Texto y fotos de Daniel Noemi

Seguro que ustedes creen que les voy a hablar de tipos que andan viendo a muertos en sus sueños y van a encuentros en colonias poco dignas y después tienen ganas de ser presidente y van subiendo la montaña pero les llega de pronto una contradicción vital (sic) y deciden seguir los pasos del gran Luis de León e irse pa’ la casa (Que descansada vida / la del que huye del mundanal ruïdo / y sigue la escondida / senda por donde han ido / los pocos sabios que en el mundo han sido.) Pero no. Lamentablemente la depre no me llega para tanto, aunque prometo otro día hablarles de Fray Luis que bien se merece una crónica y muchas más.

El Místico: nadie ha visto el rostro que esconde esa máscara plateada; mujeres y hombres sueñan con ese cuerpo esculpido por años de trabajo gimnastil; los luchadores esperan ser derrotados por sus puños y patadas jamás arteras. Místico es un ídolo de multitudes, un grande entre los luchadores de lucha libre en este pueblito que es el de-efe con sus veinte y contando millones de habitantes.

En la noche de velada guerrera, Místico (así nomás, como Facebook, sin artículo) se enfrenta, junto a sus dos aliados, al Último Guerrero (que, digamos las cosas como son, no es uno sino tres vestidos con unas máscaras con pequeños cachitos del malulo). La batalla es impresionante: golpes de todo ángulo, carreras, vueltas de carnero, pasos de ballet que el más diestro de los bailarines envidiaría, un vaso que vuela desde las gradas (prometo que no fui yo), sacudones y más puñetazos que hacen retumbar el suelo del cuadrilátero. ¿Cuadrilátero? De pronto las leyes de la física de la lucha desaparecen, porque si hay algo en la lucha que vale es que todo vale o sea que nada vale, que no es lo mismo pero es igual. El ring queda vacío. El árbitro –porque tiene que existir un árbitro aunque nada arbitre—queda mirando los metros cuadrados de vacío y el público estalla en pura algarabía y éxtasis. La lucha se desarrolla afuera del ring. El espacio del afuera se constituye en el centro de la lid. Místico corre místicamente por la pasarela donde en el intermedio de cada round una chica muestra el número que corresponde (han requisado mi cámara al entrar) y donde entre cada pelea ocho chicas bailan alborotando las esperanzas de todas las familias presentes (¿hay algo acaso más familiar que una velada de lucha libre en el Arena México, la Catedral de la Lucha?). Místico, que no por nada viene de familia de luchadores –su padre, dicen fue el ubérrimo Dr. Karonte–, se trepa ágil como un águila (aunque las águilas no trepen deben reconocer que la imagen es simbólica y sugerente) a la cima de una torre formada por el equipo de amplificación. Hasta ahí lo ha seguido uno de los Último Guerrero. Místico mira a su oponente como se contemplan las vaquitas en el Uruguay desde la ventanilla del avión. ¿Qué hacer? Místico parece atrapado. Pero, ¡oh, no! ¡No puede ser! ¡Místico se prepara para saltar! ¡Sí, señoras y señores, arriesgando su vida, pero todo sea por el honor y el misticismo, Místico se ha decidido ha emprender vuelo desde las alturas de los parlantes! Y de pronto así se le ve surcando los aires como un león herido y cayendo sobre el Último Guerrero que queda hecho papilla ante este ataque literalmente celestial. La muchedumbre está enfebrecida, grita, gime, clama, pide más y más. Es el momento del clímax: que cross a la mandíbula ni nada, un salto mortal desde el Olimpo, de eso se trata, de eso es la lucha, de eso es el triunfo, los brazos en alto y el rostro oculto tras la máscara que ahora brilla más que nunca. ¡Viva Místico!

Barthes escribió alguna vez que en la lucha lo que importa no es lo que se cree, sino lo que se ve. Qué importa que las peleas estén arregladas, que a veces uno se ría de la vergüenza ajena, que el mismo pinche güey lleve acumulando derrota tras derrota, año tras año. Lo que importa no es lo que hay detrás sino lo que vemos. El juego de la pasión, el hacer como si, el simulacro llevado a su máxima expresión… Y en ello, así como en la política, hay una verdad más grande que un buque (aunque los buques de repente les dé por hundirse). ¿Cuál es la verdad que oculta las verdades profundas? ¿Qué es lo que la simulación y la representación in extremis nos muestran? La verdad es que yo no lo sé. Habría que preguntarle a Barthes o a algún candidato a presidente o a Místico. Mejor aún: que los candidatos presidenciales arreglen sus diferencias en un combate de lucha libre. ¡Todos contra Místico! Adentro o afuera del ring. Ahí los quiero ver.