texto y fotos de Daniel Noemi

Um dia de chuva é tão belo como un dia de sol Ambos existem; cada um como é

Alberto Caeiro

Estoy en Oporto hablando sobre los movimientos sociales en Chile. Intento ponerle ganas, hacer un par de fintas, juntar, mezclar cosas. Porque algo está pasando. No hay mucha gente y los que aparentan oír revisan sus teléfonos. Al final un par de preguntas. Respondo como si fuese un jugador de póker que está blufeando y todos se dan cuenta de ello. Con unos amigos y colegas vamos a tomarnos unas birras por ahí, picar un bacalao, un queso, una copa de vino, un Porto, claro, ya que estamos , y por qué no dos. Conversamos del congreso, pero no mucho; del tiempo menos; algo de Chile. Mientras cruzo el puente de Luiz I el tema es el pasado de Chile; mejor dicho, el pasado de la Chile: ¿sabías de los profesores que dieron nombres, que delataron el 73? Abajo el Duero navega su tiempo imperturbable. La luz de la tarde trae un aire mágico. Los techos de las casas, las torres de las Iglesias reverberan con plácida rabia. ¿No está bien ya de las historias personales? ¿No debemos, acaso, pedirnos más historia? La brisa navega como la memoria. Me despido dejando las respuestas apenas agarradas de las nubes. Camino por la ribera del río, donde un viejo ve como su caña de pescar espera a la fortuna o un poquito de futuro. Me pierdo en callejuelas donde habitan la ropa que cuelga y las banderas del Porto, los gatos que hablan, la abuela que fuma (porque esta ciudad está llena del tiempo de los viejos y de los viejos de aquellos tiempos), la vitrina de vinos y especias, la flaca que quiero que me mire pero no, la estatua de algún explorador, el verso de Pessoa, la dictadura de Salazar, Cristiano Ronaldo y su Rolls Royce aparcado al lado de una construcción y los sueños de Vasco de Gama (y la guerra en Angola y en Mozambique…). Tiempos que se suman y zozobran: recuerdo un chiste sobre Lenin y sobre las sábanas portuguesas. Enciendo un cigarrillo. Sin darme cuenta he llegado a la librería Lello, la mismísima de Harry Potter y sus amigos (la mágica escalera está ahí dentro); apago el pucho, entro, no dejan sacar fotos, compro un libro de Caeiro: Eu só pensó no sol. Afuera, el sol ya ha desaparecido. Camino y abro el libro al azar: Vive, dizes, no presente; Vive só no presente. Mas eu não quero o presente, quero a realidade;). Exclamo tropezándome con una piedra en mi camino: ¡Nada más ni nada menos quiere Albertito, la realidad! Como si Caeiro existiese. Como si la realidad fuese algo más que esta nostalgia que se respira en cada poro de la ciudad y su aire. Pero ¡basta! ¡Yo no soy un poeta portugués! Los ríos, además de agua, han dado mucha tinta. Y en la mañana cuando la neblina se confunde con la llovizna y hace un poco, pero solo un poco, de frío uno podría estar de verdad en otro mundo (quizás en el de Harry Potter). Pero en Oporto la camanchaca se levanta, la lluvia se aleja y henos aquí de vuelta. En la Universidad Fernando Pessoa, una pequeña universidad privada (¿por qué no hicieron el congreso en la Universidad de Porto? ¿Será por el nombre? Total, si Pessoa escribió el Banquero Anarquista…), al lado de la plaza 9 de abril, donde en un banco me siento a fumar y mirar, Calamaro dixit, a las palomas, a los viejos. He oído un par de cosas más: documentales sobre Centro América –Valeria es fantástica, dan ganas de escucharla, incluso de ver esos documentales y películas de los que habla y que deben ser una soberana lata-, sobre Chile, sobre Argentina, un estudio sobre los cambios de Villa Grimaldi, cyborgs en la literatura latinoamericana, enseñanza de Machado de Assis a través de los cómics en las escuelas secundarias de Rio (¿o era en Sao Paulo?). Todos, por anchas o por mangas, por un lado o por otro, andan buscando algo de realidad: “Quiero las cosas que existen, no el tiempo que las mide”, protesta Caeiro en mi traducción y pienso que cómo es posible aquello, dejar fuera el tiempo, el río en el cual no nos podemos bañar dos veces, el pasado… Porque en este mundo digo algo tiene que pasar. Como un balazo otro verso se aparece (esto de estar en estas tierras lo poetiza a uno, qué remedio): Tem o tempo sua ordem já sabida; o mundo, não; mas anda tão confuso, que parece que dele Deus se esquece. Luís de Camoes meditando sobre su siglo XVI que no es tan distinto al XXI. Y en medio de la nostalgia de esta noche en esta ciudad y estos versos que no acaban, emerge la realidad. Nada más que la realidad.