La misión fundamental de la derecha chilena, desde Pinochet hacia acá, no estriba en ocupar el Ejecutivo en cada período, sino en comandar y mantener una refundación global y profunda de nuestra sociedad, del mismo calibre y atrevimiento que la Independencia o el proceso socialista de la Unidad Popular. Eso es lo que comprendió Jaime Guzmán y que lo llevó a dejarlo todo amarrado con el lazo de una Constitución Política, y es eso lo que tiene inmediatamente enfrente cualquiera que intente hoy un proceso realmente transformador.

Por Rodrigo Ruiz- Ilustración Marcelo Escobar/ Artículo de la Edición Nº12 de El Desconcierto/ Julio 2013

Hace tiempo que las denominaciones de la política tradicional, especialmente las heredadas del Chile de los tres tercios, perdieron su sentido. Hay muchas “izquierdas” que no son de izquierda, y la derecha no ocupa el lugar que antes tenía. Pensarla hoy se vuelve complejo particularmente porque el programa del neoliberalismo alcanzó una hegemonía de tal envergadura, que lo abrazaron y gestionaron muchos sectores que no se reclaman derechistas. Asimismo, la vieja asociación entre derecha y clases altas ha perdido su antigua forma. Es cierto que los sectores altos siguen identificándose con la derecha política, pero ahora ello también ocurre en sectores de ingresos medios y bajos.

Reconocer ese desplazamiento se vuelve fundamental para cualquier agenda de cambio social –en la profundidad que sea–, porque derrotar a la derecha implica derrotar un sentido común y un modo altamente consolidado y legitimado de pensar y construir el mundo, mover en definitiva un conjunto de límites que han dibujado lo posible durante décadas. Ello significa que una política de confrontación a la derecha debiera ubicarla en cada lugar donde ella se encuentra, en el conglomerado que se identifica con ese nombre, por cierto, pero más allá de él, en todas las prácticas que contribuyeron a edificar, perfeccionar y sostener el neoliberalismo en Chile. Es por eso que “parar a la derecha” e incluso “votar para que no se reelija la derecha” no tienen que ver sólo con no votar por los candidatos de la Alianza, sino enfrentar todas las prácticas de derecha, sea quien sea que las sostenga.

El desafío de un nuevo ciclo histórico

La derecha llega a este momento electoral, y aún más, a este momento de posible cambio de ciclo histórico, en una condición radicalmente diferente a la Nueva Mayoría: la trayectoria por la que ha pasado Chile desde los 70, es fundamentalmente su trayectoria. La modernización neoliberal y su gestión civil es, indiscutiblemente, un triunfo de la estrategia neoconservadora conducida y expresada con mayor propiedad por la derecha política. Es ello lo que explica, por ejemplo, que Allamand haya concurrido en 1985 a forjar el Acuerdo Nacional para la Democracia Plena o que Longueira negociara exitosamente con Lagos en enero de 2003.

Pero un análisis que no incurra en la limitada cuestión de los porcentajes debe hacerse cargo de la inestabilidad por la que hoy atraviesa el marco de sustentación política del modelo. La cúpula concertacionista comienza a virar, escucha temerosa el grito de los movimientos sociales y amenaza con salirse de la “democracia de los acuerdos”, al menos en los términos en que lo hizo hasta ahora.

El acuerdo marco de la “transición” se resquebraja. Es un problema en pleno devenir. La conducta errática y la palabra dubitativa de Bachelet es muestra de ello. No sabemos bien hacia dónde va la élite concertacionista ni lo saben ellos mismos, se trata más bien de una confrontación de fuerzas completamente abierta.

Lo que sí está claro es que el desafío mayor que enfrenta la Alianza en 2013 y en los años por venir es la construcción de una dirección política para la preservación del modelo que sea eficaz en las nuevas condiciones políticas.

Y es ahí es donde el resultado de las primarias se vuelve complejo, en la medida en que el virtual empate no permite resolver cual de las identidades derechistas será la hegemónica en la nueva estrategia que deben resolver.

Los nuevos

Un afluente que gana importancia e influencia en ese debate está constituido por las tendencias que vienen emergiendo en su interior, y que desde sus nuevas generaciones se abren paso como una trizadura en los modus operandi de la Alianza.

Se trata de una incomodidad a veces velada, a veces manifiesta, con las estructuras de poder de la derecha actual y sus modos de operar. Esta postura se expresa tanto en militantes jóvenes de RN y la UDI como en espacios ubicados más allá de las militancias. La crisis de la forma “partido” ha contaminado también el espacio de la derecha, y de esa suerte, muchos de los más jóvenes liderazgos han optado por construir nuevos referentes o insertarse en otros ya existentes. Evópolis, Idea País u Horizontal son muestras claras de ello, así como la fuerte presencia de jóvenes derechistas en el famoso “Techo”. No son espacios semejantes, por cierto, unos están más inclinados al viejo conservadurismo de rígida orientación religiosa mientras otros se reclaman parte de un esfuerzo por posicionar una alternativa liberal en la política chilena.

