Por Lorena Hurtado DIRECCIÓN: Lorena Hurtado Escobar CREACION COLECTIVA DE: Pablo Zamorano; Leslie Apablaza; Pedro González y Lorena Hurtado INTÉRPRETES: Pablo Zamorano, Leslie Apablaza; Pedro González. MÚSICA ORIGINAL: Eleonora Coloma Cassaula DISEÑO DE ILUMINACIÓN: Luis Reinoso Torres ASISTENCIA DE VESTUARIO: Alexandra Mabes

Memoria Compartida es una obra que nace como un ejercicio de reflexión acerca de la historia reciente de nuestro país, en el contexto de la conmemoración de los 40 años del golpe de Estado. La obra se inscribe en lo que denominamos hoy “danza contemporánea”, en donde el cuerpo, el gesto, el texto, la palabra, la música, la iluminación, el movimiento y la danza, son los soportes fundamentales de la obra.

La memoria como obsesión consciente o inconsciente en contra del olvido, así como la nostalgia y el recuerdo fugaz, son las maneras con que me instalo para crear, fundamentales para intentar comprender este presente en que vivo. Un antecedente: el año 2000 realicé un trabajo junto a la compositora Eleonora Coloma, la misma de Memoria Compartida. Esta obra para dos intérpretes, Coloma y Hurtado, se basó en el discurso realizado por Salvador Allende en el año 1972 ante la Asamblea General de las Naciones Unidas. Aquel discurso instalaba en nuestro imaginario una posibilidad, un deseo, una utopía, un bello poema y también una ficción. “Un país donde…”, enunciado que resonó en nuestro sentir de creadoras con tal potencia que decidimos crear una puesta en escena, intentando quedarnos con los aspectos más simbólicos que aparecían en él. La obra se llamó Quién es el Enemigo, o el tiempo no juega a mi favor.

La resonancia que tuvo este trabajo fue bastante limitada. No había contexto para plantear el tema entre mis pares. La obra se presentó tres veces y quedó como un interesante punto de partida. Pero a fines del año 2012 el Centro Cultural Gabriela Mistral abrió una convocatoria para trabajos de danza y teatro que reflexionaran en torno a los 40 años del golpe, y ése fue el momento propicio para postular con nuestro trabajo que había comenzado a gestarse a principios de siglo.

Volver a mirar este imaginario de país era un gran desafío para trabajar y reflexionar en torno a la memoria, tanto histórica como individual, intentando tensionar la visión de dos generaciones con la finalidad de generar una perspectiva distinta a la dada en el año 2000. El contexto era otro y se sumaban a él las repercusiones del movimiento estudiantil del año 2011.

En este contexto, el cuerpo fue protagonista de este malestar social, emergiendo con fuerza el empoderamiento en las calles, que fue el escenario fundamental para su expresión. ¿Podría decirse que el cuerpo de Chile había despertado de un largo sueño anestesiado?

Como bien sabemos, el cuerpo en la danza es el soporte fundamental de nuestro quehacer disciplinar y artístico, contenedor de diversas experiencias, traumas, dolores, placeres, cicatrices, angustias y recuerdos diversos que a partir de experiencias evocan sensaciones corporales que se gatillan a veces sin querer.

En Memoria Compartida ya no se recuerda y se ejercita la memoria sólo a partir de pares, sino que son invitados a tensionarla las actuales generaciones, aquellos jóvenes que viven, algunos con más cercanía y otros con más distancia, los sucesos que marcaron nuestra historia reciente y que quedaron de alguna manera anclados en nuestro imaginario corporal y social.

Entonces la obra, a través del ejercicio de la memoria, buscó generar cruces de experiencias a través de la puesta en escena, intentando aproximarse también a una reflexión respecto de quiénes somos, cómo nos construimos, y a partir de esto, qué nos mueve a hacer lo que hoy hacemos como sujetos en el contexto país.

