Justo antes de la explosión social en su país natal, Brasil, pasó por aquí uno de los intelectuales progresistas más reconocidos de América Latina, invitado por la Fundación Chile XXI. En su conversación con El Desconcierto hizo su análisis de los aciertos y dificultades de los gobiernos progresistas de la región, al tiempo que consideró las leyes de medios de comunicación “indispensables” para profundizar la democracia.

Por Patricio López-Fotografía Loreto Rico

Cuando Brasil estalló y la Copa Confederaciones tambaleó, muchos –dentro y fuera del país- esperaron la reflexión de Emir Sader para salir de la perplejidad. Sus textos, publicados en portales progresistas o en diarios como Página 12 de Argentina, se viralizaron para plantear puntos tan válidos en ese caso como podrían ser aquí: “el movimiento puso en discusión una cuestión esencial en la lucha contra el neoliberalismo: la polarización entre intereses públicos y privados, y el tema de quién debe financiar los costes de un servicio público esencial que, como tal, no debería estar sometido a los intereses de las empresas privadas, movidas por el lucro”.

Desde hace algún tiempo usted viene trabajando el concepto del post neoliberalismo. ¿Cómo podríamos entenderlo en el momento actual de este continente?

Después de ser el paraíso del neoliberalismo en los noventa, América Latina empezó a tener gobiernos que nacen con un desarrollo más intenso de las políticas fiscales. En lo internacional, no han privilegiado los tratados de libre comercio con Estados Unidos, sino los procesos de integración regional e intercambio sur-sur. Y, además, se abandona la centralidad del mercado con un Estado mínimo, por una política del Estado inductor del crecimiento económico y de garantía de políticas sociales. Eso permitió que esos países, digamos progresistas, hayan resistido a la crisis y, más que eso, lo hayan hecho disminuyendo la pobreza y los niveles de desigualdad. Entonces, en ese sentido, se ha dado un marco de defensa, porque el modelo neoliberal sigue siendo hegemónico en escala mundial y seguimos presionados por sus factores recesivos. Hay elementos, eso sí, que siguen siendo conflictivos al interior de nuestros modelos, como el papel del capital financiero o el papel del negocio, que chocan con la dinámica democratizante. Si a esto sumamos que América Latina siempre fue la región más desigual del mundo, son valorables todos los avances contra esa realidad que han sido la característica progresista.

En ese camino, ¿cuáles han sido los obstáculos más notorios?

Luego del ciclo neoliberal, los gobiernos enfrentan obstáculos para volver a tomar un proceso de desarrollo industrial, no sólo por las demandas aceleradas de los procesos políticos, sino también porque sólo se puede avanzar en un nuevo camino a través de procesos de integración regional, que hubo que construir. Yo creo que el nuevo Mercosur, con los ingresos de Venezuela, Ecuador y Bolivia, ya es un lugar de integración privilegiado en lo económico, industrial y educacional, del que no disponía America Latina. Ésa es la situación actual, hay obstáculos pero que tienen que ver con la situación misma del proceso: hay conflictos indígenas, con sectores ecologistas y otros, pero superarlos es parte de la transformación, porque la herencia que se recibió fue muy negativa.

Estos gobiernos que vienen modificando el consenso de Washington desde fines de los noventa tienen una retórica muy de transformaciones estructurales, de superación del neoliberalismo. Ahora que ha pasado algún tiempo, ¿usted vislumbra que, efectivamente, estos países hayan realizado transformaciones estructurales o estamos en un plano más de aspiraciones?

El nuevo rol del mercado y la posibilidad del consumo popular son cambios estructurales. Antes, los modelos se basaban en la exportación y en el consumo de las esferas altas del mercado. Los cambios de a poquito van condicionando los factores productivos y comerciales que tienen que adaptarse a una demanda nueva enorme, que es funcional en lo económico y justa en lo social y en lo político. Eso es lo estructural. Por otro lado, hay temas pendientes como el rol del capital financiero, el rol del negocio y los monopolios de los medios de comunicación privados, que son elementos que tienen su dimensión internacional pero con repercusión nacional, lo cual se enfrenta y dificulta la construcción del proceso. Yo diría que son los problemas estructurales más importantes. A ello, habría que agregar el financiamiento público en las campañas electorales, que es un elemento fundamental para que nuevas camadas emergentes sociales puedan transformar su acción en procesos políticos, más allá del poder económico que intervendría en las mayorías que esos países tienen consolidadas y en la situación parlamentaria.

La prensa chilena

Una pregunta como intelectual y como ex residente en Chile. Cuando se mira la realidad política de los países vecinos, la nuestra parece un microclima. ¿Cómo ve esta supuesta particularidad, especialmente cuando los movimientos sociales desafían la hegemonía que tuvo el neoliberalismo?

