Por Sebastián Fierro

En Matrix, Neo elige la pastilla roja y es desconectado de la Matrix y lanzado a la realidad. Morfeo, el encargado de encontrar al elegido, le da un breve recorrido de bienvenida a Neo a la realidad y saluda irónicamente este despertar con una línea fundamental: “bienvenido al desierto de lo real”. Este concepto, el “desierto de lo real”, lo tomaron los hermanos Wachowski de Jean Baudrillard, pero no es esta la figuración que me interesa. Si la de Slavoj Zizek. El filósofo esloveno sostiene que lo realmente interesante de la secuencia del despertar de Neo no es realmente el paso de la ficción a la realidad, sino lo real de la ficción y la desnudez de la realidad sin la articulación de ficciones precedentes, o sea, lo real de la ficción. Zizek sostiene que nuestra realidad está altamente mediada por una red de ficciones simbólicas de gran densidad, fantasías ideólogicas que construyen y condensan lo “real”. Ahora bien, la gracia no es solamente identificar el carácter ficcional de estas construcciones, eso es evidente, sino más bien lo basal de estas edificaciones en nuestro aparato cognitivo. Si nos despojamos de estas elaboraciones, llegamos al desierto de la realidad, desnuda de toda mediación, de toda representación: la vacuidad de la materia.

Tras las elecciones primarias, cada actor social ha cosechado la interpretación adecuada a sus intereses. Tanto la Alianza y la Nueva Mayoría han celebrado la alta participación de votantes, que fueron más de tres millones cuando se esperaba solo uno. Esta proyección tan austera de un millón de sufragios no solo fue establecida a partir de la interpretación de la realidad nacional sino que también mirando la experiencia de otros países con sistema de primarias, como Estados Unidos y Francia, donde la participación ronda entre el 7 y el 10 por ciento. Para la así llamada “clase política”, un triunfo. Pero en esta carrera compiten hasta el minuto doce candidatos, si, doce. ¡Volvimos a los años treinta¡. Y claramente para los otros diez candidatos las primarias no fueron “el triunfo de la democracia”. El 80% de abstención es una cifra demoledora. Pero esto tampoco es una novedad: la creciente abstención electoral o la general desaprobación popular del Estado y sus instituciones son parte ya de la nomenclatura habitual en el análisis político.

Pero la constatación de lo abrumadora de la cifra no es en última instancia lo importante, sino la pregunta por el porqué. Más allá de los diez candidatos “menores” y sus proyecciones, que van desde un neoliberalismo “enchulado” a concepciones revolucionarias, pasando por intenciones socialdemócratas y peculiares concepciones ecologistas, hay una parte importante de las fuerzas de izquierda extra institucional que también tiene algo que decir sobre estas cifras de desaprobación. Dentro de esta parte de las fuerzas de izquierda existe una fracción que elabora llamados a “no prestar el voto” o “muéstrales tu descontento”. Es raro lo que sucede aquí. Obviamente esta apuesta es precedida por una voluntad revolucionaria, por más tosca o rudimentaria que pueda ser. O sea, un cambio radical, de base del sistema social actual, con un acento fundamental en la caracterización de Estado como una ficción que sirve para la dominación de una clase sobre otra. Es el Estado al que hay que superar o destruir, y la democracia actual no es otra cosa que un circo instrumental para la dominación. La paradoja es esta: si nuestra supuesta democracia no es otra cosa que una abstracción representacional, expresar el descontento a través de la abstención como herramienta política es reforzar la idea que la súper estructura política se encuentra fundada, o mejor, encuentra su existencia en la validación mayoritaria de la población. Con esto no quiero decir que el Estado es pura coerción violenta, y de paso guardarme en el bolsillo todas las ramificaciones ideológicas efectivas que hacen posible la dominación pasiva, todo lo contrario. Pero esperar el desmoronamiento del sistema por pura desaprobación es histórica y empíricamente falaz. Si así fuera, hace tiempo nos hubiéramos librados de la explotación del hombre por el hombre.

La concepción del ciudadano empoderado por el voto y cuya participación determina el funcionamiento del “sistema” es justamente el espejismo construido por el sistema democrático burgués. Y esto no es inocuo: transferir cualidades revolucionarias a ese 80% de abstención concebido como una fuerza conscientemente anti capitalista no solo es un error, sino un flaco favor para la construcción de un camino posible distinto al neoliberalismo. El peligro de construir una ficción de masas empoderadas en ese alto porcentaje de no votantes contiene el riesgo de considerarlas para momentos fundamentales y caer de cara en el desierto de lo real, de la desintegración social. No lo sabemos. Puede que una parte importante esté abocada a la regeneración del tejido social a través de la organización de base y la construcción de poder paralelo al institucional. Este trabajo es imprescindible. De hecho, fuerzas relevantes actualmente trabajan en ello. Pero la inmensa mayoría aun está en el momento de la negación, de la rebeldía, de decir no. Esto no es suficiente.

