texto y fotos de José Domingo Urbano

Roberto Bolaño, el escritor chileno más extranjero, murió el 15 de julio del 2003 en un pueblo costero catalán y sus cenizas, como restos de un funeral vikingo, se perdieron en el mar Mediterráneo. La imagen se vuelve nítida, luego de varios días internado en el Hospital del Valle de Hebrón de Barcelona, se vino lo inevitable –crónica de una muerte anunciada– su insuficiencia hepática puso fin a una carrera meteórica. Nicanor Parra no pudo haber sido más categórico al escribir: “LE DEBEMOS UN HÍGADO A BOLAÑO”. Imposible no relacionar su muerte a la tragedia de su amigo, el otro infrarrealista, Mario Santiago arrollado por una micro dos años más tarde, y encontrado muerto en un vertedero de la periferia del DF, el mismo con quien se animó a levantar una de las vanguardias más importantes de los ’70, cuando entre balas, subversión y el quiebre de las izquierdas, acuñaron el lema: “DÉJENLO TODO, NUEVAMENTE/ LÁNCENSE A LOS CAMINOS”. Parte de esa historia aparece descrita en su premiada novela Los detectives salvajes. Libro del que el escritor Enrique Vila-Matas diría que se trataba de “un carpetazo histórico y genial a Rayuela de Cortázar. Una grieta que abre brechas por las que habrán de circular nuevas corrientes literarias del próximo milenio”. Durante esta última década su obra ha crecido como los rascacielos, su editor vacío su computador, se han publicado libros sobre sus libros, rescatado sus entrevistas, afloraron sus amigos del alma, se estrenan películas, una calle y una biblioteca (en España) llevan su nombre, el mismo que ya no solo se escucha en español, sino que también en sus títulos traducidos al inglés, al francés, italiano, portugués, al ruso, y podemos pensar que incluso aquellos que decían despreciarlo, porque se había puesto de moda, terminaron leyéndolo a escondidas. Estamos lejos de ese extra-noticioso en un programa juvenil, cuando se anunciara que había muerto “el súper comediante de la televisión humorística Chespirito”. El verdadero Bolaño se había lanzado a los caminos. Pedaleando por la Rambla Cuando estuve en Barcelona en julio del 2010 me propuse dos cosas: una, conocer las calles que había recorrido Roberto Bolaño, y dos, no dormir. Acaso queriendo responder a Walter Benjamin: “¿Qué le proporciona el viaje a un lector?”. Lo primero podía resultarme, si contaba con los datos necesarios y un buen mapa. Lo segundo, era menos probable y en poco contribuía la sensación de jet lag, y la idea de pensar en comida solo cuando tuviera realmente hambre, sin perder de vista que mi última parada sería Blanes, a unos 70 kms., de la azotea donde me hallaba contemplando edificios centenarios. Me recibiría una amiga de mi hermano Nicanor, quien vivía junto a su novio francés y otros chilenos, en una casa okupa del barrio San Andreu. Decir una casa es poco, pues se trataba de un edificio de cuatro niveles y un subterráneo, donde se repartían a lo menos ocho piezas, todas con cama, colchón y sábanas. Suficiente para capear un calor del infierno que alcanzó las más altas temperaturas europeas ese verano, sobre todo para un penquista que hasta en verano es sorprendido por lluvias diluvianas. Jess, que así llama la chica, me había ofrecido su bicicleta para recorrer el barrio. No dudé en tomar su ofrecimiento. Ya que junto con querer visitar las construcciones de Gaudí, hace días que me moría por una marraqueta con palta. El pedaleo me llevó, con un mapa desaforado, por callejuelas, plazas, puentes, autopistas, estaciones del metro, museos, librerías y bibliotecas, hasta dar con el viejo edificio de la calle Tallers, cerca del Raval. Donde Bolaño llegó desde México a sus 24 años, unas piezas pobrísimas donde no había ni una tina, según relatara. Fotografíe