No sé si la prensa chilena es la peor, pero es tan mala como las peores. Uno no encuentra un mínimo grado de diversidad, la brasileña quizás es tan mala como ésta aunque no tenga las raíces del problema en la dictadura. Yo creo que en Chile hubo una euforia con el modelo que no se quebró en ningún momento, es decir, no apareció frente a la opinión pública como un fracaso. Incluso la Concertación de alguna manera le dio continuidad y ahora es un poco víctima de eso también, lo que hace de ésta la sociedad más privatizada de América Latina, la más mercantilizada. Mucha gente aquí no sabe que la educación pública no es pagada, y ahora están tomando conciencia de eso, tal como que la seguridad social es pública. Entonces hay un contexto muy favorable a la prensa de la derecha y no hubo hasta ahora un discurso alternativo que les dispute la hegemonía. Lo que pasa, entonces, es que la política de los gobiernos tiene que confrontarse sólo con estos medios.

Pero ahora sí parece suceder lo que antes no ocurrió…

Sí, hay una mirada diferente sobre lo que pasó, que considera el fracaso del modelo neoliberal. Este 2013 se ve un viraje a la historia que antes tuvieron Brasil, Argentina o Uruguay, en el sentido de concluir que los neoliberales no sólo no cumplieron sus promesas, sino que el resultado es un país fragmentado. Chile es el único lugar donde las fuerzas de la dictadura se organizaron políticamente y tienen peso, además de que el modelo no había tenido un quiebre. Entonces, mientras no exista ese estándar de prensa alternativa que yo invocaba, es difícil disputar la hegemonía, porque tener medios ya nos obliga a tener algo que decir. Pero, por lo menos, veo que hubo un quiebre a favor de una narrativa alternativa, que el modelo fracasó y que es necesario otro distinto.

Extrapolando este tema respecto al resto de la región, existe una ofensiva con proyectos de Ley de Medios, lo que ha movido a las grandes cadenas a jugar un rol político contingente. ¿Cómo ve usted este cambio y qué relación puede tener con el progreso democrático?

La presidenta de la Asociación Nacional de Prensa de Brasil dijo que todos los partidos de oposición son débiles. Que ellos, los periódicos, son el liderazgo de la oposición. Lo asumió, aunque ya sabíamos que lo son. Porque especialmente en los países con los avances democráticos que describía, la oposición se quedó en el pasado. No tienen plataforma, no saben si vuelve el modelo neoliberal o si fue derrotado, si ellos en el futuro van a hacer lo mismo pero mejor, y así de alguna manera validan los gobiernos existentes. Lo que les queda es la destrucción de la legitimidad a través de las campañas de denuncias. No tienen candidato, pero tienen plataformas donde hacer sus acusaciones. Del otro lado, hay una lucha muy difícil por abrir espacio a los medios alternativos, como en el caso de Argentina, que aprobó una ley pero que luego se judicializó. De todos modos, este paso es indispensable. La democratización política, ideológica, parlamentaria, requieren la formación de opinión pública. Por ello, las prioridades de este año del Partido de los Trabajadores (N de la R: hasta antes de las protestas) son la democratización de los medios de comunicación y el financiamiento público de las campañas.

En resumen ¿cuáles son los temas fundamentales para lograr la democratización real de los países?

Yo creo que todo se reduce a des-mercantilizar. Por ejemplo, con el financiamiento público de las campañas se busca impedir que el dinero comande la política. Al igual que con las reformas al funcionamiento de los medios de comunicación, con que se pretende evitar que algunos grandes grupos sean determinantes en la definición de la agenda política y de la opinión pública.

En muchos países de la región la socialdemocracia quedó en la oposición, pero a la derecha de los gobiernos que llegaron al poder. En Europa, incluso cuando están en el gobierno, se les ve poca potencia programática e ideológica. También surgen ahí referentes a su izquierda. ¿Cómo ve el futuro de esta corriente?

En América Latina, cuando se sumaron al neoliberalismo, se agotaron absolutamente, como sucedió en Venezuela o en Brasil. En Europa es distinto porque todos cayeron en la trampa de la unidad monetaria, entonces hay que pensarlo más específicamente allá. Pero está claro que cuando un grupo gana el gobierno aplica una nueva política, lo que en este caso no ha sucedido. Ni siquiera hay un debilitamiento de la derecha y un fortalecimiento de la socialdemocracia, ellos también son culpabilizados por la aplicación del modelo y entonces son parte de la crisis de legitimidad que afecta a Europa.