Los caminos de la revolución y el Estado

Convengamos de manera intuitiva, preliminar, que podemos señalar de manera taxativa al menos tres grandes núcleos en la retórica revolucionaria. (1) La conquista del poder de Estado a través de los procesos e instituciones propias del sistema democrático burgués; (2) la toma de ese mismo poder de manera violenta, ya sea en forma insurreccional, militar o guerrillera; (3) la creación de un poder paralelo, una situación de poder dual en el que el poder popular supere y desplace al poder de Estado capitalista. Por supuesto que esto es una descripción bastante simple, pero es conveniente para crear aperturas sobre la cuestión revolucionaria hoy en Chile. El tercer punto, tanto histórica como teóricamente, ha probado ser indisoluble de las dos perspectivas anteriores. No ha habido procesos de transformaciones sociales exitosos que no hayan estado amparado por movimiento de masas organizados. Este hecho es fundamental si queremos trazar nuevos caminos para nuestro país. Pero es un tema que inmediatamente hace emerger distintas aristas inabarcables en estas breves líneas. Por el momento ocupémonos de un punto central: Los movimientos sociales y las transformaciones de Estado.

Por más que se antigua, la alteridad entre participación estatal y creación de poder paralelo todavía separa aguas entre la izquierda nacional. Ahorrémonos el desarrollo de esta confrontación y encontremos un rápido punto de inflexión en esta pugna táctica y estratégica (la adopción de un camino u otro en la revolución no solo implica cuestiones de forma, sino también de fondo). Este punto nos lo brinda el buen Nico Poulantzas. En pocas palabras, Poulantzas nos propone una convergencia. Ya no una visión de un Estado altamente permeable, donde sus contradicciones internas permitan su libre conquista por capas revolucionarias y que por lo tanto cierren la lucha dentro de sus limites, o sea, una posición socialdemócrata; ni tampoco una visión reduccionista en que el Estado sea un “bloque monolítico”, un instrumento directo y exclusivo de dominación de clases solo superable desde afuera con la creación de un poder paralelo que sustituya al actual. Para el griego el Estado es “la condensación material de la correlación de fuerzas existentes entre las clases social, correlación expresada en el propio Estado”, perspectiva que permite visualizar un avance de posiciones progresistas que apuntalen las transformaciones construidas por el ascenso de las movilizaciones. Por supuesto que el marco de acción dentro de los límites de Estado es acotada, y en última instancia restrictiva, pero eso no implica dejar de lado la necesaria lucha tanto desde dentro como desde afuera.

Esto es ya una proposición que necesariamente se debe jugar su suerte en movilizaciones organizadas, en las que en su seno se debata la definición de proyecto revolucionario. Para quienes ven en las movilizaciones del 2011 un milagro, en el que las masas se levantaron enardecidas de manera espontánea tras años de somnolencia conformista, estas cavilaciones no tienen lugar. No hay nada de espontáneo en el milagro. De hecho, la posibilidad del milagro esconde mucha burocracia: trabajo intenso de años de organizaciones sociales que fueron creando las condiciones posibles para que el 2011 irrumpiera al escenario nacional un movimiento de masas. Todos recuerdan a Neo, pero olvidan el trabajo de Morfeo, el progenitor del despertar y la revolución. Para que el camino comenzado con las movilizaciones estudiantiles trascienda, y no nos transformemos en una izquierda pederasta que cifra todas sus esperanzas solo en los estudiantes, debemos seguir apostando por la formación organizacional que de la lucha en todos los ámbitos. De ello depende toda posibilidad de transformación. Que los candidatos surgidos de los movimientos sociales lleguen al parlamento es un paso necesario, un punto de inicio vital. Su participación dentro del sistema puede inclinar la balanza hacia nuevas posibilidades. Sin embargo, todo éxito dependerá de la madurez y constancia de los movimientos sociales. En última instancia, la calle nos dará la victoria.

En alguna parte Zizek dice que a diferencia de cien años atrás, cuando se sabía que hacer solo que se esperaba el momento adecuado para actuar, hoy los movimientos revolucionarios no saben que hacer, pero tienen que hacerlo ahora, es urgente. Yo le agregaría otra dificultad, no solo no sabemos bien lo que tenemos que hacer, sino que además celebramos la ausencia de lo que hace cien años les costó tanto construir al movimiento obrero: organización, partido, colectivo, cada cual le puede poner el nombre que más le guste.