Para muchos de ellos, personajes como el ex alcalde Labbe o incluso Sabat, pertenecen a un pasado que debe ir quedando definitivamente atrás. Se trata de una derecha novísima, que aboga por una renovación ideológica que revitalice el sector más allá de la tecnología electoral y reponga los macro sentidos políticos, y que permita, de paso, ubicar a sus propios personajes en las estructuras de poder.

Diego Shalper, director de Idea País, lo expresó con claridad en una reciente columna: “Me parece que lo que se juega en esta primaria es la vigencia de la consigna que poco a poco se asienta en la centroderecha, en virtud de la cual algunos creen que la prosperidad de la Alianza pasa por hacerle guiños al sector “liberal progresista”, transando ciertos principios que me parecen muy relevantes de cara al futuro. Pienso que al apoyar a Pablo Longueira la apuesta es otra y tiene que ver con que el crecimiento del sector se juega fortaleciendo su presencia en sectores populares, haciendo eco de sus preocupaciones antes que de las de las agendas ideológicas de ciertos “grupos de interés minoritarios”, y aboga por fortalecer las posiciones de quienes “no quieren ni aborto, ni matrimonio homosexual, ni adopción por parejas del mismo sexo, ni reformas tributarias o asambleas constituyentes al voleo”.

Esta novísima derecha intenta hacerse cargo del cambio como problema general de esta época, intentan ajustarse a tendencias que la propia modernización neoliberal ha desatado más allá de sus intenciones originales. En particular, uno de los aspectos en lo que estas generaciones se afincan con más fuerza, exhibiendo allí el aprendizaje del legado refundacional de la dictadura, es su cercanía con “lo social”, reformateado hoy por los decenios del esquema de desigualdad y las políticas de empleo neoliberales.

El “centro social” y el nuevo sentido de “lo popular”

Es mentira que el pueblo, o lo popular, ha muerto; lo que ha acontecido es quizás todavía más grave. Se trata de una operación ideológica de grandes proporciones que ha modificado las significaciones. Allí donde la pose socialdemócrata prefería hablar de “la gente” y “los ciudadanos” con alusiones abstractas e indiferenciadas, la derecha recuperaba lo popular desde un sentido nuevo, el sentido que emergiera de la imaginación política de Guzmán y Kast: “UDI popular”.

Ellos formaron destacamentos con pies en el barro, de citroneta y población, que vinieron a confrontarse, por una parte, con la derecha de los pijes elegantes herederos de la vieja oligarquía, y por la otra, con una izquierda cada vez más desfigurada.

Una de las claves en que esa expansión social de la derecha se ha expresado es la promoción del emprendedor como figura heroica del ciclo neoliberal, capaz de reubicar la idea de lo popular en una especie de estrato de cuentapropistas descolectivizados. Esa acción encontró en la gestión de Longueira como ministro de Economía uno de sus momentos más altos.

De ese modo, la reinvención de “lo popular” se realiza a partir de la desactivación de su sentido anterior, vinculado a las luchas emancipatorias y socialistas del siglo XX, para ser pensado y promovido desde la iniciativa privada y la libertad individual, donde las personas son movidas esencialmente por un espíritu de competencia y superación individual.

Ese sujeto debe estar, además, rigurosamente despolitizado. En ese sentido, el postulado del gremialismo originario encuentra un calce particularmente ajustado al proyecto neoliberal, cuya utopía mayor supone sociedades completamente desprovistas de lo político. De esa suerte, una presidencia de Longueira –más quizás que la de cualquier otro líder de la derecha– significaría la expansión casi total de ese nuevo sentido común a-social, despolitizado, híper economizado, individualista y competitivo. Sólo así puede entenderse que en el primer debate de primarias haya sostenido que su principal propuesta en materia económica sea lograr que se le pague a las pyme en 30 días.

Pues bien, el lugar que habita ese “hombre nuevo” neoliberal es el “centro social”. Con esa figura, más mitológica que real, Longueira intenta una doble jugada: captar el voto de centro y asociarlo a la franja social fundamental de su política –la clase media aspiracional, los emprendedores– asignándole el lugar del “Chile real” (ubicándonos de paso a todos los demás en una otredad disfuncional).

Pero enfrenta dos problemas. Identificado con una derecha más dura, Longueira tiene menos posibilidades que las que tenía Allamand de captar segmentos de votantes de Andrés Velasco y Claudio Orrego. En segundo lugar, la despolitización a-social del “centro social” lo vuelve también menos proclive a la participación política, resultando que la participación de la derecha en las primarias muestra una mucho menor capacidad de movilización de votantes que la de su competidor, lo que en sí mismo constituye un pésimo augurio para las elecciones presidenciales.