Aparece entonces una conciencia respecto de los contextos y cruces que se articulan desde un lugar amplio y general (cultural), como es la historia reciente de nuestro país, y la experiencia personal y subjetiva que se aloja en nuestros cuerpos y que nosotros intentamos traducir a través de la danza, la imagen, el gesto, la palabra, el silencio, la música, la iluminación, donde siempre el cuerpo presente y concreto encarna y protagoniza esa memoria, a veces formal, a veces difusa, a veces fragmentaria, a veces discursiva.

La memoria es frágil, si se quiere cambiante, y es también una resistencia al olvido, ese olvido que nos doblega a reiterar una y otra vez aquel trauma de aquello que no alcanzamos a hacer consciente. En este caso, Memoria Compartida tensiona mi mirada como autora que recuerda y memoriza y traduce, y que de alguna manera representa a parte de mi generación y también la de mis padres, con la memoria y traducción de estos jóvenes cuyos recuerdos son más bien heredados o interpretados de acontecimientos que conocen a partir de documentos escritos o visuales y, algunas veces, por recuerdos traspasados por sus familias. Esta relación dialógica nos instaló en lugares de constantes cuestionamientos, certezas e incertezas y de nuevos puntos de vista, proceso interesante que nos dejó con nuevas preguntas para una nueva obra.

Otro punto interesante y fundamental fue la posibilidad de interrogar desde el cuerpo a la vez el recuerdo y el olvido, de donde surgieron subjetividades valiosas relacionadas con las experiencias de cada uno de los intérpretes, quienes instalaron una particular mirada frente a un mismo suceso, encontrando cada uno un sello personal que se tradujo en sus particulares modos de situar el cuerpo, de corporalizar, de danzar y de hablar en la escena.

Si bien la obra toma como referencia sucesos de nuestra historia reciente, no pretende responder o solucionar problemáticas surgidas durante el proceso, sino más bien instalarlas, con la finalidad de generar nuevas interrogantes tanto a quienes participamos de ella como al espectador, sobre todo a las nuevas generaciones, quienes en algunos casos, adolescentes fundamentalmente, saliendo de la obra se preguntaban: ¿quién es el presidente muerto en La Moneda? En este sentido, la obra genera discusión intergeneracional y abre posibilidades de diálogo acerca de temas que aún no son tan abiertos como a veces creemos quienes estamos más familiarizados con ellos. La obra entonces actúa como un disparador a través de los sucesos que acontecen en su desarrollo, los que muchas veces saltan de un lugar a otro y van entretejiendo una red de significancias múltiples que son posibles de leer según la experiencia del espectador y su resonancia con dichos acontecimientos.

Durante el proceso, a través de diversos ejercicios, fuimos traduciendo aquellos temas y problemáticas que fueron surgiendo: el impacto del golpe, la desaparición, la tortura, los cuerpos lanzados al mar; el dibujo con tiza del mapa de Chile donde se cruzan las marcas de los centros de detención y tortura, con paisajes, relatos de sus experiencias, recuerdos, olvidos, lugar de origen, construyendo un paisaje colectivo que involucra también recuerdos en relación a sus padres y sus abuelos y referencias a personajes míticos e históricos, así como acontecimientos sociales contingentes.

Este mapa al final de su recorrido intenta ser borrado por los propios cuerpos de los intérpretes, quienes, de alguna manera, tienen la necesidad de repensar un nuevo mapa, un nuevo territorio, pero ahora desde el terreno del cuerpo que contiene esa memoria, esa experiencia y ese pasado que convive en cada uno de ellos y por tanto en nosotros en este presente, y que es posible re-significar si somos capaces de sumergirnos en un proceso profundo de recuerdo y memoria.

La danza ha podido entrar en esta discusión y no sólo en este montaje. Ya otros creadores han tomado el tema de la memoria contextualizada en el golpe como acontecimiento que nos cruza e interpela a través del cuerpo individual y colectivo, un territorio a veces frágil y permeable, pero que es capaz de traducir experiencias que a veces la palabra, por el problema de lo indecible, no alcanza. Así como el cuerpo, a veces, no alcanza a expresar aquello que es más claro y directo con las palabras. Las nuevas generaciones nos han hecho sentir desde estos dos lugares esa imperiosa necesidad de resignificar nuestro cuerpo, que es también nuestra voz, nuestro territorio, nuestra cultura, nuestra danza.