el famoso Bar Café Centric, referido en sus libros. Entre paquistaníes, ecuatorianos, otros franceses e ingleses, llamé al móvil a Jess, pero sus indicaciones no fueron lo suficientemente claras, o no las interpreté así, para volver a casa. Me había perdido en Barcelona. En una parte de la ciudad que me llevó, por una Rambla que no se detendría, hacia la playa. Todos los caminos llevan a esas playas artificiales bañadas por el Mediterráneo. Luego entré –fui abducido– por La Central (una de las librerías más sorprendentes que he visto), más tarde me entretuve con los skaters, seguí los afanes de los yonkis, por varias horas vi una expo de collages y documentales en el Museo de Arte Contemporáneo, hasta que se me hizo de noche. Al volver Jess no estaba en su taller –es costurera y tatuadora– tampoco en una de las piezas, mucho menos en la cocina. Los cuatro pisos del departamento estaban desocupados. Apenas me podía las piernas, después de una larga ducha, solo atiné a acostarme. No sin antes servirme un tazón de té helado, una palta –pagada a precio de oro– que apuré con medio pan baguette. Fue lo más parecido a tomar once. Una casa en ruinas, su perra, baratijas Al día siguiente desperté sobresaltado, debía salir a Girona. Me esperaba otro chileno, José Luis. Era el contacto que tenía para trasladarme a Blanes, el lugar específico donde había vivido Bolaño sus últimos años. Aunque la cocina esa mañana era un banquete, pues la otra noche Jess y su novio, habían reciclado en las afueras del minimarket y el café turco recortes de queso, algunas frutas, pan, jugo de soya y té inglés, pensando en desayunar juntos (hasta un chorizo habían traído, considerando mi condición de carnívoro), pero desistí en acompañarlos. El boleto del Renfe que había conseguido partía en 45 minutos. Durante el trayecto hice anotaciones, luego revisé nombres de lugares en sus cuentos, hasta pasarme finalmente a sus poemas. (A viaja a la ciudad donde murió B.) Recordé cuánto empeño puso Bolaño en publicar su narrativa para seguir escribiendo poesía. Me hallaba en las líneas en las que refiere al puente construido por Eiffel y al otoño enrojecido de Girona, cuando el tren se detuvo. En el primer segundo que lo vi, lo reconocí inmediatamente. Luego al escucharlo hablar, tuve serias dudas de quién se trataba. Al rato cuando refirió a los años de la facultad, a los pastos, el auditórium, supe que efectivamente se trataba de José Luis, en realidad, de Luchito como le decían todos. Y recordé a su amigo el Johnny, al que encontraron muerto de hipotermia un fin de semana, luego de que un viernes le perdieran la pista y este se tumbara en el pasto. En adelante pasamos lista a un bastión de jóvenes hijos de la Dictadura, mezcla de alcohólicos y cabeza-de-pistola, que recién en el 2000 decidieron la fila en la que seguirían, nunca en las dos, o eso asegura Luchito, y que llevó a varios a recluirse en las sombras de la Concertación y a otros, como él, convertirse en “autoexiliados” (al usar este apelativo, su voz me suena todavía más impostadamente española). Cuento corto, José Luis hizo su vida en Girona, se casó con una catalana, y según pude ver en fotos del living, tenía una niña de cinco años. Ese día, luego de un frugal y exquisito almuerzo (costillas de cordero con ensaladas y vino) nos dedicamos a recorrer la ciudad amurallada. Paseamos por la peatonal, me presentó a un librero amigo de Bolaño, el mismo que le regaló el primer libro (uno de goma con forma de patito) para su hija de meses y que ahora tiene una suerte de animita en un rincón de su librería, donde mantiene junto a sus libros y ediciones extranjeras, un diario mural con noticias de la prensa, acaso haciendo eco a lo que modestamente él dijera: “Yo sólo espero ser