por Iñigo Adriasola El clóset no se elige. Se puede elegir salir de él, pero no el estar ahí. Por lo demás, ¿quién querría estar en el clóset? Es un espacio de frustración, lleno de miedo, de ansiedad y de vergüenza. Esa es una realidad que podrá describir cualquiera que lo haya vivido. El clóset es una paradoja: es un espacio simultáneamente cerrado y abierto. Como espacio cerrado su función es ocultar–y es el deseo último de quien está en el clóset de mantener esa puerta firmemente cerrada. Pero este deseo es frustrado permanentemente por cuanto esa puerta supuestamente cerrada está en realidad abierta. Esto, porque el clóset está determinado desde afuera. La sociedad nos pone en el clóset. Primero, socializándonos desde pequeños para conformar con ciertas expectativas en torno a cómo se vive el género: desde la asignación de sexo y nombre al momento de nacer, al color del pilucho, los juguetes, los gestos, hasta los sueños que le son permitidos a una niña o a un niño–y especialmente educándonos en la deferencia esperada de un género hacia el otro. También adoctrinándonos en cierta idea de normalidad. La sociedad en su conjunto nos enseña que todo niño o niña crecerá, se enamorará de alguien del sexo opuesto, se casará y tendrá hijos que repetirán ese ciclo: en suma, que toda vida es un feliz relato heterosexual. Aún en la versión más “liberal” de esta historia, con gays y lesbianas que se casan, y gente trans libremente determinando su identidad, jamás se cuestiona el supuesto que éstas son meras excepciones, que todos y todas somos heterosexuales hasta que se demuestre lo contrario, y que el orden general–la norma que nos rige–es y será vivir hacia la reproducción. No conformarse a aceptar esta norma, o simplemente no poder hacerlo, tiene un costo muy grande. El miedo de tener que cargar con este costo, y la vergüenza ante la supuesta falta que significa no poder cumplir la norma, lleva a muchas y muchos a aceptar el clóset como su realidad. Quien custodia la puerta del clóset es la violencia ejercida contra quienes asumen públicamente su identidad. Hay otra forma más en la que el clóset pese a ser un espacio cerrado, es inevitablemente abierto. Porque es ante esta experiencia del clóset–y en particular el miedo y la vergüenza–que se origina por primera vez una reflexión sobre la propia identidad individual en relación al proceso social. Este punto es algo en el que algunos críticos en el mundo anglo repararon a fines de los años ochenta, durante la crisis del sida, en un contexto en el que a la disyuntiva del ser o no visibles, se añadía la certeza que la invisibilidad era literalmente una condena a muerte. De ahí la consigna “Silence = Death”, callar es morir. Esto conllevaba el repensar radicalmente qué se entiende por salir del clóset. Más allá de una celebración de la expresión individual de la sexualidad, salir del clóset se transformó en un gesto eminentemente político: se trataba de asegurar nuestra supervivencia como colectividad. Es por todo esto que el salir del clóset es, y debe ser siempre, una elección soberana de las personas. O al menos, debiéramos aspirar a que sea una decisión lo más soberana posible. Porque en realidad salir del clóset siempre es más complicado: las razones por las que se toma una decisión en un determinado minuto no son necesariamente ni las más claras ni las mejores, y aún la decisión más calculada de asumir públicamente una identidad termina siempre en resultados inesperados. Estos factores subrayan el que defender la libertad de autodeterminación sexual es ante todo un imperativo ético. Salir del clóset es en sí un privilegio. Es algo a lo que aspiramos, pero que en la práctica no todos podemos llevar a cabo. Salir del clóset implica la capacidad de asumir la propia identidad, de poder ser públicos, y de constituirnos como sujetos políticos. Y ello requiere en algún grado el saberse protegidos de la violenta reacción de quienes se autodesignan guardianes de la heteronorma y el patriarcado. Vale la pena recordar a tantas y tantos que han perdido la vida, que han sido golpeados, que han sufrido acoso físico y sicológico en las calles, el trabajo y las escuelas. Salir del clóset implica tener los recursos–económicos, sociales, sicológicos–para limitar el impacto de esa violencia: para proteger no solo la propia integridad física, sino también defender los límites de ese ser público, esto es, la vida privada. Es por eso que sacar del clóset por la fuerza es no solo dañino y violento, sino también profundamente antiético. No entender esto, es no comprender de qué se trata el movimiento lesbigaytrans. Antes que nada, el movimiento es una lucha por nuestra supervivencia. Amenazar y amedrentar a quienes se encuentran en el clóset bajo la excusa de fomentar derechos colectivos, es no entender que esa acción vulnera el mismo derecho a la vida por el cual luchamos. Desclosetar es en la práctica chantaje: la misma violencia que homofóbicos ejercen todavía hoy contra lesbianas, gente trans, bisexuales y gays, que viven en el clóset su momento más vulnerable. En suma, el forzar o emplazar a alguien a asumir una identidad determinada, es el mismo tipo de violencia que custodia al clóset.