Por Eloísa González. Ex Vocera ACES- Fotografía Jesús Letelier Publicado en El Desconcierto Nº11 – Junio 2013

Tras un leve atraso, el presidente Piñera dio inicio a su última cuenta pública, donde la galería evocaba más que un Congreso, las barras bravas futboleras. En el intertanto, organizaciones sociales y políticas marchaban desde Plaza Victoria hacia el coliseo parlamentario. Un ritual anual luego de las tres cuentas presidenciales de Piñera, del terremoto, de la refundación de la ACES y también de la más larga de las larguísimas huelgas de hambre mapuche. Una ceremonia terminal a dos años de la denominada “Primavera Chilena” y del movimiento medioambiental contra HidroAysén: Y, por cierto, a un año desde las movilizaciones en Aysén, el levantamiento de Freirina y las tomas secundarias; a seis meses del 60 por ciento de abstención.

Todo esto pareciera ser un racconto nostálgico si no fuera que, desde el 2011, los movimientos sociales comparten experiencias de lucha que traspasan los marcos de lo entendible por parte de la política tradicional. Esto es lo novedoso, puesto es la calle la que pone en duda la legitimidad de los partidos que simbolizan para ellos la herramienta de cooptación. Así, frente a una “política tradicional”, los movimientos sociales comienzan a crear lógicas de construcción que plasman otra síntesis democrática en el imaginario colectivo. No es casualidad que la ACES instale la necesidad de que la educación sea una construcción colectiva, con sentido de comunidad, empleando la consigna de control comunitario para dar cuenta de la dicotomía entre la institucionalidad vigente y sus añosos mecanismos de participación y la voluntad de hacer transformaciones reales por parte de las organizaciones nacientes al calor de las movilizaciones. Menos casualidad aún es que, en Freirina, la comunidad, tras un proceso de movilización, haya determinado fortalecer los espacios reconquistados, dejando en claro que tanto los empresarios como las autoridades públicas deben supeditarse a las determinaciones comunitarias.

Éste es el factor de “peligro” para la estabilidad somnolienta instalada hasta ahora en nuestro país. En el país de los duopolios, el político se debate marcando diferencias respecto de las propuestas para enfrentar al movimiento social. Para un sector de la Concertación somos todos nosotros una ciudadanía molesta que exige una mayor igualdad socioeconómica y una mayor participación política y, en respuesta a ello, proponen sumarle esta “nueva mayoría” a la figura presidencial de Michelle Bachelet. Esta sumatoria, en la práctica, no es la integración absoluta de lo que hasta ahora han levantado los movimientos sociales. Se trata sí de la aplicación de políticas que buscan solamente restablecer los lazos entre la política tradicional y los movimientos sociales emergentes, donde los últimos deleguen autonomía en los primeros.

Ya podemos vislumbrar estas medidas en los colegios de algunos municipios “progresistas” como los de Santiago, Recoleta e Independencia, que han realizado o intentado realizar claustros con la participación de los estamentos de cada establecimiento. Esta participación va condicionada en el contenido a discutir, en los mecanismos de participación y en su delimitación a lo consultivo. En palabras de la misma alcaldesa Carolina Tohá, ello sería la base para un programa en torno a lo educacional que pueda abarcarse a nivel nacional. Ahora, si analizamos meticulosamente estas gestiones, todos estos esfuerzos van apuntando a conducir cualquier proceso de movilización hacia el fortalecimiento de un nuevo gobierno. El horizonte al que se apunta es casar (o cazar) nuevamente a esta “ciudadanía indignada” con una salida institucional al conflicto, mediada por los partidos políticos tradicionales y formulada por espacios tales como el Parlamento, los municipios y el futuro gobierno. Pero no nos dejemos embolinar la perdiz: en Chile quienes decide siguen siendo los poderes económicos con nombre y apellido; Luksic, Matte, Angelini, Paullman, Ibáñez, Yarur. Y el duopolio bien lo sabe.

Comparemos a un Camilo Escalona, que el 2006 tildó a los empresarios de “chupasangres” y otro, el Senador Escalona, visitando el 2013 la CPC para compartir proyecciones electorales. Aunque hoy Escalona haya tenido que agachar el moño, la Concertación tras Bachelet bien sabe que las bendiciones no provendrán de la nueva mayoría, sino del gran empresariado Chileno. Botón de muestra es la participación de los personeros tanto de la Concertación como de la Alianza en la piñata de la educación. El cuadro está bien clarito, tras la aprobación de la Subvención Escolar Preferencial (SEP) para la clase media y la ampliación de ésta desde octavo básico hasta cuarto medio.

En este marco, los desafíos del movimiento social hoy son el fortalecimiento, la articulación y la construcción de una fuerza propia, autónoma de la institucionalidad y que sea capaz, independientemente del escenario electoral, de generar herramientas y mecanismos de participación que apunten a recuperar y reconquistar sus derechos, apuntando, evidentemente a una transformación real y estructural de nuestro modelo social, económico, cultural y político.