Por Wilson Tapia Villalobos

Washington resolvió suspender la reunión que sostendrían, en septiembre en Moscú, los presidentes Barack Obama y Vladimir Putin. Es la respuesta de Estados Unidos frente a la decisión de Rusia de otorgar asilo a Edward Snowden, analista de la CIA. Se trata del responsable de develar la intromisión del gobierno norteamericano en la privacidad de miles de personas, gobiernos, empresas, dignatarios, en todo el mundo. El presidente Obama acompañó su decisión con una acusación contra Moscú. Dijo que Putin intentaba reinstalar el ambiente de la Guerra Fría. Antes de este distanciamiento, las relaciones entre las dos potencias no eran relajadas. Obama y Putin nunca han empatizado. Y la geopolítica también está supeditada a las complejas estructuras psicológicas. Putin y el ultra conservador George Bush, por ejemplo, pese a las distancias ideológicas y a los intereses contrapuestos, lograron tener una relación que ambos valoraban. Y fue uno de los elementos que permitió que Rusia saliera del “Eje del mal”.

Es difícil creer que el presidente ruso desee imponer un ambiente similar al de la Guerra Fría. Los tiempos han cambiado. Rusia no es lo que era la Unión Soviética, incluso en términos ideológicos. Pero Putin y los rusos siguen creyendo en el destino manifiesto de su patria: ser una potencia. Incluso, reconociendo que la modernización de su Ejército es una ilusión y que el presupuesto del Departamento de Defensa de los EE.UU. equivale a la totalidad del presupuesto nacional ruso. Pero Putin sabe que aún puede hacer contrapeso. Una guerra nuclear abierta no dejaría vencedores indemnes. Posiblemente, Obama ocupe el argumento de la “Guerra Fría” por una cuestión de imagen. Tal como hoy se utiliza una legislación rusa que incide en el tratamiento a los homosexuales para manipular a la opinión pública de Occidente contra Moscú.

Washington sabe que las discrepancias de intereses en el terreno internacional pueden definirse en una colosal pugna de imagen. El primer impacto va dirigido a la opinión pública interna. Es necesario convencer a los ciudadanos que existe una amenaza real allá afuera. Y que para defender los valores esenciales se tendría que llegar hasta el martirologio. Una alternativa que provoca temor y suma voluntades a los “defensores del bien”. El segundo objetivo es la arena internacional. Se alinea a Occidente contra el enemigo que integra el “eje del mal”. En el caso ruso, éste todavía es importante. Su influencia en el Medio Oriente es el dique que hasta ahora ha impedido que el régimen sirio sucumba ante la rebelión interna armada desde el exterior. Y eso ayuda a que Irán pueda seguir gozando de cierta estabilidad, pese a las presiones internacionales digitadas por EE.UU. para inclinar el campo a su favor y de Israel en toda la zona.

La manipulación de valores tiene sus riesgos, que desde hoy seguramente conocerá en manera directa el vicepresidente estadounidense, John Kerry, que inicia una gira latinoamericana en Colombia. Luego pasará a Brasil, país que ha dado a conocer públicamente su malestar por el espionaje norteamericano conocido recientemente. Riesgos que también quedaron expuestos en Afganistán. Para sacar a ese país de la influencia soviética, Estados Unidos armó y adiestró a los muyahidines. La ocupación soviética terminó en 1989, pero allí nació Al Qaeda y su líder máximo, Osama bin Laden, quien fue entrenado por la CIA.

De alguna manera, las posiciones conservadoras entran en colisión. Es evidente que no es lo mismo tratar de mantener el sistema financiero internacional lo más intocado posible, que conservar las posiciones que ostentan grupos fundamentalistas islámicos. Puede que los miembros de ambos bandos hasta coincidan en que “los jóvenes de hoy son unos tiranos. Contradicen a sus padres, devoran su comida y le faltan el respeto a sus maestros”. (Frase de Sócrates, 470 y 399 AC). Observando a los indignados de todo el mundo, los conservadores tienen razones para estar preocupados. Afortunadamente es así.

La manipulación valórica va a continuar. Todos los que aspiran a alcanzar poder o acrecentar el que ya poseen, jugarán sus cartas. Putin está barajando las suyas. Sabe que Snowden es una piedra en el zapato de Washington. Como antes fue el soldado Bradley Manning (25) que entregó miles de documentos a Wikileaks y por ello enfrenta la posibilidad de ser condenado a varias cadenas perpetuas. Se estima que podrían llegar a 154 años de cárcel.

El presidente ruso puede ufanarse ahora de defender la privacidad. De luchar contra aquellos que, aprovechando el control tecnológico, hacen del espionaje una herramienta de poder a su servicio. Con seguridad, tales prácticas no son, ni han sido, de uso exclusivo norteamericano. Como ex miembro de la KGB, Putin sabe de trabajos encubiertos. Hoy le ha correspondido desempeñar el papel de libertario. Aunque sus opositores hayan sufrido en carne propia el castigo por la discrepancia.

La manipulación valórica va a continuar. Pero los conservadores saben -y muy a su pesar- que por más grandiosa que sea la maquinaria de la manipulación, la evolución no se detiene. Tal como no se peden detener los sueños. Aunque la capacidad de soñar pretenda ser sepultada por la exacerbación de la eficiencia, por la competencia, por el entretenimiento vano, por el consumismo, por la represión, siempre hay otros soñadores que le quitan al sueño a los socráticos.

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