de las estigmatizadas manifestaciones de estudiantes.

¿Realmente queremos una política homosexual que se base en una política que busca construir familias de un cierto tipo? Y lo que se nos responde es que habría que aceptar esta demanda como la primordial o la más en la medida de lo posible.

¿Por qué siempre nos mienten con que la sociedad no está preparada para vernos, una sociedad no preparada para vivir una sexualidad que se asume distinta a la heterosexual? Cuando la política homosexual sólo se basa en la demanda del matrimonio lo que está asumiendo es una estrategia político-comunicacional que tomando sólo como referencia un lenguaje y una cultura heterosexual posible (la familia más específicamente) logra hacerse visible para los ojos y opiniones de una sociedad que solo soporta(ría) ver lo homosexual homologado a su patrón sexual heterosexual: la familia. Entonces, ¿De qué diversidad estamos hablando?

Y aparece de nuevo el “no estamos preparados aún”, pues ése parece ser el lema que nos rige socialmente. Pero a veces el mercado de las imágenes parece que se desborda y entonces aparece en televisión un prostituto que no se expone para hablar desde el lugar de la víctima y que logra ser trending topic hablando de una sexualidad y prácticas no-heterosexuales. “Que no estamos preparados para conocer a ese otro” ampliando la frase, parece que fue lo que ocurrió con la aparición pública de José Carlos, un prostituto veintenañero, al cual se le juzga porque no debería haber aparecido o más aún que el modo en que contaba su biografía no era el adecuado ¿Desde cuándo un prostituto de La Pintana, con educación de liceo público, que simplemente decide no vivir su vida vendiendo pollos fritos en un local de comida rápida debería hablar correctamente sobre su sexualidad como lo hace un aristócrata y burgués Pablo Simonetti? ¿En qué modo se exige entonces hablar a una alteridad-explotada que no tuvo esa educación cívica que los ciudadanos progresistas y liberales intentan demostrar? ¿Cómo exigir al sin educación y, al trabajador sexual -que dicho sea de paso, no existe como ciudadano- una educación cívica? Contradicciones e hipocresía de una sociedad que aspira a una apertura pero que sigue pensando como imposible la integración de trabajadores sexuales en el plano político y en el reconocimiento económico como mínimo. Una sociedad que aún no es dueña del primer ejercicio de soberanía: la determinación del cuerpo propio.

La frase #Soyputo circuló ya no sólo como un insulto, sino como la posibilidad de enunciarse sin vergüenza, en la posibilidad de involucrar(nos) a otros que de algún u otro modo nos reconocemos como trabajadores sexuales en cuanto trabajamos en una emancipación de nuestra propia nuestra sexualidad. #Soyputo fue la frase trending topic, la frase manoseada, la que siendo tan corta guarda tanta complejidad, raiting, potencial político, reacciones que incluso explicitaron la homofobia soterrada de una sociedad que se cree tolerante. Visibilizar una sexualidad más allá del matrimonio y la familia, eso está en #Soyputo. El puto nos avisa de los límites de la supuesta integración de un ciudadanía sexual en la tradicional política chilena que aún nos quiere seguir diciendo que “no estamos preparados aún”.