Por Ricardo Candia Cares

Hay dos anomalías inexplicables en las elecciones. Una, que sean las Fuerzas Armadas las que garanticen un proceso democrático, y dos, que se prohíba la venta de alcohol.

Las primarias, concebidas para refrescar el sistema y dejarlo todo más armado y protegido, también se utilizarán para aminorar los estragos de la incursión molestosa de los estudiantes. Lejos de ser un instrumento que profundice la democracia, tal y como se plantean no resultan sino una técnica que busca resolver la rencillas internas y de paso disipar su energía.

Tal es su efecto refrigerante, que minutos después de conocerse los resultados, los vencidos acudieron en romería para depositar a los pies de la ganadora, sus ofrendas.

La ultraderecha, que parecía en una guerra civil y sólo ajustaba lo necesario luego de un gobierno que generó enconos y desencuentros, optó por un cruzado que entiende su misión mucho más allá de los márgenes de un gobierno esencialmente temporal y afecto a los vaivenes del populacho.

Lo suyo es lo trascendental, lo de largo plazo, lo que tiene que ver con el poder más que con un gobierno, principio que a veces los ha llevado a quemar urnas y padrones, y a matar a unos cuántos votantes.

Las elecciones primarias no fueron otra cosa que el calentamiento pre competitivo del sistema para no llegar a noviembre con tanto estrés acumulado. Fue un ensayo general, un round preliminar para el relajo. De haber sido un instrumento democrático, estas elecciones habrían abarcado a diputados y senadores.

Temerosos, los actores de esta elección definieron pisos bajos de participación. El más optimista habló de un millón y medio de votantes, pero los resultados permiten concluir:

Uno, el peso aplastante de Michelle Bachelet por sobre todos su rivales internos, ordena y renueva la Concertación y legitima a sus nuevos socios del PC y a la Nueva Mayoría.

Dos, la caída de la derecha les permite confirmar que el gobierno los aleja del poder, y les trae problemas y menos ganancias.

Tres, la gran cantidad de votantes que superaron las expectativas artificiales, ofrece el respaldo para borrar todo lo mal hecho.

Cuatro, la idea que la votación de Bachelet es de su propiedad personal, le ofrece una gran autonomía en cuestiones programáticas.

Cinco: aparecen como derrotados los candidatos llamados alternativos, o provenientes del mundo social, que creían que pocos irían a votar.

Seis: que no se reflejó el apoyo que tiene la Asamblea Constituyente, ni el del movimiento estudiantil, lo que ha generado una especie de depresión post primaria que tardará en esfumarse.

Y seis: por sobre todo deja en claro lo robusto y bien parado que queda el sistema.

El orden ha ganado porque ha limado las odiosidades que se vieron durante los foros y debates. Las expectativas de quedarse fuera del sarao, hacen que Orrego, Velasco y Gómez, dejen en el olvido sus cuitas con Bachelet y se sumen, tras su pedacito.

La legitimidad de esta elección emerge de una votación escuálida, pero da lo mismo. Es un ejercicio de mantención, y en este como en otros casos, es más importante lo legal que lo legítimo. Si de verdad interesara la expresión de la gente, no existiría el binominal, por decir algo

Los resultados van a ser leídos también como una derrota del movimiento estudiantil. Los llamados a no votar en locales desalojados hacían esperable que poca gente acudiera a las urnas. Pero tres millones de votantes han dejado a más de algún dirigente con una sensación de traición.

Tras el proceso y sus resultados queda claro que la gran ausente sigue siendo la izquierda. Marginada del mecanismo que le quita presión al sistema, hace lo posible por dar un espectáculo de egoísmo justo cuando debería demostrar una inédita capacidad de actuar articulados.

Lo que contrarrestaría el efecto anestésico de las primarias del sistema, sería una Consulta Popular en la cual el pueblo, en especial los estudiantes, jugaran un rol de primer orden. Sin embargo, no hay hasta ahora suficiente voluntad.

Más allá de los discursos desobedientes y las actitudes rebeldes, lo cierto es que la izquierda sigue actuando según lo que el bloque en el poder impone. Da la impresión que en ella cursa una fascinación por quienes mandan y, recuperados del shock inicial se darán maña para criticar el mecanismo y sus resultados, sin atinar a mirarse para dentro y apuntar allí lo más severo de su crítica.

La izquierda se pierde entre consignas que parece que hablan, pero no dicen. Una mayoría está a favor de una Nueva Constitución, pero ningún número dice cuántos de esa mayoría están por trabajar para imponerla.

Mientas se impulsen candidaturas por fuera de la voluntad popular, por muchas buenas intenciones que tengan sus promotores, seguirá siendo una vuelta en redondo, sin destino, y poco votos.

Y seguirá sucediendo que se impongan medidas tan poco democráticas y afirmada nadie sabe en qué principio, que nos deja el día de la elección sin comprar vino, y con los militares cuidando el queso.