considerado un escritor sudamericano más o menos decente, que vivió en Blanes”. Girona es una ciudad antigua, con resabios de la edad media. Como anécdota decir que allí se filmaron algunos pasajes de la película El Perfume, pero sobre todo fue la ciudad que acogió a Bolaño cuando era un indocumentado, luego de perder un trabajo en un camping en Barcelona, y dedicaba sus horas a la venta de bisutería, arrancando de la policía, entregado al insomnio de la escritura y al cuidado de una perra. Una casa en ruinas, a la que llegamos tras una larga escalera, “el lugar preciso para suicidarse”, como acota en un cuento. Mi plan de viajar esa noche a Blanes se vio frustrado, o logramos boicotearlo, cuando vimos caer la tarde capeando el calor con micheladas y aventurando teorías sobre la trascendencia de Bolaño en nuestras letras. Pero, sobre todo, también en nuestras vidas. Reflejado en el espejo de la muerte Ya en Blanes, desde el mismo arribo al terminal de buses, todo me parece un espejismo. El tiempo corre en presente. Es medio día. La gente camina a un mercadillo, yo avanzo con ellos, compro una manzana. Me repite la panceta y el café de grano desayunado con José Luis. Reparo en que no llevo una botella. Tomo agua de un bebedero antiquísimo. Más allá compro un agua mineral. El calor arrecia. Fijo la vista en mi sombra extendida. Aquí las coincidencias, ¡que no son coincidencias!, toman forma de enigma y solución: estoy a la entrada del pasaje Carrer del Lloro. La única calle que llevo anotada como referencia. Miro los detalles de cada uno de los pisos de departamentos, pequeñas ventanas con balcones de fierro forjado; uno de esos, al parecer el con extractor de aire acondicionado, debe ser el estudio que ocupaba Bolaño. Me quedo varios minutos en esa posición. Hay motos, contenedores de basura y algunos gatos merodeando. Hago algunas fotos. No saco, por ningún motivo, mi libreta, porque siento vergüenza de que me vean escribiendo. Con el tiempo me recriminaré esta acción, porque hasta ahora no había tenido oportunidad de referir el episodio. Intento recuperar la escena revisando ahora esas fotos. Si en una de esas ventanas estaba su escritorio, a menos de 50 metros vivían sus hijos, Lautaro y Alexandra, con su madre. La ciudad es un pintoresco pueblo costero, que de permitírseme la comparación, asemeja a una zona residencial de Algarrobo, la que llega al club de yates, pero con muchas sombrillas multicolores y mujeres de todas las edades en topless, incluso señoras como mis tías o mi suegra. Un hermoso paseo peatonal, donde me detengo ante una curiosa escultura de un lector sentado en un escaño. Otra foto. Al fondo puedo reconocer de inmediato la Sa Palomera, una formación de roca que ingresa desde la bahía; el montículo desde donde lanzaron sus cenizas ese verano del 2003. Hasta allí subo, por un sendero escarpado, para abarcar la Costa Brava y la ciudad, entonces recuerdo su último poema La muerte: “A todo nos llega la hora. / Todos tenemos que salir algún día/ ¡Y qué!/ Tú no te mires/ en el espejo de la muerte./ Mírate en el espejo real,/ en el espejo de tu cuarto/ de baño./ Ese eres tú. El que brilla/ y mira el Mediterráneo. / Fantástico./ Sin miedo./ Sin miedo”. No tengo fotos de esa panorámica. Grabo un breve video. Junto con la batería de mi cámara, también se me acabó el agua. Mientras desciendo recuerdo que debo llamar a Jess para decirle que volveré a la okupa. Pienso en su azotea. En los stencil con el retrato de Bolaño plasmado en unos pasajes del Raval y que al otro día fueron borrados por el ayuntamiento. Me pregunto cómo será morir a los cincuenta años. Me cuesta proyectarme, haciendo lo que hago, en un supuesto 2021. Pienso que solo los libros se acaban, pero que los viajes no terminan nunca.