Allamand ciertamente intentó un discurso político más tradicional. Si “la” política –así entendida por ellos– es el arte por el que las élites ejercen el poder, él quiso ser la encarnación misma de la política, pura dirigencia, cumbre, capacidad de dominio. De ahí una diferencia esencial con el neopopulismo longueirista que, para quien haya querido verla, fue explícita desde el primer día de la franja televisiva.

“Atina, todo es política, tu voto sí afecta tu vida y la de los demás”. Franja Andrés Allamand.

“Lo que quiere la gente no tiene nada que ver con las prioridades de la política, la vida real se da en el trabajo y en el esfuerzo diario y no en la lucha de los votos”. Franja Pablo Longueira.

En la noche del 30 de junio Lavín sostenía que había ganado la derecha social por sobre la derecha política.

El triunfo de la despolitización de lo local

Si este sentido social no se expresa ya bajo las formas tradicionales de organización que dieron forma y canalización a lo popular en el Chile republicano del siglo XX, si ahora los sindicatos son sospechosos y los partidos se achican, desprestigiados, la fórmula derechista para articular y hacer visible a este “pueblo” tiene lugar en lo local.

Si la gran transformación neoliberal produjo nuevas desigualdades y nuevas formas de segregación espacial, el gremialismo se encargaría de producir nuevas formas de evangelización político-religiosa para los nuevos pobres. Miguel Kast fue uno de los cerebros de aquello, junto a Jaime Guzmán, por cierto. Tomarían lo mejor de la tradición clientelista de la política del siglo XX y lo fusionarían con las posibilidades que brindaba el proceso de descentralización impulsado en 1986. De esa suerte, se instauró un modo de trabajo político local que convirtió a los alcaldes en personajes en campaña electoral permanente y al municipio en un sistema de distribución de prebendas con criterios electorales.

Las platas municipales, los fondos concursables y la propia diligencia de los funcionarios son filtradas previamente con criterios tribales, de modo de mantener satisfecha una red de dirigentes vecinales, dirigentes deportivos, pequeños comerciantes y funcionarios públicos, incondicionales al alcalde, que sirven de base al trabajo de reelección y se constituyen, además, en un eficaz mecanismo de control político. De ese modo la política del neoliberalismo logra despolitizar el ámbito local con prácticas derechistas que van mucho más allá de la derecha. Bien miradas las cosas, esa ha sido la forma en que han trabajado también muchos municipios reclamados de izquierda dentro y fuera de la Concertación.

Desde principios de los noventa fue bastante claro que a lo más lejos que llegarían los mejores alcaldes de la Concertación sería a la modernización de municipios convertidos en dispositivos de atención de público y a alcanzar una redistribución más decente de unos recursos de por sí muy desigualmente distribuidos.

El resultado entonces, a la vuelta de dos décadas, es la consolidación de una metodología en la política local que es propia de la derecha, pero que se ha extendido bastante más allá de sus fronteras formales.

Un problema tras las primarias

Los candidatos de la derecha insistieron en aparecer articulados. Pero como en todo acto de propaganda política, cuando alguien insiste mucho en un argumento hay que sospechar lo contrario. Roberto Méndez lo señaló en una reciente entrevista: lo que la derecha evita es la heterogeneidad.

A contrapelo de las tendencias contemporáneas de pluralidad, creatividad y libre expresión de las diferencias, la derecha opta por enroscarse sobre sí misma ofreciendo una identidad rígida y acorazada que no permite pliegues ni trizaduras. Precisamente cuando los movimientos sociales ponen sobre la mesa la posibilidad de la articulación de lo diferente, adquiriendo por esa vía una fuerza que podría ser mayor a la de los bloques burocráticamente unificados, la derecha reincide en una grave intolerancia a la diferencia. La ofensiva de Allamand sobre Golborne fue una muestra de ello. No fue la actuación legítima de una diferencia sino el intento por exterminar al otro, lo que constituye una conducta típicamente autoritaria. Con la llegada de Longueira ello debió cambiar, pero el problema permaneció, dejando sembrada una duda profunda sobre el apoyo que la mitad perdedora –cualquiera hubiera sido– pueda brindar al triunfador.

Esa lógica, que es en primer lugar su propia forma interna, es también la que propone al país y que, como se ha visto, fue la que guió las políticas de orden público, las políticas culturales y las estrategias de promoción social del gobierno de Piñera.

Lo que vimos en las semanas anteriores a las primarias fue esa misma intolerancia, que despachó, entre otros, a Arturo Fontaine de la dirección del CEP y que aconsejó como primera medida del comando de Longueira, lograr el apoyo de Golborne a su candidatura.

El apretado resultado de las primarias de la Alianza los deja entonces en el peor de los escenarios: ninguno puede reclamar la primacía absoluta, son dos partes casi exactas de un mismo conjunto y están, por tanto, obligados a dialogar. ¿Podrán?